Neurociencia

Peripandemia: el mundo después del mundo

Aunque el momento más agudo del COVID-19 haya quedado atrás, muchas de sus consecuencias continúan presentes en la vida cotidiana

La pandemia de COVID-19 no puede entenderse solamente como un episodio sanitario cerrado. Fue una experiencia global que atravesó el cuerpo, la mente, los vínculos, la cultura y las instituciones. Aunque el momento más agudo del COVID-19 haya quedado atrás, muchas de sus consecuencias continúan presentes en la vida cotidiana: en los hábitos, en la manera de relacionarnos, en el uso de la tecnología, en la percepción del tiempo y del espacio, y en la conciencia de nuestra propia vulnerabilidad. Es decir, sus efectos atraviesan toda nuestra cultura.

En este sentido, resulta útil pensar no solo en una "pospandemia", sino en una etapa de peripandemia: un tiempo en el que la crisis sanitaria ya no ocupa el centro de la escena, pero sus efectos siguen actuando alrededor de nosotros. Como señalo en mi libro El mundo después del mundo, la pandemia "no concluyó con el levantamiento de las restricciones" y sus efectos "persisten, muchas veces fuera del foco de la conciencia".

La peripandemia describe, entonces, una zona ambigua de salida. No es ya el encierro absoluto ni la emergencia sanitaria inicial, pero tampoco un regreso pleno a la vida anterior. Es "un tiempo intermedio en el que ya no vivimos el encierro ni la incertidumbre extrema, pero seguimos habitando sus consecuencias". Esta definición permite comprender que lo biológico se desplazó hacia lo social, lo social hacia lo psicológico y lo psicológico hacia lo cultural.

El impacto del COVID-19 en el cerebro social

Uno de los aspectos más profundos de este fenómeno fue el impacto sobre el cerebro social. El aislamiento, la distancia física, el temor al contagio y la virtualización de los vínculos modificaron formas básicas de interacción humana. Dialogar, acompañar, aprender, trabajar, amar o despedirse de una persona enferma pasaron a estar mediados por nuevas condiciones emocionales y tecnológicas. La pandemia alteró no solo lo que hacíamos, sino también la manera en que percibíamos al otro.

También cambió nuestra relación con el tiempo. Durante los confinamientos, muchas personas experimentaron una suspensión de la rutina habitual, una mezcla de repetición, incertidumbre y espera. Esa vivencia dejó efectos sobre la memoria, la planificación, la toma de decisiones y la organización de la vida diaria. A su vez, la exposición constante a noticias sobre enfermedad y muerte reactivó una conciencia de finitud que suele permanecer desplazada en la vida cotidiana.

Peripandemia: cambios en los instintos de supervivencia y la sociabilidad

La peripandemia también puede pensarse como una alteración de los instintos de supervivencia. Este período implica circunstancias inéditas que "agrandan los instintos de supervivencia en una sociedad globalizada desde lo sanitario y lo comunicacional". El miedo, la agresividad, la alimentación, la sexualidad, el sueño y la sociabilidad quedaron expuestos a una tensión nueva: ya no se trataba solo de protegerse de un virus, sino de reorganizar conductas básicas en un escenario incierto y global.

Peripandemia: el mundo después del mundo


En esa línea, la sociabilidad aparece como una dimensión central. La especie humana sobrevivió evolutivamente gracias a su capacidad gregaria, la cooperación, el reconocimiento del otro y la construcción de pequeños grupos. La pandemia afectó precisamente ese núcleo: redujo el contacto, modificó los gestos, ocultó los rostros y debilitó los abrazos y los rituales de presencia. Por eso, la peripandemia no solo dejó síntomas individuales, sino también una transformación de la intersubjetividad.

Inteligencia artificial, digitalización y los cambios tecnológicos tras la pandemia

Otro efecto decisivo fue la aceleración tecnológica. La virtualidad permitió sostener actividades laborales, educativas y afectivas, pero también generó fatiga, sobreexposición, aislamiento emocional e infodemia. Las videoconferencias, las pantallas y, posteriormente, la expansión de la inteligencia artificial pasaron a formar parte de un nuevo paisaje cultural. En este sentido, "la pandemia actuó como catalizador" y la inteligencia artificial "pasó de ser una promesa a una herramienta indispensable".

La tecnología apareció como solución, pero también como síntoma de un mundo más mediado, más rápido y más fragmentado. La inteligencia artificial permitió fortalecer los diagnósticos médicos, la educación remota, la logística hospitalaria, el comercio digital y la organización del trabajo. Sin embargo, también abrió nuevas tensiones vinculadas con la desigualdad, los sesgos algorítmicos, la privacidad, la transparencia y la sustentabilidad ambiental. La peripandemia no solo aceleró la digitalización: obligó a preguntarnos qué tipo de tecnología queremos para una humanidad más vulnerable.

Salud mental, resiliencia y el mundo después del COVID-19

Por eso, hablar del mundo posterior a la pandemia no significa hablar de un simple regreso a la normalidad. El mundo que volvió no fue exactamente el mismo. Persisten nuevas formas de ansiedad, hábitos modificados, vínculos reconfigurados y una sensibilidad social más marcada frente al riesgo. Pero también surgieron capacidades de adaptación, solidaridad, resiliencia y una mayor reflexión sobre la fragilidad humana.

La resiliencia se vuelve aquí una palabra clave. No se trata solo de resistir, sino de reconstruir sentido, vínculos y proyectos después de la adversidad. Como afirma Brusco, la pandemia dejó una doble exigencia: "reforzar la resiliencia humana" y "construir resiliencia tecnológica". Es decir, cuidar al mismo tiempo la salud mental, los lazos sociales y el modo en que las herramientas digitales se integran a la vida común.

La pandemia dejó una pregunta abierta: ¿qué cambió en nosotros después del COVID-19? Como planteo en mi nuevo libro, "pensar la peripandemia es, en definitiva, pensar el mundo después de nuestro viejo mundo". Esa frase resume el núcleo del problema: no se trata solo de recordar lo ocurrido, sino de comprender cómo seguimos viviendo después de una experiencia que modificó nuestra forma de habitar el mundo.

La peripandemia, entonces, no es únicamente una etapa posterior al virus. Es una condición cultural, psicológica y tecnológica de transición. Un tiempo en el que el miedo cedió, pero no desapareció; en el que volvimos a circular, pero con hábitos alterados; y en el que la tecnología nos sostuvo, pero también nos transformó. Comprender este proceso resulta fundamental para analizar los desafíos de la salud mental, la transformación digital y las nuevas formas de convivencia que caracterizan al mundo posterior al COVID-19.

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