Energía e ideología

Por qué la transición ecológica es también una guerra cultural

El rechazo a la energía nuclear revela cómo los prejuicios y símbolos del pasado pueden convertirse en un obstáculo real para construir infraestructuras limpias y de largo plazo

La transición energética suele presentarse como un problema técnico: qué fuente emite menos carbono, cuál es más eficiente, qué tecnología escala más rápido. Sin embargo, los obstáculos que enfrentan las tecnologías y las infraestructuras necesarias para una economía energética viable no son solo monetarios o técnicos. Son, en igual medida, culturales, psicológicos y políticos. Pensar la energía es también pensar valores, miedos, símbolos y disputas ideológicas profundamente arraigadas.

Las fuentes de energía no son neutrales. Cada una arrastra asociaciones culturales y políticas que moldean la forma en que las sociedades las aceptan o rechazan. En ese marco, las energías eólica y solar suelen ocupar el lugar de "las buenas": limpias, renovables, moralmente preferibles frente a la quema de carbón, gas natural o biomasa tradicional como la madera y el estiércol. Y, sin duda, representan un avance indispensable frente a los combustibles fósiles. Pero difícilmente puedan ser, por sí solas, la solución completa.

Las energías renovables también presentan límites concretos: dependencia de materiales críticos, conflictos por el uso de la tierra, generación de desechos electrónicos, rendimiento intermitente y necesidades de almacenamiento que aún no están plenamente resueltas. Reconocer estos problemas no implica descartarlas, sino asumir que la descarbonización a largo plazo exige un enfoque más amplio, menos dogmático y más dispuesto a combinar tecnologías.

Energía nuclear y energía renovable

En este contexto, el debate contemporáneo entre energía nuclear y energías renovables -por ejemplo, la discusión sobre si la energía nuclear debe ser incluida o excluida de los nuevos acuerdos verdes- se ha convertido en una verdadera guerra cultural. Y no cualquier guerra: una que se libra en el peor momento posible, cuando el tiempo para reducir drásticamente las emisiones de carbono se acorta.

La reconsideración de la energía nuclear es emblemática de los límites políticos y culturales que definen qué se considera una tecnología aceptable.

En algunos círculos, el credo antinuclear es incuestionable. Funciona como una frontera moral clara entre el bien y el mal. Desde fines de los años sesenta, la energía nuclear civil quedó asociada al lanzamiento de bombas atómicas, a la devastación masiva, al encubrimiento estatal y a los excesos del complejo militar-industrial.

En Japón, Ucrania y Rusia, además, estas asociaciones se enlazan con tragedias intergeneracionales, desastres ambientales y profundas fallas institucionales. Son memorias poderosas, cargadas de dolor y desconfianza, que no pueden ni deben ser ignoradas.

Las centrales nucleares argentinas

Sin embargo, cuando el compromiso cultural con estas asociaciones se vuelve más importante que la tarea urgente de construir infraestructuras energéticas descarbonizadas a largo plazo, el problema deja de ser solo simbólico. En ese punto, esas mismas asociaciones comienzan a obstaculizar la posibilidad de una transición energética efectiva, justa y a la escala que el desafío climático requiere.

Para el caso de Argentina, el país cuenta con tres centrales nucleares a la fecha: Atucha I, Atucha II y Embalse. Estas centrales generan energía limpia y segura para millones de personas. Somos pioneros en América Latina en el uso de la energía nuclear, contando con una historia de 50 años de operación segura y eficiente en centrales nucleares de potencia.

Dicho esto, si se quisiera ampliar lo logrado y generar que más energía sea generada de esta manera, se necesita de un proyecto nuclear a largo plazo. La energía nuclear representa una oportunidad estratégica para diversificar la matriz eléctrica, impulsar industria de alto contenido tecnológico y proyectar a Argentina como exportador de bienes de capital.

Esto no significa defender acríticamente la energía nuclear ni minimizar sus riesgos reales. Significa, más bien, cuestionar abordando los desafíos con seriedad pensando en los límites ecológicos.

La crisis climática no admite soluciones puras ni respuestas cómodas. Exige pensar infraestructuras que funcionen durante décadas, incluso siglos; pero estas decisiones contienen efectos que exceden los ciclos electorales y las identidades políticas inmediatas, y quizás esa es la trampa que hoy en día no logramos sortear. En ese horizonte, aferrarse a certezas ideológicas sin revisarlas puede resultar tan peligroso como la inacción.

En el mundo hay 410 reactores nucleares en operación, con una capacidad instalada de más de 368.000 MWe. Además, existen 57 reactores nucleares en construcción, principalmente en Asia y Europa del Este. La energía nucleoeléctrica se presenta a nivel nacional e internacional como una tecnología madura y de eficacia comprobada que puede contribuir en gran medida a un futuro basado en energía limpia.

Descarbonizar el sistema energético implica, inevitablemente, revisar miedos heredados y aceptar que ninguna tecnología es inocente, pero algunas pueden ser necesarias. La pregunta ya no es solo qué energía queremos, sino qué mundo estamos dispuestos a construir -y a gobernar- para sostener la vida en un planeta finito.

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