Las tres rejas

Sin respeto no hay verdadera libertad

No puedo invocar la libertad de expresión con el fin de denigrar, insultar u ofender

Gracias a la libertad, el hombre posee la admirable posibilidad de autodeterminarse y elegir. Y la posee en exclusiva. La oveja siempre temerá al lobo, y hay animales que siempre vivirán en las copas de los árboles. El hombre y la mujer, por el contrario, eligen su propio papel, lo escriben con características propias y personales, y lo llevan a cabo con la misma libertad con que lo gestaron: por eso progresan y tienen historia.

Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la más importante faceta de su libertad: la elección de su propio camino. Su carácter instrumental hace que esté al servicio del perfeccionamiento humano. Lamentablemente sabemos, por experiencia, que su uso puede ser algo delicado; puede volverse contra uno mismo o contra los demás. Ser libre no significa estar por encima de la ética, y la inmoralidad nunca debe defenderse en nombre de la libertad. No es real una libertad sin condiciones: nadie la posee. Por eso se ha dicho que a la Estatua de la Libertad le falta, para formar pareja ideal, la Estatua de la Responsabilidad.

Entre las libertades individuales asoma con importancia clave para el desarrollo y la dignidad, la libertad de expresión. La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión". Es el derecho natural el que nos lleva a exigir el debido respeto a nuestra persona y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, el poder manifestar nuestras opiniones.

La libertad de expresión es ciertamente un derecho que corresponde a la dignidad de toda persona humana. La manifestación de las opiniones debe ser fomentada y protegida por la legislación y la autoridad pública. Pero no es un derecho ilimitado. Nuestra libertad debe armonizarse con la libertad y la dignidad de las otras personas. Yo no debo y no puedo invocar la libertad de expresión con el fin de denigrar, insultar u ofender a otros. Todos deberíamos opinar de un modo moderado, respetuosamente, sin agraviar a nadie.

No puede justificarse la defensa de una libertad de expresión irrestricta que incluya la falta de respeto o la ofensa al pensamiento y la creencia de otras personas. La madurez, en todos los ámbitos, enseña a discrepar sin ironías, sin insultos, sin descalificaciones. Cuando una expresión carece de justificación o se efectúa en un contexto en el que predomina la intención de dañar, de burlar o de ridiculizar, se hace evidente que elegimos alejarnos de un debate pacífico para situarnos claramente en un ámbito lesivo. Nos pone a las puertas de la violencia. A nadie se le escapa que este estilo de convivencia complica bastante las relaciones interpersonales.

La libertad de expresión se tiene que defender y respetar, incluso, cuando la razón parece estar "del otro lado". Y esto significa no amparar el derecho a la falta de respeto. Si no nos gustan algunas ideas, no responderemos asesinando o fabricando bombas, sino acudiendo precisamente a una equilibrada libertad de expresión para confrontar sanamente en una sociedad diversa. No podemos tolerar una libertad de expresión perversa que construya un clima de caos y confusión: políticos, dirigentes, artistas, periodistas, docentes, referentes sociales no pueden impunemente lanzar al aire mensajes intolerantes e irrespetuosos. Ese derecho no existe, ni debemos resignarnos al "todo vale" del prepotente y soberbio.

Una libertad sin rumbo favorece, por un lado, un enjambre de opiniones dispares, falaces y contradictorias que propician el caos y ocultan la verdad. Por otro, la libertad sin responsabilidad acaba convirtiéndose en capacidad para elegir las ideas más dañinas, para exaltar las pasiones más torpes, para lastimar, calumniar y ofender, para sembrar el odio y propagar la mentira, para inclinar a la historia hacia el mal. Ojalá tengamos la valentía para tamizar nuestras expresiones antes de dejarlas volar.

"El joven discípulo de un sabio llegó a casa de éste y le dijo: -Maestro, un amigo suyo le ha faltado el respeto; estuvo hablando muy mal de usted.
-¡Espera! lo interrumpió el filósofo. -¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas?
- Sí. La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
-No; lo oí comentar a unos vecinos.
-Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
- No, en realidad no. Al contrario...
- La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
- A decir verdad, no.
-Entonces, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido y viviremos mejor".


Esta nota habla de: