Trump, el nuevo "estado de naturaleza" y el fin del Derecho
Thomas Hobbes describía a la sociedad prejurídica como la del "hombre lobo del hombre", el más fuerte imponiédose sin reglas sobre el débil.
En una reveladora entrevista concedida a The New York Times, el presidente norteamericano Donald Trump ha dejado claro que su ejercicio del poder no reconoce más límites que su propia conciencia. "No necesito el derecho internacional", afirmó tajantemente, subrayando que su autoridad como comandante en jefe está restringida únicamente por su "propia moralidad y mi propia mente".
Ante la pregunta sobre si se considera sujeto a las normas jurídicas globales, el mandatario respondió con ambigüedad calculada: "Depende de cuál sea tu definición de derecho internacional". Para Trump, los marcos legales construidos tras la Segunda Guerra Mundial son secundarios frente a conceptos de posesión directa. "La propiedad es muy importante... te da elementos que no puedes obtener con solo firmar un documento o un tratado", explicó, vinculando esta visión con sus planes sobre Groenlandia y su reciente intervención militar en Venezuela para deponer a Nicolás Maduro.
El "Eje de la Voluntad": Un frente contra la ley
Esta postura no es un exabrupto aislado, sino la piedra angular de un nuevo bloque geopolítico de líderes que ven en el multilateralismo un obstáculo para la soberanía personalista. En este nuevo "estado de naturaleza", la fuerza y el "sentido común" del líder sustituyen al código penal internacional.
Vladímir Putin y el realismo de la fuerza: Mientras Trump redefine la ley según su "mente", Putin lleva décadas ejecutando esa doctrina. Para el Kremlin, las fronteras no son tratados inamovibles, sino líneas sujetas a la capacidad militar y al "destino histórico". La afinidad entre ambos sugiere un mundo dividido en esferas de influencia donde la legalidad internacional es solo una herramienta de los débiles, mientras que los fuertes se rigen por la ocupación de facto.
Nayib Bukele y la moralidad de los resultados: En El Salvador, Bukele ha institucionalizado el desprecio por los organismos de derechos humanos bajo la premisa de que la seguridad interna es una prioridad moral superior a cualquier convención externa. Al igual que Trump, Bukele apela a la eficacia inmediata: si la ley internacional protege derechos que el líder considera inconvenientes para su estrategia de orden, la norma se ignora en nombre de la "libertad nacional".
Viktor Orbán y la demolición desde el interior: El primer ministro húngaro ha perfeccionado la "democracia iliberal", demostrando que se puede habitar dentro de organizaciones internacionales mientras se sabotean sistemáticamente sus principios legales. Orbán provee la base ideológica para este eje: la soberanía nacional es absoluta y no puede ser juzgada por burócratas extranjeros.
La Reconfiguración del Poder: Del Derecho a la Voluntad
Esta nueva arquitectura del poder global propone una transformación radical de los pilares que sostenían el orden mundial. En primer lugar, el Multilateralismo está siendo desplazado por un Transaccionalismo puro. Las decisiones ya no se toman en asambleas colectivas ni se rigen por protocolos diplomáticos, sino mediante acuerdos directos y pragmáticos entre "hombres fuertes" que ignoran las instituciones mediadoras.
En segundo lugar, el concepto universal de los Derechos Humanos cede ante la Seguridad del Estado. Bajo la lógica de líderes como Bukele y Putin, el fin justifica los medios, y cualquier regulación externa o tratado de protección humanitaria es visto como una interferencia ilícita en la gestión del orden interno.
Finalmente, la Soberanía Jurídica tradicional es sustituida por un Derecho de Propiedad basado en la fuerza. Como sostiene Trump y refuerza Orbán, la capacidad de poseer o controlar un territorio (o un recurso) efectivamente define su pertenencia legal con mucha más fuerza que cualquier contrato de arrendamiento o tratado de soberanía.
Implicaciones en la Defensa: El "Efecto Dominó" en la OTAN y América Latina
Esta doctrina de "propiedad sobre tratados" ha generado un sismo en las alianzas de seguridad. En la reciente cumbre de la OTAN, Trump ha logrado imponer un gasto del 5% del PIB en defensa a los aliados, bajo la amenaza explícita de que el cumplimiento del Artículo 5 (defensa colectiva) "depende de su propia definición" del compromiso.
Esta incertidumbre ha forzado a Europa a un rearme acelerado, ante el temor de que Estados Unidos trate a sus aliados no como socios, sino como estados vasallos o clientes de una póliza de protección privada.
En América Latina, la captura de recursos en Venezuela marca un precedente peligroso: el retorno de la Doctrina Monroe en su versión más cruda. Al tratar el petróleo venezolano como "propiedad controlada" y no como un recurso bajo soberanía nacional legítima, Trump envía un mensaje a la región: los tratados de defensa hemisférica son válidos solo mientras sirvan a los intereses estratégicos de Washington.
Este vacío legal incentiva a otras potencias a actuar con la misma impunidad en sus propias áreas de influencia, acelerando el fin de la justicia internacional como árbitro de conflictos.
Un mundo sin árbitros
Al afirmar que "la propiedad te da algo que no puedes conseguir con un contrato de arrendamiento", Trump está enterrando el concepto de diplomacia basada en reglas. Si el control sobre los recursos energéticos o la anexión de territorios se justifican bajo una "moralidad personal", el mundo regresa a la visión de Thomas Hobbes: un escenario de competencia perpetua donde la vida de las normas es "breve y ruda".
La "propia mente" de Trump es ahora la medida de lo que es legal. En este nuevo tablero, no hay jueces ni tribunales, solo la voluntad de un grupo de líderes que han decidido que el siglo XXI pertenece a quienes tienen la fuerza para reclamarlo.
Director de Relaciones Institucionales de Grupo Crónica

