A los 88 años, en Mendoza, la ciudad en la que había nacido, falleció Joaquín Salvador Lavado. Quino, para los miles de millones -no se exagera- de lectores que su obra conquistó en todo el mundo. Probablemente Mafalda, la historieta que creara en 1964 y continuará hasta 1973, sea uno de los productos de exportación más rentables salidos de nuestro país, una de las pocas historietas no asiáticas traducidas al chino, por ejemplo. Sin embargo, reducir el peso y la influencia de Quino en esta niña demasiado avispada, demasiado inteligente, demasiado preocupada pero por suerte bastante niña, es olvidar mucho de lo esencial de una obra que no parece agotarse.

Quino comenzó a dibujar en la infancia, cuando descubrió gracias a un tío qué era lo que podía hacer un lápiz. Decidió dedicarse al dibujo en la adolescencia, antes incluso de la muerte de su padre (tenía 14) y, luego del fallecimiento de su madre en 1945,  estudió Bellas Artes en la Universidad de Cuyo algunos años, antes de trasladarse a Buenos Aires decidido a vivir del dibujo.

Lo logró ya en los años cincuenta: sus creaciones, por norma humor de una sola viñeta, aparecen en revistas como Leoplán, Dr. Merengue, Tía Vicenta y, sobre todo, Rico Tipo, la revista de humor más vendida en los cincuenta y sesenta. Rico Tipo era una gran vidriera y una posibilidad de mirar la obra de otros gigantes del dibujo, especialmente Oski, junto con Charles Schulz -el padre de Peanuts, y esto especialmente en Mafalda- sean los pilares del estilo de Quino.

De Mafalda todos conocen la génesis: fue primero un encargo publicitario para una marca de electrodomésticos llamada Mansfield y la campaña consistía en tiras de una familia: todos los integrantes tenían nombres empezados con "M". La cosa no anduvo, Mafalda quedó en el sótano de las ideas perdidas hasta que reflotó para Primera Plana, otro gran hito del periodismo argentino, la revista de actualidad creada por Jacobo Timerman donde Tomás Eloy Martínez pasó de la crítica de cine a la crónica, por ejemplo. Mafalda fue un éxito mayúsculo, y luego pasó a Siete Días.

Quino y Mafalda

Para quien no conoce (siempre hay alguien) a Mafalda, es una niña que pasó de los cuatro a los diez años. Tiene un padre oficinista, una madre ama de casa que soñó con el arte alguna vez, y en los últimos años, un hermano llamado Guille, pura ironía y potencia cómica. En general las tiras giran alrededor de las interacciones entre Mafalda -una chica preocupada por la realidad política y social, totalmente "alienada" en ese sentido, que sueña con ser traductora en las Naciones Unidas, aunque eso no le impide los juegos infantiles- y sus amigos. Esos amigos representaban diferentes estereotipos: Felipe, un soñador que prefería el juego a la responsabilidad (ni más ni menos aquel con el que se identificaba Quino); Susanita, una burguesa que deseaba el matrimonio, los hijos y la casa -una de las glorias de Quino es haber dejado la expresión "es una Susanita" para referirse a un deseo demasiado "tradicional" en una mujer-; Manolito, hijo de un almacenero gallego bastante bruto (un estereotipo hoy imposible, aunque Quino lo trataba con mucho cariño), Miguelito (un ingenuo que podía hablar bien de Mussolini por ignorancia, el muchacho del "no te metas") y, en los últimos años, Libertad, la pequeña de padres intelectuales y acento francés. Gran parte de la actualidad política -aunque casi nunca referida literalmente- de los años entre Onganía y Lanusse fueron diseccionados por Mafalda. Si alguien quiere conocer esa Buenos Aires entre la tradición y lo moderno, el detalle de un dibujo siempre funcional, en blanco y negro, que optaba por la línea, el segmento y el claroscuro en lugar de la mancha, Mafalda es puro documento. Desgraciadamente, mucho de su pesimismo sigue vigente.

Quino, dibujante

Por cierto, Quino no abandonó su verdadero gran trabajo, el de la viñeta cómica sin personaje fijo. Siguió ejerciéndolo en paralelo con Mafalda. Probablemente la necesidad de sentirse más libre en ese campo lo llevó a decidir suspender la tira "por un tiempito", según dijo Mafalda en la última tira publicada. Sería definitivo. El dibujante dijo más tarde que carecía ya de ideas para el personaje.

Entonces comenzó la etapa más fructífera de Quino: la del humor a página entera, que se publicó en diversos lugares (la revista de Clarín, quizás, fue su hogar más conocido). A veces una sola viñeta, a veces, un conjunto de dibujos que narraban una situación. Quino se había vuelto elegante, esencial. No hay absolutamente ningún detalle al azar en sus dibujos, ningún relleno. A la manera de Oski, deja de lado el realismo para mostrar, a través de un detalle, todo un estado de ánimo: los soles, por ejemplo, apenas trazos circulares; esas esquinas donde solo se ve el edficio en ochava mientras todo se difumina; las calles señaladas por un par de adoquines; los fondos blancos donde se destaca el personaje. Temáticamente, la fantasía, lo alegórico y el realismo se combinan casi en cada viñeta (solo Mafalda y su trabajo temprano pueden tildarse de "costumbristas"). Quino es uno de los grandes escritores fantásticos de la Argentina, tierra prolífica en esa rara especie.

(Aquí, la última aparición pública de Quino)

El principal sentimiento de Quino era una mezcla de ironía y desencanto, aunque en ocasiones podía ser optimista. Aunque quizás -solo quizás- su viñeta de Mafalda saludando a Raúl Alfonsín por el retorno de la democracia -Quino se había exiliado en Milán en 1976 con su esposa Alicia Colombo, con quien decidió no tener hijos-  era más una expresión del personaje que de él mismo. De todos modos, siempre se sospecha que, detrás de un pesimista o un cascarrabias, hay alguien que todavía quiere un mundo mejor.

Recibió todos los honores posibles. Se convirtió en los 90 en ciudadano español, algo que siempre había querido (en su casa, durante sus primeros años, solo se habló en el andaluz de Málaga) y obtuvo el premio Príncipe de Asturias. Es una pena que se lo recuerde por las cosas que ha dicho Mafalda más que por su obra gráfica, de un poder tremendo. Quino, por ejemplo, a diferencia de muchos otros humoristas gráficos, utilizaba la perspectiva y el volumen en contraste con lo bidimensional de tal modo que siempre se sugería un mundo completo más allá de la página. Muy pocos dibujantes lo han logrado con su calidad. O comunicaba emociones complejas con apenas un pequeñísimo rasgo en el rostro de un personaje. Como historietista -es decir, como aquel que cuenta "cuadro a cuadro", siempre supo capturar el momento más significativo de una secuencia de acciones. Las páginas de Quino configuran un lenguaje donde es la pura imagen la que transmite, como ideogramas, el todo. Cuando opta por la palabra, es siempre en modo contrastante, siempre al pie, como un susurro que revela todo el poder cómico o irónico de lo que vemos.

Aunque Mafalda llegó al cine a principios de los setenta, los resultados no fueron del agrado de Quino. Fue mucho mejor la adaptación de sus tiras al dibujo animado gracias al gran animador cubano Juan Padrón en la serie Quinoscopio. Padrón es también un maestro de la síntesis tanto en cuanto a elementos y movimiento, de allí la complementación de ambos.

Sus libros (Mundo Quino, Gente en su sitio, ¡A mí no me grite!, A la buena mesa, Ni arte ni parte, Potentes, prepotentes e impotentes, ¡Cuánta bondad!, ¿Quien anda ahí? y muchos otros) son, además, mucho más que recopilaciones de trabajos publicados en otra parte: mantienen un hilo temático, una estructura poética que potencia, página a página, el desarrollo del tema. También en ese punto Quino tenía una inteligencia especial para construir su obra.

Era agnóstico, pero aún así siempre refirió encuentros fantasmales con su padre, a quien veía sentado, fumando y contento por cómo le fue al hijo. Dejó de dibujar regularmente en 2006 y se fue tres años después de Alicia, su mujer y compañera desde 1960. Todo eso es anécdota: Quino fue un artista grande. "La clase de ideas con las que trabaja son las más difíciles, y me sorprende la variedad y profundidad de su trabajo. Además, sabe dibujar, y dibujar de un modo divertido: creo que es un gigante", dijo de él su admirado Charles Schulz, el hombre que fue Snoopy. No se equivocaba.

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