Andrés Nazarala es crítico de cine, cineasta y escritor. Extraña tomar un café en un bar mientras escribe. Dialogó con BAE Negocios sobre su novela Hotel Tandil. 
 

-¿Cómo estás viviendo la cuarentena? ¿Te ayuda a a escribir?

-En un principio pensé que sí, como muchos. Me di cuenta de que mi vida no era tan distinta con cuarentena. Luego vino la fase 2: no podía concentrarme y empecé a extrañar los cafés del barrio y mis caminatas diarias por la ciudad. Entonces supe que las cosas sí son distintas en el encierro. No comulgo con los comentarios de optimismo new age que afloran en las redes sociales ni tampoco con el pesimismo sensacionalista de la TV. Supongo que estoy en un limbo, esperando a ver cómo será la fase 3.

-¿Cómo surgió la historia?

-La historia de “Hotel Tandil” es una ficción basada en hechos reales. Para simplificarlo, se podría decir que trata de un cineasta fracasado que, tras una ruptura conyugal en Chile, vende su auto y se instala por un tiempo indefinido en un hotel barato de Buenos Aires. La decisión es estratégica: parte de su plan es desplazarse hasta Ituzaingó para conocer al cineasta Raúl Perrone, quien puede orientarlo con sus métodos pocos ortodoxos para hacer cine y su gran sentido de la libertad. El protagonista cree, de alguna manera, que concretar una película es lo que necesita para dar un paso adelante en la vida. En esa pieza de hotel va reflexionando sobre el fracaso, el amor, la muerte y, para no sentirse tan solo, evoca a algunos directores malogrados dentro de la historia del cine como Ron Rice, Donald Cammell o Iván Zulueta.

Lo real detrás de esta ficción son varias cosas, especialmente dos: soy un realizador de películas de bajo presupuesto y admiro profundamente la obra de Raúl Perrone. La parte ensayística del libro es, supongo, una extensión de mi trabajo de varios años como crítico de cine.

-¿Es una historia  personal narrada como si fuera de detectives? ¿Querías homenajear a alguien?

El libro está escrito en primera persona, como un diario de apuntes, lo que puede lleva a pensar que el narrador soy yo. La verdad es que un personaje inventado que, obviamente, tiene mucho de mí, especialmente en su valoración del cine ultra-independiente. Por supuesto que el gran homenajeado es Raúl Perrone, a quien conocí personalmente en el año 2014. Tuve la posibilidad de asistir a un par de rodajes y me impresionó su forma de trabajar. Su proactividad me parece lo opuesto al fracaso que yo retrato en el libro.

- ¿Cómo describís al protagonista?

El narrador de “Hotel Tandil” es un hombre inmovilizado por sus obsesiones, un poco como los personajes que Enrique Vila-Matas retrata en “Bartleby y compañía”. Perone es lo opuesto a eso: él solo avanza, sin mirar hacia atrás. Me interesaba convertirlo en una suerte de gurú motivacional dentro de la historia, basándome en situaciones reales y en otras que inventé. Transformé a Perrone en un personaje de ficción, con la cuota de verdad y mentira que eso implica. Si esto fuese “Karate Kid”, él sería el Señor Miyagi

-¿Cuando escribís pensas como director y viceversa?

-Llevo 18 años ganándome la vida como crítico de cine. La idea de realizar algunos trabajos audiovisuales surgió de la pasión cinéfila, pero no soy un director de cine y nunca lo seré. En el mejor de los casos seré un tipo que hizo un par de películas, motivadas por las mismas inquietudes que dan vueltas por mi cabeza cuando escribo sobre cine. Para mí ambas cosas son un poco inseparables. Como alguna vez dijo Stanley Kubrick: “Si puede ser escrito, puede ser filmado”.

-¿Qué te permite la literatura que no te da el cine?

- Escribir suele ser un ejercicio solitario mientras que hacer cine exige cierto nivel de sociabilidad. Otra diferencia es que la distancia que hay entre la cabeza y el exterior es vertiginosamente mayor en el cine que en la escritura. Uno puede tener una idea y, después del aparatoso proceso para convertirla en imágenes en movimiento, termina siendo algo completamente distinto a lo imaginado.

-¿Por qué “Hotel Tandil”?

-Me interesaba resaltar el hotel porque es así donde el personaje tiene las reflexiones al final del día. En esa habitación se cocina todo el libro. Además, yo solía hospedarme en el Hotel Tandil, en Avenida de Mayo, cuando venía de vacaciones a Buenos Aires en la adolescencia. En los tiempos del 1 a 1 cualquier otro lugar era prohibitivo para un estudiante chileno. Rápidamente se sumó a mi lista favorita de hoteles baratos. Siempre me han gustado los hoteles. Son zonas neutrales donde puedes esconderte, reinventarte, ser otro, resetearte. Para el narrador del libro, es un espacio en el que se encapsulan sus recuerdos, sus frustraciones, sus deseos. Es también una suerte de círculo donde se reúnen los fantasmas de su vida y los grandes perdedores dentro de la historia del cine.

-¿Te costó dejar al personaje?

-Sí y no. Sí porque tiene mucho de mí, especialmente en sus reflexiones sobre ser fiel a algunos principios y no venderse. No porque también tiene una inmadurez crónica que lo lleva a pensar en sus películas mientras su mujer y su hijo lo esperan en Chile. Digamos que es un narciso con el que no quisiera tomar una copa. Me interesan los personajes erráticos e imperfectos que le dan vuelta a todo.

-Escribías ensayo, ¿por qué esta vez elegiste la ficción?

-Trabajo como crítico de cine desde el año 2002, principalmente para publicaciones chilenas. Pertenezco a Fipresci, lo que me ha permitido ser jurado en festivales. Antes de “Hotel Tandil” publiqué ensayos en dos libros de cine. La decisión de escribir esta obra con otra soltura fue consciente. Me interesa incluso que parezca una novela, que nada en la tapa indique que es un libro sobre cine. Y en verdad no lo es del todo. El cine es solo una excusa para abordar otros asuntos, como la ficción es el pretexto para hablar de la realidad, o viceversa.

¿Cuál es el rol de la literatura y cuál el del cine en época de cuarentena?

En tiempos de crisis surge siempre una disyuntiva en relación a los contenidos que consumimos: ¿realidad o escapismo? Esto pasa por estos días. Hay gente que vuelve a películas como “Contagio” o “2012” con cierto morbo. Otros no quieren saber nada y se refugian en comedias. Lo cierto es que la realidad se convirtió inesperadamente en una mala película, en una de esas mega-producciones de catástrofe dirigidas por Wolfgang Petersen.

-¿Cuánto tiempo te llevó esta novela?

Un poco más de un año. Como no fue inmediatamente pensada como una novela, hubo un proceso de moldeamiento no forzado que tuvo varias etapas. Al mismo tiempo, se fue construyendo como un manual de autoayuda en tiempos en que estaba algo frustrado ante las complicaciones de un proyecto cinematográfico. A través de las experiencias de otros, y los consejos de Perrone, el libro fue avanzando como una terapia.

-¿Tenés rutina para escribir?

-Sí. Trato de tenerla. Curiosamente necesito del ruido ambiente de un café para concentrarme. Suelo trabajar ahí. Bueno, lo hacía antes de la cuarentena. El silencio me desconcentra. Debería tener una grabación con sonidos de bares para poder trabajar en casa.

-¿Ya tenés otra en mente?

-Estoy avanzando en un libro sobre un crítico de cine viejo y malhumorado. Es un homenaje a un oficio que pareciera ir directo a la extinción.