Hay personas que le tienen cierta aversión al cine mudo porque piensan -es natural, en cierto sentido- que se trata de algo “primitivo”, que no es realmente “el cine”. Y no, no lo es si consideramos el cine como lo que conocemos hoy, cuando el sonido se ha vuelto el estándar. Pero cuando llegó el diálogo a las pantallas, el cine había alcanzado una madurez expresiva absoluta, y las imágenes solas podían contar muchísimo. En realidad, el diálogo marcó un retroceso porque mucho se resolvía hablando en lugar de mostrando. Después eso cambió y los grandes creadores pudieron integrar las palabras a la imagen. Pero la consecuencia para las audiencias masivas consistió en un abandono de aquella madurez visual que el cine había alcanzado. De hecho, muchas de esas películas “mudas”, hoy, resultan de una apabullante modernidad, y es una aventura hacia el asombro volverlas a ver. Lo bueno es que muchos, muchísimos de esos títulos pueden encontrarse en YouTube o en sitios gratuitos como Archive.org, lo que hace esta página con tema libre bastante más elástica en esta ocasión. Es cierto que en muchos casos no están los intertítulos (esos carteles que marcaban diálogos o situaciones) traducidos al castellano, pero es tan fuerte la manera de contar con lo que se ve que casi no tiene importancia.

En principio, muchas de las películas de los hermanos Lumière, que son joyas de cómo se incorporó el movimiento (es decir, el paso del tiempo) a la imagen, y muchas de Georges Méliès, que fue el primero en utilizar el cine como pura fábrica de fantasías con la incorporación de trucos teatrales o de montaje, se pueden encontrar fácilmente, incluso -las segundas- coloreadas. Le voyage sur la Lune es muy impresionante y divertida en su cuarto de hora de duración y la versión restaurada es muy bella. Luego, mucho Griffith. Es cierto que El Nacimiento de una Nación, en versión completa, es muy larga, casi cinco horas. Pero está llena de grandísimos momentos y Griffith, al narrar la historia de dos familias envueltas en la Guerra de Secesión, inventó todo el lenguaje del cine. La secuencia del asesinato de Lincoln sigue siendo de una efectividad absoluta, por ejemplo, puro suspenso y drama incluso si sabemos lo que va a pasar. Sí, es complicado su racismo y que los héroes sean los tipos del KluKlux-Klan, pero la película sigue siendo brillante formalmente.

Pasemos a un genio. Alfred Hitchcock sabía todo desde el principio. Su mejor película muda es The Lodger, que toma el asunto de Jack el Destripador y narra la paranoia de toda una ciudad y de una familia que recibe en su casa a un inquilino misterioso. Para incrementar el drama, Hitch hizo poner entre la planta baja de los locadores y el piso superior del locatario un piso de vidrio, donde lo que los de abajo “imaginan” que hace el de arriba a través del sonido de sus pasos, se “ve”. No es la única genialidad de la película: la secuencia del linchamiento con dejos de crucifixión está entre las escenas más poderosas del director, lo que es mucho decir.

La caída de la casa Usher: surrealismo y poesía

Hablamos hace algún tiempo de Douglas Faribanks. Bueno, vean Los tres mosqueteros, realizada por Fred Niblo. Es una superproducción de aventuras sobre la novela de Dumas, pero además está la energía de ese primer gran (súper) héroe de acción saltando, usando la espada, colgándose de balcones, huyendo de mil enemigos y triunfando a una velocidad que hoy requiere miles de computadoras para ejercerse de algún modo. Todo sin trucos, a pura acrobacia y ojo del director. Que, de paso, hizo la primera adaptación de Ben-Hur a la gran pantalla, una película que también puede verse y cuya carrera de cuádrigas es tan -o más- poderosa que la de la célebre versión con Charlton Heston.

Una de las “grietas” de la cinefilia es Chaplin versus Keaton. Ambos genios, Chaplin se concentraba más en su personaje y Keaton, más en la puesta en escena. Del primero, hay que ver sí o sí La quimera del oro, donde la invención llega a límites increíbles con su cabaña colgando de un precipicio. Del segundo, si es necesario elegir una, podría ver El maquinista de la General, que no solo es una gran parodia de El nacimiento de una nación, sino que se carga a la estupidez militar, al romance trivial y a los lugares comunes del heroísmo a pura aventura. La secuencia del tren cayendo por un puente es absolutamente impensable hoy.

En Europa, es imprescindible ver el gran clásico del (mal llamado) expresionismo Nosferatu, de W.H. Murnau. No solo porque es la primera gran adaptación de Drácula (con otros nombres porque “piratearon” el tema derechos) sino porque Murnau inventa cosas todo el tiempo: un personaje temible, efectos terroríficos nunca antes probados, movimientos vertiginosos, una puesta en escena donde todo el tiempo hay una batalla entre la oscuridad y la luz. Es un gran ejemplo de aquel cine alemán lleno de joyas (vea Metrópolis, de Lang, que hace de este sistema algo además monumental). También la primera -y verdadera- gran superproducción cinematográfica, Cabiria, una película sobre la antigüedad donde hay romance, misterio y aventuras en escenarios monumentales y que además trajo al cine al gigante Maciste. O, por qué no, la versión francesa de La caída de la casa Usher, de Jean Epstein, donde el surrealismo y la poesía se encuentran en imágenes de enorme belleza (las cortinas al viento, los rostros decadentes, la casa misma) para darle vida -bueno, es un decir...- al extraordinario relato de Edgar Allan Poe, el hombre que inspiró a Baudelaire. Ninguna de estas películas se podría filmar con esa libertad experimental hoy, y sus imágenes son casi más poderosas que las de la mayoría del cine que se estrena. Olvídese del diálogo y déjese llevar.

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Leonardo Desposito

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