En casi todas las enciclopedias cinematográficas, en todos los libros de referencia, aparece un pequeño puñado de producciones pornográficas que se destacan o por su relevancia histórica, su puesta en escena, su calidad o su extrañeza. Son no más de diez o quince títulos, casi todos de los años setenta, la década más importante del cine contemporáneo por muchísimas razones, entre ellas justamente el grado de libertad epresiva y temática que alcanzó sobre todo el cine de gran presupuesto o mainstream. Siempre contamos que el sexo explícito estuvo cerca de integrar las imágenes normales del cine para adultos, pero se interpusieron Star Wars primero y Reagan, después. No vamos a contar ahora esa historia porque requiere más espacio que esta erótica columna. Pero prometemos contar toda la historia de la legalización, el apogeo y la caída del porno en alguna parte. Mientras tanto, vamos de nuevo a esos escasos títulos siempre recurridos en los textos. Entre esas películas aparece una que, para muchos, es la mejor película pornográfica jamás realizada y, aunque el autor de este texto no está tan de acuerdo, puede conceder que no faltan motivos para el superlativo. El filme en cuestión es The opening of Misty Beethoven y es, de tercera o cuarta mano, una versión de un mito griego.

Empecemos por las razones de su fama. En principio, porque es una película bastante cara, con un presupuesto similar a Taxi Driver, que es del mismo año 1976 (probablemente incluso sea ligeramente superior). La dirigió Radley Metzger con el seudónimo “Henry Paris” y se filmó en Francia y los Estados Unidos. Tiene muchos escenarios, muchos exteriores e interiores, muchos cambios de vestuario (sí, también hay momentos en que la gente está vestida), una banda de sonido muy profesional y adecuada al tono general de la película -que es, digámoslo ya, una farsa- y lo que los americanos llaman hoy “production values”, es decir que la plata se ve en la pantalla. Hay un elenco bastante grande, encabezado por una de las actrices porno más lindas de la historia del género, Constance Monay, y uno de los actores con mayor carrera en el cine XXX, Jamie Gillis, a quien casi se podía encontrar en todos los clásicos de la época. Algo que no suele decirse es que Gillis era un muy buen comediante, una especie de Elliot Gould -entonces en boga- algo más bajo y también algo más irónico al actuar.

La película se basa tanto en el mito griego como en la comedia de George B. Shaw Pigmallion, y por lo tanto es una versión guarra de Mi bella dama, musical que se basa justamente en la comedia de Shaw. El mito habla de un escultor que crea una estatua para no estar solo, le da vida y la estatua lo supera. La comedia de Shaw, de un envarado intelectual victoriano que toma a una chica absolutamente inculta y apuesta a que la puede transformar en una dama a pura educación; en el camino, surge el amor entre ambos. Lo mismo es Mi bella dama, pero con canciones. The opening traslada el asunto a la post revolución sexual. Misty es una prostituta común y silvestre, con muy pocos modales y, aunque muy atractiva, bastante poco ducha en las infinitas variedades del erotismo. El Dr. Seymour Love apuesta a que puede transformarla en la más refinada y sabia de las hetairas a pura educación sexual. El objetivo de máxima tanto de la apuesta como del éxito en transformar a Misty en una enciclopedia del placer erótico es que seduzca a un marchand homosexual.

Digamos esto: Misty es una alumna bastante más consciente que Eliza Doolittle, el personaje de Mi bella dama. Y el Dr. Love tiene unas dotes pedagógicas de enorme contundencia. Misty pasa por toda clase de relaciones sexuales, poses y posibilidades: en ese sentido, la película es un catálogo de la combinatoria genital bastante enjundioso. Pero lo que es más interesante en este caso, y lo que hace de The opening... una buena película más allá de ser una buena película pornográfica de los setenta, y por encima de su presupuesto porno-chic, es el tono. El filme es, siempre, una comedia. Ejemplo: en un momento, Misty es obsequiada por una bella mujer con un cunnilingus en un avión. Pero viene la azafata y le dice a la regalona que mire, doña, todo bien, pero esto es primera clase y tiene que volver a turista a sentarse porque viene la turbulencia. El diálogo sigue más o menos en ese tono sin que la mujer deje de prestarle atención al sexo de Misty, que no sabemos bien qué siente porque está escuchando música con sus auriculares. Hay miles de secuencias muy similares donde el diálogo y lo que sucede van a contrapelo de lo que las imágenes muestran. De hecho, una de las grandes virtudes de la película consiste en que muchas veces no sabemos si dejarnos llevar por la excitación sexual que las secuencias ofrecen o reírnos y pensar en lo ridículo de todo lo demás. Esa ambigüedad es absolutamente consciente.

The opening... además, tiene una fotografía casi perfecta y no abusa de la repetición ad náuseam del primer plano de genitales. Justamente, hay mucho plano general o plano medio. Uno de los problemas del porno consiste en que, cuando solo vemos los genitales, la persona que debería transmitirnos, comunicarnos una emoción o una sensación desaparece. Solo queda el tejido tumescente y no mucho más, y el plano termina generando el mismo interés que ver por horas un pozo de fracking. Aquí no sucede: en general vemos tanto los cuerpos como los rostros y esas expresiones no solo están relacionadas con lo que “hace” el cuerpo que siente sino, también, con cómo ese momento sexual hace avanzar o no la historia que estamos viendo. En pocas películas como en esta hay una relación tan estrecha entre lo que vemos y el por qué lo vemos.

En el fondo, la película habla del empoderamiento femenino (el final en ese sentido es sintomático del cambio de época que estaba desarrollándose en esos años) y se burla de los buenos modales, la ilustración y eso que, con un término muy preciso aunque lo veamos demasiado porteño, de la tilinguería: copiar la apariencia de la aristocracia sin tener idea de lo que implica. Y recordarnos que, a la hora de la desnudez, muchísimo antes que la muerte, todos somos un poco iguales, un poco guarros, un poco animales, un poco puro instinto. De allí que The opening... sea menos una película pornográfica que un cuento moral y cómico que requiere de la pornografía para ser efectivo.

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