Probablemente el lector conozca algo llamado "Código Hays". Fue el sistema de censura que Hollywood estableció para regular los contenidos ante la andanada de la prensa conservadora contra las películas y el "arte cinematográfico" al que, como no podía ser de otra forma, se considy eraba inmoral. Es interesante volver a mirar aquello hoy, cuando la corrección política, en nombre de la loable y bienintencionada defensa de la igualdad entre los géneros y las minorías étnicas, religiosas o sexuales, parecen en vías de restablecer un sistema restrictivo. Hace no mucho, un amigo no versado en el tema pero sí en muchas otras cosas, me preguntó cómo fue que el Estado en los EE.UU. regulaba el acceso a los contenidos audiovisuales. Tuve que decirle que no lo hacía; que nunca lo hizo y la prueba de eso es el Código Hays.

La prehistoria del asunto está no en Hollywood sino en el Este, especialmente en Nueva York. Se trata del gran territorio cosmopolita de los EE.UU. y, como Buenos Aires (ciudad con la que comparte muchísimas características), es la que más claramente muestra las huellas de la inmigración. Sobre todo, entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, de dos minorías étnicas notables: los italianos y los irlandeses. Ambas minorías, como se sabe, son preponderantemente católicas, y es por eso que la Iglesia Católica tiene especial peso en el noreste de ese país, sobre todo en Nueva York, Pittsburgh y Boston, donde los criados en esa religión superan al tercio de la población. Le siguen Chicago, Filadelfia, Miami y Los Angeles, y solo LA no está en el Este. Que es donde, de paso, está Hollywood, o donde más bien debió recalar la industria cinematográfica que nació en realidad en NYC y alrededores. Entonces Edison quería el monopolio del cine, unos empresarios que le competían terminaron corridos a balazos por el Genio de Menlo Park y terminaron en un sembradío de naranjas en el Oeste que se volvió la Meca del cine. Dicho sea de paso, esos escapados de una guerra de patentes con más guerra que patentes eran, en su mayoría, inmigrantes centroeuropeos de origen judío. En la historia de la censura en el cine americano y en la cruzada de los medios de izquierda y derecha contra la "depravación" de la pantalla hay no poco de antisemitismo. Pero esa, como diría Kipling, es otra historia.

El cine sobrevivió a Edison, aparecieron los grandes estudios y (muy) rápidamente conquistó el mundo. El humor y la picaresca eran parte del menú de atracciones. El propio inventor de la lamparita no necesitó demasiada inventiva para crear las primeras y clandestinísimas películas porno estadounidenses, campo en el que le ganaron (por poco, pero previsiblemente) los franceses. En fin, dejemos los detalles: Hollywood se afianzó y el cine vendía. Llegaron los años 20 y las chicas usaban poca ropa en la pantalla, las alusiones al sexo eran frecuentes, y el magnate de la prensa William Randolph Hearst, siempre preparado para capitalizar (léase, con tintes de hoy, "monetizar") lo escandaloso, decidió atacar las películas con cada divorcio, hijo extramarital o foto indecente de alguna de las primitivas estrellas. Quizás que se metiera en las películas para hacer melodramas protagonizados por su amante Marion Davies (gran comediante a la que Hearst le impuso hacer tragedia) sin éxito tendría algo que ver, pero no vamos a meternos en la cabeza del tipo al que Orson Welles retrató -con otro nombre- a modo satírico en El Ciudadano. A fines de los años treinta, con el sonoro instalado, "algo había que hacer" para frenar el constante ataque de la prensa y otros poderes. Y entonces los dueños de los estudios de Hollywood peregrinaron a Nueva York, hablaron con un obispo y -simplificando una historia en realidad mucho más larga- nació el Código Hays, en honor a un tipo enano, feo, medio tránsfuga y al que Lombroso habría desechado por depravado, Will Hays, quien se encargaría de hacerlo cumplir.

El Código fue una avanzada de la propia industria, que se autorreguló. Las películas, entonces, eran todas aptas para todo público: justamente la calificación por edades -que siempre existió en la Argentina- surgió cuando se derogó el código a mediados de los años sesenta, gracias al padrino de la MPAA (la entidad que reune a los productores y manejaba la censura interna) Jack Valenti. Hoy mismo no es necesario que la MPAA califique una película: cualquiera puede estrenar sin ese requisito. Solo sucede que los cines no la van a comprar ni a exhibir. El Código tenía tres fines clarísimos: combatir cualquier desviación política (cualquier discurso "de izquierda", para ser claros); combatir cualquier imagen cruda (estaba absolutamente prohibido mostrar el momento de la muerte: de allí que sea de práctica común ver la sombra de un suicidado o de un asesinado, por ejemplo); no mostrar sangre (hay algo político: si un país no sangra, no está herido, tal cosa fue muy práctica durante la Segunda Guerra Mundial) y, obviamente, nada, pero nada, de sexo.

El sexo y el desnudo

Ese era el problemita que más rondaba la cabeza de los censores, porque bien pueden encontrar que lo anterior se burlaba bastante seguido (sí, lo de la política también). ¿Cuáles eran los "no"? Veamos: como el matrimonio era sagrado, los cónyuges debían dormir en camas separadas. Si eso era imposible, nunca debían aparecer ambos a la vez en la cama. Jamás, por ninguna razón, motivo o circunstancia, debe mostrarse una "perversión": en esos tiempos, tal término era eufemismo de homosexualidad, básicamente. Aunque (esta es rara, pero recuerden el cine de vampiros) "toda alusión a la cópula entre un hombre y un cadáver queda prohibida, y si se muestra a una muerta no debe parecer seductora". De paso, también estaba prohibido aludir al vello corporal, ni siquiera al de las axilas. Uno se pregunta en qué pensaban los tipos que hicieron este código, que deja adivinar un grado de perversión casi infinito en los redactores.

Hollywood se las ingenió para burlarse de todo esto con mil y una metáforas. Pero finalmente las sociedades fueron más sabias y el sexo y el desnudo pasaron a formar parte del repertorio del arte más total que ha existido. Pero es interesante notar que todo esto fue creado con el fin de "proteger a los inocentes porque X imágenes crean malos hábitos en las mentes criminales y de débiles mentales". El camino del infierno, se sabe, está empedrado de buenas intenciones (Aquí, abajo, un buen documental para ampliar algunas cosas)

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