Desde que el cine es cine -es decir, desde siempre-, los realizadores han buscado inspiración en cualquier parte. Hemos visto películas basadas en novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, ballets, historietas, artículos periodísticos, frases motivacionales, juguetes, golosinas e incluso "el resumen de solapa de una versión de bolsillo de El Conde de Montecristo", como reza la sátira Los Tomates Asesinos Toman París (una animalada de los estudios Troma que merece verse). En los tiempos dorados de Hollywood, los estudios tenían equipos de profesionales que se encargaban de leer todo lo que se publicaba o estaba por publicarse. Un caso famoso es el de Lo que el viento se llevó, la única novela de la periodista Margaret Mitchell que el productor David O. Selznick compró cuando todavía no se había publicado por unos u$ 50.000 que hoy representarían varios millones. Nadie sabía si ese libro iba a convertirse -como lo hizo- en un gigantesco best-seller, ni si la adaptación iba a ser el éxito que fue (todavía es, ajustados los precios, el filme más visto de todos los tiempos, con el doble de entradas vendidas que Avengers-Endgame, por lo menos de entradas registradas). También podía fallar: el mismo año, el mismo director de Lo que el viento..., Victor Fleming, dirigió una costosísima adaptación de El mago de Oz que fue un fracaso monumental (la MGM se salvó de la quiebra por haber prestado a la Fox a Clark Gable y al propio Fleming -en esa época los estudios eran como los clubes de fútbol- para... Lo que el viento se llevó). Pero todo, todo, era y es adaptable.

Una de las historias más veces llevada al cine, por ejemplo, es la de Robinson Crusoe, una de las más grandes novelas de aventuras de todos los tiempos y además una que parece ser "barata" de producir, porque en gran parte del metraje hay solo un personaje, a lo sumo dos. Pero no hay películas realmente importantes sobre la novela de Daniel Defoe, ni siquiera la excepcional -por muchas razones- versión que llevó adelante Luis Buñuel en México, coproducida por Hollywood. El problema básico es que la soledad no es fácil de convertir en entretenimiento: en ese sentido la mejor "versión" del asunto náufrago en isla desierta es, justamente, Náufrago, de Robert Zemeckis con Tom Hanks, que hace de una pelota de volley un personaje importantísimo. Eso sí, se han escrito muchísimas sátiras sexuales y libelos pornográficos con la isla, que solía superpoblarse de mujeres ardientes y fantásticas. Algo de eso cuenta en su relato satírico (es en realidad la crítica de un libro que no existe) "Les Robinsonades" el polaco Stanislav Lem -de paso, si quiere libros de ficción inteligente y comicidad punzante, vaya a por Lem, que además suele incorporar algo de sexo. Y algo o mucho de eso puso en marcha uno de los realizadores más prolíficos, variados y -por decirlo suavemente- apresurados del cine, el español Jesús Franco.

Jesús Franco requiere un libro, no una página como esta humilde y cachonda columna semanal. El hombre, que no era un improvisado y fue director de segunda unidad de Campanadas de medianoche (gran filme shakespereano de Orson Welles, ni más ni menos), hizo todo aquello que podía darle dinero: comedias cómicas, películas casi porno (y alguna porno), de monstruos, de gladiadores, de vampiros, de zombies, de cowboys, de ciencia ficción, de motoqueros, de deportes, de lo que fuera. Tuvo un sinfín de seudónimos (Jess Franco es quizás el más conocido y transparente) e hizo una cantidad de películas insana por todo Europa. En algún momento recaló en Berlín e hizo una adaptación muy suya -con el seudónimo Frank Hollmann- de Robinson Crusoe llamada Robinson und seine wilde sklavinnen (Robinson y sus salvajes esclavas) que en Francia se llamó algo así como "Tres chicas desnudas en la isla de Robinson". Si algo había aprendido Franco de Hollywood -al que admiraba- era cómo usar un nombre con total impunidad. Probablemente a Defoe, que era además un satirista, la vuelta de tuerca elegida por Franco le hubiera gustado, pero digamos que está lejos del original.

De paso: para quienes crean que las películas cómicas hechas a las apuradas son un invento argentino como el dulce de leche, les recomendamos esta producción, que no difiere demasiado del cine comercial alemán de entonces (o del francés, o del italiano, o del español...). Sonido chato, cámara apresurada, montaje con problemas, de todos modos cumplía su objetivo de hacer reír y mostrar un poco de carne femenina. La historia tiene lo suyo, sin embargo. Robinson es un empleado farmacéutico que sueña con ser su tocayo literario en una isla con una exuberante morocha de ojos verdes. En realidad vive con una mujer que no lo toca ni de lejos y duerme rezando, y una suegra que, ante la mínima vibración de la cama marital, golpea paredes para mantener la santidad del hogar. De paso, el hombre tiene un chimpancé como mascota. Un buen día se rebela contra este estado de cosas y, tras decidir que está muy solo y triste en su mundo abandonado, tiene la idea de irse al lugar que más quiere y allá va con su balsa, una lanchita en realidad, y su mono, a naufragar. Con tanta buena suerte que lo esperan una espléndida morocha y una bellísima rubia ávidas de satisfacer todos sus apetitos, desde el de la paella a la valenciana hasta el del ménage Ó trois. Que un rato más tarde se hace Ó quatre, porque llega aquella chica con la que el hombre tanto soñaba, y que en realidad es una actriz de cine que también huye de la fama (es otra línea narrativa pero Franco la abandona en el minuto 40). El problema del mono consiste en que, cuando después de besos y caricias deberíamos ver acción explícita, Franco enfoca la reacción del antropoide en lugar de los bailes de los humanos. Pero al menos se ven anatomías generosas. Luego, la debacle: no la tribu de caníbales a la que se convence fácil de que Robinson es un tipo cabal, sino la llegada de esposa, suegra y abogado exigiendo al farmacéutico que vuelva. Pero no, el hombre convence hasta a su pariente política de quedarse y pasarla bomba con poca ropa, en un final libérrimo y hoy infilmable (sugiere trío con madre e hija, y quizás el mono también). ¿Por qué verla (está en Eroticage.net)? Porque a pesar de sus problemas, ya nadie podría filmar algo así, directo e incorrecto, salvaje y divertido, sin pedir disculpas. Y porque el uso de la imagen es tan poderosa que, incluso en alemán -idioma quizás desconocido para el lector- se entiende perfecto. Después de todo, se basa en una novela clásica.

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Leonardo Desposito

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