Existe (o existía hasta hace unas décadas) un mito: que la peor película de la historia era Plan 9 del espacio exterior, dirigida por Ed Wood. Quizás vieron la película de Tim Burton, una de sus obras maestras (tiene varias aunque hace años que viene de capa caída) sobre el director, interpretado por Johnny Depp, y la filmación de esa genialidad involuntaria sobre extraterrestres que llegan a la Tierra para invadirla resucitando a los muertos. Todo el mundo recuerda de ese filme que tiene una cantidad tremenda de errores de montaje, de efectos especiales demasiado notables, de escenografías pésimas. También algunas actuaciones que recuerdan más a una mueblería que a Hollywood por la cantidad de madera que destila la pantalla. Salvo el pobre Bela Lugosi, que pudo filmar un par de escenas antes de morirse (y fue sustituido por un tipo que ni se le parece, altísimo y joven, que se pasa la película tapándose la cara con una tapa), todo está mal. Pero el culto a su alrededor creció y en realidad hoy puede verse como un experimento pop, aunque el gran problema de Plan 9 es que, pasada la risa inicial, es soberanamente aburrida. Pueden verla gratis en varios servidores de video como YouTube o Dailymotion, o en Archive.org.

¿A qué viene todo esto? Bueno, en principio en que es injusto condenar a Plan 9; es algo típicamente estadounidense, ya que en otras cinematografías podemos encontrar películas terriblemente peores y, por cierto, mucho menos imaginativas. Wood estaba un poco loco, pero no tanto: alguna idea respecto de cómo impresionar al espectador tenía aunque no la capacidad para lograrlo. Y hay momentos de uso de material de stock que resultan casi surreales. Pues bien: la mayor parte del cine pornográfico es de una calidad inferior a la de las películas de este bizarro cineasta. Las razones son muchas, en especial el poco presupuesto. Pero la más importante es que muchos pornógrafos creían -y creen- que basta con filmar gente teniendo sexo e interminables planos de genitales para capturar el interés del espectador. Cualquier adolescente calenturiento puede funcionar como contraejemplo: miran un poco de una escena, a lo sumo un poco de otra y, una vez apaciguado el apetito carnal por propia mano, no hay más película. De allí que el porno sea pionero en la creación de contenidos breves, por ejemplo, un dato importante cuando hoy ya se experimenta con plataformas on demand con material corto (Quibi, la empresa que está lanzando el magnate Jeffrey Katzenberg es el ejemplo más espectacular). La culpa de que las películas porno se vean reducidas solo a lo genital es de los malos cineastas y de que nunca fue tomado en serio. Pero no nos pongamos nostálgicos.

Entre esos muchos malos cineastas, encontré para ustedes a un señor que tuvo muchos seudónimos, Claude Pierson. Francés, con una carrera bamboleante, su capacidad cinematográfica se parece muchísimo a la de Ed Wood. No sabía encuadrar, no sabía poner un micrófono, no tenía la menor idea de cómo musicalizar, se perdía en la narración y no tenía la menor idea de cómo marcar y orientar a sus actores. O quizás no quería. Sin embargo, hay algo en su opera magistra que permite ver otras cosas. La película en cuestión se llama La fille Ó la fourrure (La chica de las pieles; en Italia fue I Porno Zombie) y es de 1978. Dura 85 minutos y puede verse completa en Eroticage.net, nuestro sitio de cabecera. Es porno, por supuesto: hay planos de penetración directos (que es lo que define básicamente al género), pero es también un melodrama romántico de ciencia ficción. La copia es mala, pero alcanza. Dado que está en francés, va el argumento para que el curioso pueda seguir la progresión de la -llamémoslo- trama.

Una pareja de recién casados llega a su residencia: una casa señorial rodeada de un bosque con alguna ruina. El hombre se asusta porque ve en un ventanal a su mujer anterior, muerta en un accidente de tránsito, una morocha bastante enjundiosa. La nueva mujer, una rubia menos enjundiosa pero no menos dedicada a los placeres conyugales, consuela al marido. Pero la muerta, días después, atrae al viudo y reviven alguna nochecita aunque en pleno día (la copia hace parecer que se filmó en temporada de lluvias) y entre el pasto de lo profundo del bosque y un riacho. La rubia descubre el asunto y empieza a investigar si realmente la doña se murió. La occisa revivida habla poco y mal, repite palabras. Lo mismo un señor que aparece por ahí y, un buen día, seduce a la rubia, que aunque angustiada por los celos, al menos no la pasa mal. Sigue una surreal orgía con varias parejas coreografiada en un prado con ruinas y ahí nos damos cuenta de que son zombies porque hacen de todo pero con cara de hacer la fila en el cajero para pagar la tarjeta. Finalmente, la confrontación rubia celosa, morocha zombi, marido desesperado, extraterrestre que explica que viene del planeta Eros y están reviviendo a los muertos para dar placer y engendrar erositos. Una bala mata a la rubia pero, como corresponde, revive como zombi y perdona al marido como solo ella (y la morocha, y las chicas del bosque) saben. Todo culmina con la rubia que solo puede preguntar al hombre, en forma taquigráfica, si la ama. Y él responde que sí.

Pues bien amigos, aquí entienden por qué hablábamos de Ed Wood: no solo el estilo "a la que te criaste" propia del americano tiene en Pierson un cumplido discípulo sino que la trama le debe mucho a Plan 9. Con diferencias: el sexo es "dramático", no feliz, y los personajes se angustian y abisman en las complejidades del amor, aunque no por eso van a dejar de disfrutar del viejo uno-dos, faltaba más. Una historia de infidelidad o doble fidelidad, con momentos "arty", música electrónica puesta como quien pega un chicle bajo el asiento, y pretensión de tragedia. O sea, una (mala) película francesa con todos sus clichés. Pero lo que nos obliga a recomendarla (no le vamos a decir que "no mueve un pelo" porque cada quién sabe qué le mueve algo, qué lo hace reír, qué le causa miedo) es que no hay películas así. En el fondo no es mala porque es hipnótica, prueba de la existencia de personas (Pierson o Wood) que creen que bastan la imagen y la voluntad para conquistar con el cine. Y cuidado, quizás tengan toda la razón.

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