Enviado especial en Rotterdam

En un festival que funciona en todo sentido como una pieza de relojería, lo que complicó su dinámica este año fue la crisis relacionada con la epidemia del coronavirus que comenzó en China y que amenaza a transformarse en una verdadera pandemia. El poder de China en el cine es cada vez mayor; ello pudo verificarse a través de la cantidad de películas e invitados de ese origen. Eso que tuvo a mal traer a la organización (que se las vio en figurillas primero para que llegaran los viajeros y, sobre todo, para que volvieran a sus lugares de procedencia, según su ubicación en el planeta), rindió sus frutos al momento de las premiaciones, ya que en esta 49° edición del IFFR las películas galardonadas fueron casi exclusivamente asiáticas.

El marco del festival es ciertamente impactante: 574 películas proyectadas (entre largos, medio y cortometrajes), 145 de las cuales tuvieron su premier mundial en Rotterdam. Así, las 4 secciones en las que se divide la programación (Bright future, Voices, Deep focus y Perspectives), fueron el marco para el encuentro de 2691 profesionales de la industria, provenientes de 89 países, entre los cuales se contaron nada menos que 346 realizadores. El público este año llegó a 340.000 (13.000 personas más que el año pasado), debiendo destacarse la labor que se hace con las escuelas locales, que este año aportaron 28.000 alumnos que durante las mañanas del festival colmaron muchas de sus funciones. Ver películas de todo el mundo, en versión original subtitulada, un aporte a la educación integral que podríamos tomar en consideración aquí: en algún momento algo parecido se hizo en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

Los números dan cuenta de la enormidad del festival; pero si se los desglosa, la heterogeneidad de su composición confirma la diversidad que siempre caracteriza su propuesta. 273 largometrajes (65 de ellos en carácter premier mundial), 301 cortos y mediometrajes (80 mostrados por primera vez en el mundo, 21 novedad en festivales, 46 premieres internacionales y 14 europeas). Hubo además 37 charlas y masterclasses (entre ellas la del director coreano Bong Joon Ho, que presentó aquí su versión en blanco y negro de Parasite, como en su momento había hecho en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con Mother), 21 instalaciones artísticas y 13 performances (la proyección de la inolvidable y perturbadora película Crash, de David Cronenberg, con la orquestación en vivo de la Filarmónica de Rotterdam, fue una de ellas).

El galardón más importante del festival fue para la película china The cloud in her room, de Zheng Lu Xinyuan. Cabe destacar que el premio especial del jurado fue para la surcoreana Beasts clawing at straws, de Kim Yonghoon. La inclusión de esta película de gran producción, algo parecido a un “tanque”, habla a las claras de ese espíritu de sana diversidad que recorre todo el festival y que se condice con lo difícil de determinar hoy en día qué es en realidad el “cine independiente”. A nivel global, toda producción que queda fuera del circuito de producción y distribución del planeta Hollywood puede razonablemente formar parte de ese conjunto al que el IFFR presta particular atención (aunque pueda darse el gusto de proyectar el crowdpleaser protagonizado por Tom Hanks, Un buen día en el vecindario, de Marielle Heller, como película de clausura).

El premio del público fue para la citada versión en blanco y negro de Parasite, cuyo director fue, sin dudas, la estrella del festival. El Big Screen Award fue para la danesa A perfectly normal family, dirigida por Malou Reymann y la coreana Moving on, de Yoon Dan-bi ganó el Bright Future Award, al ser considerada como la mejor ópera prima (mención especial tuvo A rifle and a bag, de Isabella Rinaldi, Cristina Hanes y Arya Rothe). El premio de la crítica, a través de Fipresci también reconoció a una producción china: Only you alone, de Zhou Zhou y el premio Netpac (que distingue a la mejor película asiática que tiene su premier en el festival) fue para la india Nasir, de Arun Karthick.

En opinión de este cronista (solo uno de los 253 representantes de la prensa internacional, más 101 locales acreditados), la mejor película de las que pueden calificarse como una novedad fue la española El año del descubrimiento, que injustamente se fue con las manos vacías. Este documental dirigido por Luis López Carrasco (El futuro) se acerca a un conjunto de historias que confluyen en Cartagena, una ciudad olvidada por el “boom español” que allá por los principios de los noventas del siglo pasado mostraba con sus Juegos Olímpicos en Barcelona y su Expo-Sevilla una cara de avance y modernidad que ciertamente no era la realidad de toda España. De las charlas de los asistentes a un bar local (mostradas con una muy intrigante pantalla partida) a las imágenes de las revueltas populares y las declaraciones de sus protagonistas, la deriva atrapa durante los 200 minutos de metraje. Cine político respetuoso de la historia y del espectador, que sabe redefinir el lugar común del género en cuanto a las “cabezas parlantes” que tanto achatan algunas propuestas.

Por último, más allá de las películas producidas y/o estrenadas entre 2019 y 2020, el IFFR se caracteriza por programar focos y retrospectivas que se apartan de las pretendidas urgencias del presente. Cine de todos los tiempos (pasado, presente y futuro) filmado de 1895 a la actualidad, tenga o no el reconocimiento de “clásico” por parte de los entendidos. Destaquemos dos focos que seguí especialmente: Beth B: war is never over y Ordinary heroes: made in Hong Kong. El primero se centró en la figura de la productora y directora que en la Nueva York de los setentas formó parte de ese movimiento underground filo-punk que supo cambiar los límites de lo que podía mostrarse en la pantalla grande. La artista, presente en el festival, ha ganado algo en diplomacia pero sin renunciar a la confrontación ni a las ideas de igualdad y diversidad que siempre fueron sus banderas. El diálogo con Lydia Lunch, la proyección en 16 mm de Stiletto (Melvie Arslanian, 1981) o de las películas de Beth B (entre ellas las poderosas Two small bodies y Variety), justifican por sí mismos todo el festival. El segundo hizo dialogar grandes películas, de distintos géneros, de la historia de Hong Kong (The delinquent, de Chang Cheh, de 1973, Gangs, de Lawrence Lau, de 1988 o Made in Hong Kong, de Fruit Chan, de 1993) con los eventos que conmueven actualmente la vida de esa verdadera ciudad-Estado. ¿Qué duda cabe? Siempre cabe prestar atención a lo que Rotterdam está pensando en torno al cine.