El año pasado, en una de nuestras notas, hablamos de lo que sucedió con el cine italiano en los setenta y cómo legalizar el sexo y la pornografía salvó una industria alicaída, especialmente desde principios de los años ochenta. Hay otro país en el que sucedió algo similar -aunque no exactamente igual-: Australia, donde el sexo, la violencia, el humor de golpe y porrazo y la sangre permitieron el surgimiento de grandes autores del cine, algunos incluso esenciales. También del surgimiento de muchos actores que llegaron a estrellas; los dos más importantes y conocidos son Mel Gibson (que en realidad había nacido en Nueva York, pero se formó en la tierra de los canguros) y Nicole Kidman, cuyo primer protagónico importante fue en el más grande filme de un género australiano, las película de ciclistas, que acá conocimos como Los Bicivoladores (así es, si la vio en el cine, está cerca de los grupos de riesgo). 

Pero primero, un poco de historia. Australia no era un gran productor de películas. Pero algo se hacía. El sistema de censura era bastante similar al del resto del Commonwealth, dado que el país aún forma parte de ese resabio del Imperio Británico. Es decir, nada de pornografía, aunque la desnudez y el erotismo resultaron, como en todo el mundo, incontenibles a finales de los sesenta. En 1971, se estableció en Australia un nuevo sistema de calificación de las películas por edades y nació la categoría "R", restringida, para contenidos e imágenes "fuertes". Al mismo tiempo, muchos estudiantes de cine influidos -como todos los que estudiaron cine en los sesenta- por la Nouvelle Vague querían explorar nuevas formas del séptimo arte. Una hermosa tormenta perfecta que dio origen a lo que se suele llamar Ozploitation, el cine de explotación hiperpopular realizado por los "Aussies", como les llaman a los compatriotas de los koalas en los Estados Unidos.

Las primeras películas post "R" fueron filmes de terror y comedias picarescas en las que ya podían verse pezones femeninos, ese extraño límite para los censores. Estaban realizadas un poco a imagen y semejanza de las películas clase B (y Z) estadounidenses, claro, con presupuestos ínfimos. Pero tenían una vuelta de tuerca que incluso hoy las hace mucho más interesantes que sus modelos: no se tomaban nunca en serio. Si había sangre, la sangre saturaba hasta que uno tenía el absoluto derecho de reírse de ella. Si había violencia, era crudísima. Si había desnudos, eran totales. Por las dudas, hay algunas grandes obras maestras del cine realizadas en este conjunto. Por ejemplo las primeras películas del gran Peter Weir (Los autos que se comieron París, Picnic en las rocas colgantes y La última ola, todas genialidades), o esa pequeña historia de un conductor loco en un desierto postapocalíptico llamada Mad Max. E incluso permitió que el realizador de Wake in fright, una película de violencia absoluta y thriller dramático perfecto, fuera tenido en cuenta en Hollywood años más tarde y rodase algo llamado Rambo. Los ingresos generados por estas películas permitieron que la industria del cine australiano recuperara terreno rápidamente. Hoy no tendríamos a Russell Crowe, Cate Blanchett o las locuras de Baz Luhrmann, por mencionar la punta del iceberg, si no hubiera habido sangre y violencia en el desierto australiano. Tampoco Señor de los Anillos, desarrollada en Nueva Zelanda porque hubo primero un desarrollo en Australia. Pero esa es otra historia.

Entre las películas que se rodaron en esa década de oro del absurdo vertiginoso y desaforado, destaca una llamada Fantasm, que hoy puede verse completa -y restaurada- en Eroticage.net y el servidor porno XHamster. No es realmente "porno" dado que no hay planos explícitos de penetración. Pero la mayoría de su elenco está conformado por pornostars, entre ellas el malogrado y célebre John Holmes, aquel dotado cuya historia de ascenso rápido y caída en desgracia inspirase la joya de Paul Thomas Anderson Boogie Nights. Claro, Holmes no era australiano sino estadounidense. Pero esto tiene una explicación que hace aún más curiosa a la película.

¿De qué va? Es una serie de viñetas soft-porno que va relatando un psicólogo cuyo fin es narrar las fantasías sexuales de una joven. A decir verdad, hay un grado de humor notable en todo lo que se ve, empezando por la secuencia de títulos, donde una mujer se acaricia hasta llegar a su sexo. Cuando el plano se amplía, la vemos en una cama rodeada de revistas pornográficas. Y cuando parece que veremos una performance masturbatoria, entra nuestro anfitrión, un señor de unos cincuenta y algo, totalmente indiferente a lo que vemos, vestido con saco y moño, que introduce el tema de la película, mientras la mujer, turbada (pero no más) se extraña, sorprende, viste y deja la escena. Este efecto cómico es constante.

Parece ser que el productor Antony I. Ginnane quería hacer una película rápida para conseguir dinero y realizar cosas más ambiciosas. Intentó conseguir financiación con Roger Corman, el gran padrino de la clase B y generador de vocaciones cinéfilas (¿A que no saben con quién empezaron Coppola, Bogdanovich, Scorsese, Friedkin, Demme, Cameron, Dante y muchos otros?) y no se pudo. Consiguió unos u$ 250.000 y habló con el director Richard Franklin, artesano australiano al que le debemos un notable film de terror de los ochenta llamado Link, el mono (primer protagónico de Elizabeth Shue, dicho sea de paso). El tipo se puso un seudónimo, escribieron un guión riéndose de las películas porno y eróticas que se veían en los minicines para gente sola (sí, es un eufemismo) y fueron a por ello. Franklin viajó a los EE.UU. y contrató actores porno para filmar las secuencias eróticas, y les pagó doscientos dólares por jornada (salvo a Holmes, a quien le pagó el doble) y, en diez días, tenía las latas de erotismo en la bolsa. ¿Por qué no es del todo porno? No, no porque no quisieran, sino porque filmaron en Los Angeles y ahí aún no se permitía que la gente (SIC) tuviera sexo en el set frente a un equipo. Pero filmar en San Francisco, donde sí se podía, era más caro.

El resultado es genial. No solo porque las escenas tienen que lograr el efecto de la pornografía sin mostrar planos quirúrgicos -lo que obligó a exprimir la imaginación- sino porque en ningún momento dejamos de sentir que estamos ante una parodia del sexo en el cine, sin que deje de cumplir el filme la misión primordial de elevar la temperatura del espectador. De esas películas se nutrió el cine de Australia, de los más potentes e influyentes desde los años ochenta.

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