Hay un término que quizás requiera ser precisos: "cine de explotación". Todos sabemos que todas las películas nacen para ser explotadas de algún modo, para convertirse en parte de un negocio. Por supuesto que hay algunas excepciones -es difícil pensar que los filmes de Maya Deren o de Jonas Mekas como obras "comerciales", ciertamente- pero en general el cine, único arte nacido luego de la Revolución Industrial, está inscripto en su propia explotación. Así que "cine de explotación" suena a redundancia. Pero no: el término se utiliza para las películas que solo se construyen alrededor de un interés mínimo y saturado, para vender exactamente una y solo una cosa a un público que busca específicamente eso. Sea violencia, sexo, escenas truculentas, héroes negros (recuerden el "blaxplotation" de los 70, cuando se trataba de hacer un cine "como el de los blancos" exclusivamente con actores negros, e hizo de Pam Grier la estrella mejor paga de todo el cine), etcétera. Casi todo el cine porno es "explotación" y todo lo que no lo es pero gira a su alrededor, también. Todos los países tienen un cine popular "de explotación", dicho sea de paso. 

En fin: alguna vez contamos que Italia tuvo una crisis económica feroz en los setenta y el cine popular (porque no todo era Fellini, Bertolucci o la commedia all'italiana) andaba a los tumbos. Hasta que cayó la censura y, finalmente gracias al porno y el erotismo, el público volvió a las salas. Se cuenta muy bien esa historia en un gran documental llamado Porno e libertá, que está tanto en Qubit como, ocasionalmente, en Mubi. Pues bien: no todo era porno directo y los italianos tuvieron a una serie de actrices enjundiosas que hacían películas eróticas. El lector cincuentón quizás recuerde nombres como Gloria Guida, Edwige Fenech o la morocha Laura Gemser. Si no, puede googlear. En fin, que no hacían "porno" pero podían intervenir en películas eróticas con alta exposición de piel. Al mismo tiempo, los italianos habían creado un sub-sub-género llamado "mondo", gracias a Mondo Cane, esa especie de (falso) documental sobre crueldades del mundo que fue clonado millones de veces. Por los propios italianos, claro.

Por ejemplo, en la película que quiero comentarles hoy (en Erogarga.com), Le notti porno nel mondo 2. No vimos la 1, pero por lo que se ve no parece indispensable para comprender lo que sucede en esta colección de secuencias eróticas con profusión de danzas. Hay una voz en off, la de la propia Gemser (que es la Emmanuelle negra... a propósito, esta sección requiere que hablemos de Emmanuelle alguna vez, un verdadero mito) que termina la película en una relación erótica con otra señorita, rubia, que hace las veces de entrevistadora. Pero quiero describirles en parte este filme.

Gemser comenta con tono un poco irónico una serie de secuencias que están (super) pobladas de bailarinas de strip-tease. Hay caricias, sobre todo entre mujeres, pero las cosas no son estrictamente porno (nada de órganos erectos, abiertos o en movimiento biológico, para decirlo de modo más o menos suave y políticamente correcto), aunque sí una especie de sentimiento de lascivia que recorre todo el metraje. También hay otra cosa que es casi más interesante que las performances eróticas en sí mismas: el público que observa. Hay muchos planos de audiencias, de hombres y mujeres observando cómo ocurren secuencias sexuales delante de ellos. Eso hoy sería impensado en una película no experimental o no "independiente", lo que demuestra cómo hemos retrocedido merced a ese equívoco llamado "corrección política". En este caso, el sexo se mira y se disfruta mirarlo, se aplaude, etcétera.

Hay otra secuencia que hoy despertaría la ira de muchas personas. Una bailarina clásica desgrana pasos al ritmo de la Danza de las Horas, el ballet incluido en la opera La Gioconda, de Poncielli. La versión es más bien pop, o, mejor y más preciso, disco. En el escenario, frente a mucha gente bien vestida, hay también un pony. El cuadro culmina cuando se ve al pobre mini-jamelgo sacar su órgano reproductor y recibir unas mínimas caricias en ese sector anatómico por parte de la bailarina. No es muy erótico este asunto, y de hecho aunque la secuencia dura menos de tres minutos, es demasiado larga (la secuencia). Pero imaginen qué pasaría hoy si alguien hiciera esto incluso en el porno, donde por cuestiones legales ya está absolutamente prohibido.

De todos modos, lo más interesante de Le notti... es que el estilo musical y visual es absolutamente idéntico al de las películas argentinas de entonces. La diferencia, a juzgar por las copias, es que usaban mejor iluminación y movían mejor las cámaras. Pero lo que resulta totalmente sorprendente es que bien podrían haberse hecho esas películas, con ese material, aquí. Salvo por dos razones. La primera: dictadura (es de 1979, pero la censura cinematográfica más dura en la Argentina nació en 1974, y se extendió hasta 1983). La segunda, la pacatería argentina tanto dentro como fuera del campo cultural. Recuerden: muchos de quienes hoy reivindican a la Coca Sarli y el cine de Armando Bo, en los setenta y ochenta los defenestraban. Existía la idea de que el cine debía educar a las masas y que, si no, no tenía utilidad. Y en Italia, si bien tanto la Iglesia como el Partido Comunista -las dos grandes pasiones peninsulares, como reza el lugar común- influían en el complejo cultural, hubo un momento en el que la sociedad requirió más libertad de representación y se logró. En el mismo país donde prohibían a Pasolini por Saló (y después era asesinado, en un hecho nunca del todo aclarado en el que rondan sospechas políticas). Pero no nos pongamos tan serios: vean esta rareza como si fuera el cine de explotación que pudimos hacer aquí.

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Leonardo Desposito

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