Una de las películas de Quentin Tarantino, A prueba de muerte, era parte de un proyecto llamado Grindhouse, donde él y Robert Rodríguez hacían una película cada uno, mientras algunos amigotes como Eli Roth generaban trailers de películas inexistentes (una de ellas, Machete, terminó existiendo de verdad). El proyecto anduvo mal pero no lo merecía. Finalmente, las dos películas se estrenaron por separado (Planet Terror es la de Rodriguez). Pero era un bello y humorístico homenaje a los "grindhouse", cines donde se mostraban en continuado películas clase Z muchas veces de pura explotación y, a partir de los años sesenta, llenas de desnudo, erotismo y sexo (aunque no del todo explícito, dado que el porno no fue legal hasta 1974).

Entre los grandes realizadores de filmes "grindhouse" se puede mencionar a Edward D. Wood Jr., el Ed Wood inmortalizado en película homónima (también romantizado, claro) por Tim Burton. Pero uno de los más importantes fue Michael Findlay, de quien se pueden encontrar varias películas en Google y en servidores porno (aunque realmente nunca hizo porno). Findlay fue un aventurero con furia que encontró en las películas de bajísimo presupuesto un lugar para experimentar cosas. En cierto sentido, fue un maestro del cine moderno al que nadie aún rindió el homenaje que merece. Veamos por qué.

En principio, Findlay hizo películas con erotismo -chicas con poca ropa, básicamente- y violencia. Una de esas películas se llama Satan's Bed y es muy, pero muy famosa en ciertos círculos porque la protagonista se llamaba (bueno, se sigue llamando) Yoko Ono, quien hace de la novia de un narcotraficante que termina asaltada y violada. Lo hizo tres años antes de conocer a John Lennon y probablemente no se mencione en su biografía. Pero sí deja claro que había un lazo de comunicación entre los jóvenes artistas y los subsuelos del cine, porque allí era donde se podía hacer prácticamente cualquier cosa.

De todos modos, Findlay es famoso por otra razón. La mayoría de sus películas las realizó en complicidad con su mujer Roberta Findlay, quien escribía y en ocasiones coprotagonizaba los filmes (entre ellos, el primero notable, Take me naked, sobre un voyeur que espía de manera non sancta a su vecina, y en cuya banda de sonido se intercalaban fragmentos del gran escrito erótico francés Pierre Loüys. La cita culta muestra que los tipos sabían bien lo que estaban haciendo, y también que, de algún modo, conocían a su público.

Es lo que sucede con la parte más famosa de su obra: la trilogía "Flesh", que comenzó con The touch of her flesh, de 1967. Hay un traficante de armas que descubre que su mujer lo engaña (el propio Findlay), lo que lo lleva a un ataque de furia y un accidente de tránsito que le desfigura la cara. Esto le genera un odio a cuanta mujer se le cruce y se transforma en un asesino serial con una cantidad enorme de imaginación (la cantidad de métodos de matar es realmente impresionante, uno se imagina a los Findlay diciendo "a esta le damos una rosa con espinas envenenadas; a aquella la atravesamos con flechas"). La película no está mal filmada aunque costó los rigurosos dos pesos con cincuenta que solían configurar el presupuesto de estas obras; pero lo importante no radica en su calidad sino en el hecho de que The touch... fue la primera película en combinar abundantes escenas de sexo y desnudos con elementos de horror incluso gore (Herschell Gordon Lewis ya había hecho entonces Blood Feast y 1000 Maniacs). Gran parte del "slasher" de los 80 nació en ese film y sus dos continuaciones: The curse of her flesh y The kiss of her flesh. Es evidente que los Martes 13 se inspiraron en estas películas. Por supuesto, hoy sería totalmente infilmable.

Una de las marcas de fábrica de las películas de Findlay es la cantidad de elementos sadomasoquistas que aparecen en sus películas. Pero es más famoso aún por un malentendido. En 1973 hizo un filme inspirado en los crímenes del clan Manson, pero era tan malo que nadie lo quiso. La productora de la película pensó en usar el material, remontarlo y presentarlo como algo real: un asesinato verdadero ante cámara. En 1976, entonces, lo estrenó con el nombre de Snuff. Es todo falso, claro, pero nació entonces la leyenda urbana del "snuff-movie", y en este caso filmado en Sudamérica, "donde la vida no vale nada", según el póster. Para promocionarla, se contrató a actrices que fingían una protesta en la puerta del cine. Paradoja: esa protesta derivó en una real, que termió con la carrera de la película. El mito sigue, claro.

Pero cabe recordar que en 1969 Findlay realizó The ultimate degenerate. Esa película es la historia de un tipo en silla de ruedas (otra vez el director mismo) que contrata mujeres para llevar adelante sus más bajas fantasías. Esa película casi no tiene historia, sí muchos elementos de sadomasoquismo, desnudos constantes, secuencias lésbicas y, sobre todo, un uso muy creativo de la cámara subjetiva y del montaje. En realidad en ese filme totalmente a contramano, Findlay mostraba que sabía perfectamente qué hacer con una cámara, con las luces, con el sonido. Y de hecho, creó esa idea de que el sexo excite al espectador pero se resuelva en algo doloroso, que le recuerda el costado pecaminoso de todo el asunto. En el fondo, el matrimonio Findlay era bastante moralista en ese sentido, y estaba muy en sincronía con la moral ambigua que invadió los Estados Unidos desde los comienzos de la Guerra de Vietnam. Algo de ese clima entre hedonista y temible se cuela en esas escenas, que son contemporáneas del primer De Palma y del primer Scorsese. La obra de Findlay no es quizás la "mejor" de ese submundo clase Z, pero no carecía de originalidad y libertad, incluso si, en última instancia, le hecha la culpa al espectador por sus propias perversiones.

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Leonardo Desposito

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