El jazz, como muchos otros géneros, tiene secretos bien guardados que unos pocos iniciados conocen y comparten con celo y espíritu de secta.

Al no ser una expresión engalanada por la masividad, el jazz se presta al juego de encumbrar músicos oscuros que ahogan su genialidad en un salón semivacío sin que los asistentes se percaten del hechizo. Es verdad que los jazzadictos se dejan atrapar fácilmente por la búsqueda de talentos ocultos. Casi un síndrome de caza del tesoro. Pero también hay que decir que artistas venerados por los músicos más que por el público han dedicado varios años a protagonizar shows casi sin promoción en lugares donde la audiencia está lejos de apreciar su encanto.

Muy cerca en el tiempo surge el ejemplo de Junior Mance. Pianista exquisito, es una leyenda del jazz que con 92 años intenta seguir activo. Pocos meses atrás, Mance animaba las noches de los domingos en el neoyorquino Café Loup, hoy cerrado. Usualmente tocaba en un rincón del salón, mientras la gente comía y conversaba, ajena y distraída de la magia.

Con perfil sensiblemente más bajo y con trayectoria más discreta que Mance, se recorta la figura de otro pianista, de talento y sensibilidad extraordinaria, sobre quien se dice que Keith Jarrett no hubiera sido lo que fue si no hubiera tenido la fortuna de escucharlo en su adolescencia.

Se trata de John Coates Jr, un músico que dedicó buena parte de su vida a tocar y grabar en vivo y casi siempre en el mismo club: el Deer Head Inn de Delaware, cerca de las montañas Pocono.

Coates animaba un trío en el Deer Head Inn apenas comenzada la década del 60. Una noche enfermó y un Keith Jarrett de 17 años se aventuró a reemplazarlo por unos días. Allí fue donde Fred Warning, una figura del jazz local de ese entonces, escuchó a Jarrett y lo fichó para una banda de Dixieland que animaba su propio club.

Poco tiempo después Jarrett volvería al Deer Head Inn para sumarse al trío de John Coates, pero a cargo de la batería. Desde allí pudo apreciar su estilo introspectivo y su extraordinaria capacidad para improvisar en el slow tempo durante más de una hora sin aburrir a la audiencia. Buena parte de las grabaciones que Jarrett publicó en ECM, en vivo y en estudio, llevan algo del sello de Coates.

Se puede apreciar en los pocos discos que este pianista editó entre 1974 y 1980, muchos de ellos en la compañía Omnisound, en los que aborda temas propios y ocasionalmente algún standard. Su piano estuvo durante casi 30 años en el escenario del Deer Head Inn, lugar también venerado por Jarrett, que volvió allí en 1992, treinta años después de su primera actuación, esta vez como músico consagrado con su trío integrado por Gary Peacock y Paul Motian.

Coates sólo abandonó el club y la escena del jazz a raíz de una enfermedad que lo mantuvo recluido durante más de diez años. Pero volvió y grabó un puñado de discos en la década del 90. Murió en 2017, con la convicción de que su verdadera creatividad se desplegó en vivo, en la intimidad de un club que le permitió viajar solo con su piano.

Sus discos sólo están editados en vinilo y no se consiguen con facilidad. Pero vale la pena buscarlos para descubrir a este pianista secreto. Quien lo escucha –y Jarrett puede dar fe- no lo olvida.