El sexo ha salvado cinematografías: contamos aquí como España, Italia y Australia, cuando decidieron legalizar imágenes explícitas y dejar de lado censuras varias, lograron reactivar en los setenta un cine que languidecía. Fue un tiempo complicado por varias razones para los cines no "centrales". En primer lugar, la crisis económica internacional que se desató por la fiebre de los petrodólares, con inflaciones tremendas en todas partes. En segundo, un reacomodamiento político que, incluso cuando aún faltaba más de una década para el final de la Guerra Fría, mostraba turbulencias que afectaban las economías. Teníamos un mundo donde había mucha libertad expresiva en algunos polos de Occidente y, al mismo tiempo, dictaduras represivas en otros (la Argentina, Latinoamérica en general). El mercado global volvió a ser dominado por Hollywood, que comenzó a reconstruirse tras la caída del sistema de estudios a mediados de los cincuenta: en los setenta es donde nació el concepto "summer blockbuster", el "tanque" de verano que empezó a modificar el negocio a partir de Tiburón (1975) y, sobre todo, Star Wars (1977). No es este el lugar, pero el "veranito" que tuvo el porno en los EE.UU. luego de su legalización en 1974 fue aplastado por Luke Skywalker y Darth Vader al crear un nuevo tipo de cine masivo para toda la familia. Pero mientras eso sucedía, el sexo explícito llevó gente a las salas y permitió que ingresara dinero por ello. La máquina volvió a funcionar en medio de la crisis.

Pero hay algo más. Las películas eróticas o directamente pornográficas solían copiar el resto del cine. Por un lado, tenía que ver con la ambigüedad vergonzante de la exposición sexual. "Sí, vendemos sexo, pero que no se note tanto". Hoy, por supuesto, es todo lo contrario y la trama de una secuencia o película porno es el marco de excitación para la fantasía. Pero entonces se intentaba darle otro sentido al sexo, incluso desviar las imágenes explícitas de la intención excitante que realmente tenían. Puede el lector -con todo derecho- decir que había no poca esquizofrenia aquí. Pero cabe recordar que es más o menos la actitud que todos tenemos respect de nuestros propios deseos, especialmente los carnales (no hablamos, claro, del vacío o el asado: esta es una columna apta para veganos y celíacos). Queremos, pero que no se note: milenios de educación represiva nos han creado este trauma. Pero dejemos eso a los antropólogos y sociólogos.

Dicho esto, acabo de encontrar en nuestro servidor de cabecera Erogarga.com una película llamada Eros Hotel, de 1980. La copia es una aborrecible y desteñida versión de VHS subida o bien por un coleccionista de rarezas fílmicas o bien por un amable erotómano (o ambas a la vez, por qué no), pero el original es en fílmico. Se trata de una película italiana que transcurre (vaya originalidad) en un hotel donde pasan cosas muy curiosas. En principio, llegan varias parejas que tienen en común el hecho de que ellas quieren más de lo que ellos parecen dispuestos a darles, en el sentido hormonal del término. Luego, hay dos empleados del lugar con aficiones poco comunes: una chica que gusta de observar por circuito cerrado de TV lo que sucede en las habitaciones (una actriz importante: la española Violeta Cela, protagonista del "destape" y que decía ser sobrina de don Camilo José Cela, nada menos), y un señor que se dedica a experimentos químicos, entre ellos y notablemente, una sustancia que incrementa el deseo y libera fantasías variadas. Los huéspedes pasan a ser conejillos de Indias para la sustancia en cuestión y las cámaras, monitores del experimento. Un paseo por la ciencia ficción, sin dudas.

Pues bien: la película incluye mucho sexo explícito. Pero hay dos elementos que resultan por lo menos extraños. El primero, que las secuencias porno son breves en general: hay mucho pero dura poco en pantalla. No es una cuestión de vergüenza, sino que se intenta otra cosa, relacionada con la segunda extrañeza. En efecto, abunda la comicidad satírica. Los personajes en la intimidad no solo desnudan sus cuerpos sino también sus características más absurdas, más ridículas. Por otro lado, todos los elementos estéticos de la película -especialmente la música- tienden a disolver cualquier efecto erótico. Ese pianito setentoso y burlón tan frecuente en nuestro cine argentino de entonces invade los momentos de mayor tensión pornográfica y el efecto, hoy, es ajeno a cualquier búsqueda de la excitación.

Eros Hotel tiene otra ventaja muy poco apreciada en esta clase de cine: se ve de principio a fin. Por alguna extraña conjunción de factores (o, más bien, por todos los mencionados más arriba), la curiosidad de continuar viendo le gana a los momentos en el que la ridiculez roza la vergüenza ajena o, directamente, se zambulle en ella. Uno de los factores quizás sea que los cuerpos no son "perfectos": incluso si pueden resultar atractivos, el mayor interés está en lo que hacen -y cómo- y no en cómo se ven. En todo caso, eso es siempre el cine: el arte del movimiento, no de la imagen estática.

Nos pusimos solemnes y pedimos disculpas. Eros Hotel es un ejemplo de esa clase de películas que abundó en un circuito entonces amplio y global -el porno tiene la ventaja, junto con el terrror, de significar lo mismo más allá de los contextos culturales- que permitió además que muchos espectadores escucharan otras lenguas y conocieran otros modos. Pero como todo cambio, habilitó un reflujo que se lo llevó de las salas: la aparición del video no solo hizo que la gente pudiera consumir porno en sus casas sin nadie cerca, sino que hizo que la producción del género fuera solo sexo, dejando de lado cualquier combinación cinematográfica un poco más creativa. De allí que recomendemos mirar -aunque sea salteando lo explícito, si no los convoca- este tipo de creaciones: son un documento de un mundo quizás más libre, seguro más alegre.

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Leonardo Desposito

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