Probablemente no lo sepan, probablemente hayan caído en esta página un poco por casualidad -aunque sabemos de seguidores fieles de la primera o segunda hora- pero escribo esta columna sobre pornografía y sexo en el cine y el espectáculo desde hace diez años. Me da la excusa, muchas veces, para contar cosas sobre el cine en general, sobre cuestiones sociales y políticas, sobre asuntos históricos, sobre tecnología y tendencias humanas. Es divertido hacerlo, y una especie de oasis en medio del trabajo periodístico en general.

Seguramente no saben, por otro lado, que estas notas nacieron de un pequeño equívoco. Alguien escuchó en la redacción por accidente una llamada no demasiado privada mía con un colega que conoce mucho de pornografía y representación extrema en el cine (Diego Brodersen, hoy programador de la Sala Lugones). Y, como funcionan los teléfonos descompuestos, eso le llegó a mi editora de entonces, quien propuso esta columna semanal. Lo tomé como un desafío divertido -no era un especialista en el tema, pero sí tenía más de 15 años como crítico de cine- y aquí estamos. Uno aprende. Si les interesa, el porno representa el 1% de mis intereses y, si tengo que elegir sobre qué me gustaría escribir exclusivamente, sería sobre el cartoon americano entre 1928 y 1960, o sobre el desarrollo del blockbuster de Hollywood. Chivo: de lo segundo escribí un libro (50 películas que conquistaron el mundo, por Paidós, en su librería on line amiga).

Ahora bien: he visto mucho porno. En general, a esta altura, las secuencias explícitas las punteo apenas para entender sonido o montaje, y presto atención a las tramas o alguna cosa directamente cinematográfica que me resulta de interés. Como es un cine (o era, hoy es otra cosa) muy libre y totalmente al costado de las reglas del mainstream, se podían encontrar originalidades y riesgos no frecuentes en "el otro" cine. Especialmente en los 70 y 80. Pero el sexo como entretenimiento ha derivado hacia otros campos. Hoy se trata más del clip, de las cámaras en vivo, del sexting y de una industria que excede la realización de ficciones cinematográficas. Eso obliga a ir más allá e interesarse por otra clase de espectáculos que siguen siendo audiovisuales, pero ya no es posible (del todo) analizarlos desde la crítica de cine más o menos estándar.

Así las cosas, por azares que no vienen a cuento, me encontré revisando la experiencia Sex Virtual, sucedáneo obligado por la pandemia del espectáculo de José María Muscari. Muscari es una persona talentosa, sin dudas. Es un genio de la publicidad en el sentido amplio del término, y en ocasiones muestra una gran mano e inteligencia para el teatro. Aunque muchos de sus espectáculos se quedan en una idea que, luego, tiene poco desarrollo. En ciertas ocasiones, esa liviandad es buena y útil: muestra las posibilidades en general satíricas del teatro hacia el propio teatro; e intenta romper los límites entre lo popular y lo -a falta de otro término- independiente. El uso de figuras televisivas del pasado, por ejemplo, para desde el humor reflexionar sobre la futilidad de la fama, no está nada mal. En otras ocasiones, la idea se queda solo en gesto y se agota rápidamente.

Aquí es donde vamos a justificar los párrafos personales (más allá de la pequeña autocelebración de un aniversario privado). Realizar esta columna me permitió entender qué es porno y qué no. Sex se "vende" como una experiencia erótica específicamente no pornográfica. De hecho, parece molestar el término "porno" y algo de razón hay, dado que se ha cargado de connotaciones negativas. Sex Virtual es una experiencia de tres días que utiliza redes sociales e Internet. Hay charlas sobre sexualidad (a cargo, con precisión y humor, del sexólogo Patricio Gómez Di Leva) o sobre la idea misma de sexo (con el ya omnipresente Darío Sztajnszrajber, y si aprenden dónde van las "sz", en un par de semanas pueden escribir el apellido sin consultar cada dos letras); hay audios con relatos de experiencias o fantasías de los participantes (quizás la mejor en el uso de la voz es Srta. Bimbo), hay pequeños sketches eróticos y hay performances en vivo vía Zoom e Intagram. Algunas son solo diálogos (vi una larga conversación entre Gloria Carrá y Diego Ramos sobre gustos en la cama y otras yerbas, incluyendo la del mate) y otras son coreografías. En Zoom, vi una performance de danza erótica y la mayoría de los espectadores tenían la cámara encendida (es decir, gustaban de ser mirados), entre ellos un par que no tuvieron empacho en mostrar explícitamente su excitación y la realización de la misma. A nadie parecía molestarle tal cosa. Lo interesante, en todo caso, es que lo directamente porno (en el sentido más lato) venía de los espectadores. No hay en Sex Virtual planos de penetraciones directas, por ejemplo. Pero es difícil no definirlo como "porno". Porno es aquello que tiene como fin principal la excitación del espectador. Y tal es el fin de Sex Virtual, aunque eluda la prueba del plano quirúrgico.

Mi problema es que no me lo creo. Pido disculpas. El performer sexual tiene un arte menor, pero arte al fin, que consiste en hacernos creer que realmente siente placer genital. Y los actores saben que, junto con la muerte, es la cosa más difícil de representar y transmitir, porque siempre queda en lo privado. El sexo no es como en las películas porno: la gente no se mueve así, para las cámaras, ni reacciona siguiendo una especie de "partitura" que tiene como fin excitar a otro, no a sí mismo. Si pudiéramos ver sexo real entre personas reales, notaríamos que es más torpe, más "feo" que en la pornografía. Y aquí -no daré nombres, no tiene sentido- se nota que muchos intérpretes fingen mal, que en cierto sentido carecen de espontaneidad para que les creamos. Por cierto, no podemos juzgar si excita o no (como la risa, eso es algo demasiado individual como para usarlo como parámetro: a cualquiera le puede causar gracia o excitar cualquier cosa). Sí, en todo caso, cuestionar no ya su realidad sino su verdad. Hay demasiado lugar común del erotismo más trivial, demasiadas poses y demasiada poca locura. En cierto punto, tiene lógica: Sex está diseñado como entretenimiento porno de baja intensidad para quienes nunca -por vergüenza, por miedo- vieron porno realmente. Los nombres famosos y las charlas sobre sexualidad son una buena coartada para hacerlo, digamos. Pero a la hora de los bifes, todo es bastante vegano. Sexo para todo público, limpio, sonriente e inofensivo, y, literalmente, virtual.

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