Probablemente sepan que la temporada del Teatro Nacional Argentino-Teatro Cervantes comenzó con una puesta de Alejandro Maci llamada Teoría King-Kong. Es un texto feminista, o -para ser más precisos- adaptación de partes del libro homónimo, escrito por Virginie Despentes. El espectáculo en realidad es tres espectáculos, cada uno con una actriz diferente (Mercedes Morán, Andrea Bonelli y Soledad Silveyra) y giran alrededor de los desafíos de lo femenino. Podríamos decir que en realidad giran alrededor de los desafíos hacia lo femenino, y aunque quizás algunas de sus ideas hoy pueden parecer anacrónicas o quizás sobrepasadas (el libro se escribió en 2006, y en estos tiempos de feminismo vertiginoso mucho ha cambiado en muy poco tiempo), resulta interesante. Ahora bien: más interesante que la obra (vaya) es Virginie Despentes por sí misma. Fue prostituta, masajista, periodista de rock y crítica de cine pornográfico antes de escribir su primera novela, Baise-Moi. Despentes sufrió violencias varias, abusos y discriminaciones. Al mismo tiempo, tiene un innegable talento para las palabras. La combinación es irresistible.

Hagamos un pequeño flashback. En uno de los primeros BAFICI, 2002 digamos, apareció una película anómala. Filmada como si se tratara de un acto de guerrillas en video de no demasiada calidad, montada a los hachazos (lo que no está mal: el gran Walter Hill monta así) y con una fuerza extraordinaria y a veces insoportable, generó tantos elogios como rechazos, a veces por parte de la misma persona. Esa película hiper violenta que atravesó y atraviesa enorme cantidad de prohibiciones en gran parte del mundo (adivine si se estrenó comercialmente acá; spoiler alert: no) es la adaptación de Baise-moi y fue codirigida por Despentes y la actriz porno Coralie Trinh Thin. Para decirlo rápidamente, es justo que se la considere como una de las películas más ofensivas de la historia. Si quiere verla, está completa en el servidor triple X Xvideos, con subtítulos en inglés. De todos modos se entiende bastante bien.

El film comienza con una violación doble: dos chicas atacadas por un vendedor de drogas y algunos adictos. Una de ellas es lastimada y sangra mientras la violentan; la otra es bastante insensible y de hecho casi "permite" la violación. Sí, estamos en el terreno de la incorrección política absoluta, casi programática. De allí en más, tras un breve interludio en el que cada una tiene que enfrentar abusos y maltratos, se unen. Salen de gira por Francia y combinan el sexo duro con el robo y el asesinato sin culpa. Hay mucha sangre y muchos muertos en la película, y en algún momento su hilo narrativo parece una cruza de Thelma y Louise y Asesinos por naturaleza. Esto también parece ex profeso, como si Despentes y Coralie (la chica solo usó como actriz para adultos ese nombre) dijeran que ambos filmes eran pavadas absolutas respecto de la verdadera liberación por la violencia. Los crímenes no son cualquier cosa: revientan a tiros la cabeza de un policía, por ejemplo, para librarse ellas y otra mujer de un control de carreteras, o asaltan un local y matan a la cajera. Pero todo esto aparece en los diarios generando algo extraño: rechazo, sí, pero también fascinación. El costado Natural Born Killers es mucho más radical que en aquella bizarreada de Oliver Stone con guión de Tarantino. Dicho sea de paso, Tarantino siempre se sintió decepcionado por el tratamiento "didáctico" y anti-tv de Stone, un apóstol de la corrección política. Despentes no: la película molesta básicamente por su completa amoralidad.

Entre muerte y muerte, puntualmente sin sentido -el nihilismo del asunto es palpable-, hay sexo de toda clase. Sería demasiado decir que se trata de una película "porno" porque no es tan explícita, aunque hay secuencias y movimientos que son solo compatibles con The Real Thing. No se ven sexos masculinos penetrando, aunque la penetración ocurre. Probablemente -o más que probablemente- esto se deba a que las autoras están mucho más interesadas en la reacción ante el sexo que a poner el falo en primer lugar. Dijimos que era una película subversivamente feminista, lo que le da completa coherencia a esa elección. Tampoco es una película que busque excitar al espectador a la manera del acrobático y lleno de efectos especiales porno mainstream. La excitación puede suceder, pero no hay estilización alguna, no hay romantización o irrealización de los cuerpos, no hay nada más que la crudeza animal de esos momentos. En ese sentido, el filme respira una pureza totalmente alejada tanto de lo que se puede ver en la señal para adultos de las grillas de cable como de las torpezas sobre sillones que invaden hoy los servidores porno. Aquí pasa lo que tiene que pasar, y en muchos momentos la cámara se detiene en la inefable combinación de dolor y placer que es el gesto de quien goza del sexo. Ese realismo es poco frecuente en el porno, que en gran medida puede considerarse un sector pequeño del cine fantástico.

Baise-moi no es "bésame", como puede traducir el literal, sino directamente "cojéme", como dirían en la vereda. Aunque en algún momento los distribuidores la transformaron -sobre todo para el mercado angloparlante- en Rape-me ("violáme"), algo que las autoras siempre detestaron. Es cierto que hay una violación y que a una de las protagonistas la otra la acusa de disfrutar de ser forzada, pero el asunto no va por ahí. No se trata del retrato de una perversión sino de explotar hasta más allá de los límites morales la idea de libertad, incluso traspasando el crimen. Se trata -lo dijimos al principio- de generar incomodidad, de que cada escena de dolor y tragedia se combine con el sexo que excita al espectador (y que, entonces, pone en turbulencia el juicio sobre los personajes), y que también el momento de placer se combine con el crimen más seco y tremendo. Oscilamos entre una saturación que provoca frialdad y el horror, más allá de la evidente idea de que la salida de la marginalidad creada por un sistema que ofrece pocos espacios sea el estallido violento y visceral.

En todos los escritos de Despentes se respira el mismo desparpajo y la misma libertad tanto estética como moral, lo que vuelve cada texto, más allá de su calidad (después de todo, la autora es parte de la Academia Goncourt, tremendo honor literario, desde 2016). Gran parte de su obra está traducida al castellano, y Les jolies choses (su segunda novela) fue también llevada al cine. Pero su grito más radical es, sin dudas, la versión fílmica de Baise-Moi, más allá de los límites del tranquilizador porno nuestro de cada servidor.

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