Desde España, el escritor Alejandro Palomas dialogó con BAE Negocios sobre su nueva novela, "Un hijo". "Partió de una voz, la voz de Guille, ese niño de 9 años que mira lo que le rodea como si todo tuviera solución, como si limpiara lo que ve al mirarlo. Necesitaba escribir una obra estructurada en las sesiones de terapia de un niño con su orientadora escolar, plasmar esa intimidad, esa confianza entre un niño y un adulto", dice el autor.

—¿Este chico tiene algo que ver con vos?
Guille es mis ojos a su edad. Su forma de hablar, la mecánica de su corazón, su vulnerabilidad. El Alejandro de 9 años era exactamente así, vivía el mundo con esa intensidad y ansiaba participar de un mundo de adultos al que no tenía acceso por derecho propio. De hecho, cuando releo los diálogos en los que él interviene no puedo evitar una sonrisa de emoción pura. Es como volver a oirme, como recuperarme.

—¿Por algún motivo elegiste Mary Poppins?
—Es como columna vertebral de la obra porque yo soy de una generación que creció con ella. Fue para mí el primer personaje de ficción que, siendo humana, era capaz de volar, de ordenar cajones simplemente chasqueando los dedos, podía hablar con los animales, bailar sobre los tejados con los deshollinadores. Era la imagen de la libertad en una España muy oscura en esa época. Y era, sobre todo, el no juicio, el no tener que dar explicaciones por ser distinta, por ser mágica. Cuando tuve que elegir un referente entendí que a día de hoy, si tuviera que recuperar a Mary Poppins y encajarla en la realidad actual, sería sin duda una orientadora escolar, una psicóloga infantil. De ahí su estela y su presencia constante en la novela.

—Hay un personaje central en la vida de este niño, su psicóloga. ¿Cómo fue recibido este personaje?
—Creo que esa ha sido precisamente la clave del éxito de la novela. El homenaje que desde el planteamiento inicial se hace a las orientadoras infantiles. La terapia, la capacidad de ver en Guille lo que nadie se ha molestado en ver, la magia de quien sabe escuchar e interpretar las señales que los niños y las niñas dan en muchas ocasiones sobre lo que ocultan. En muchos países ha sido precisamente la comunidad de las/os psicólogos/as infantiles y escolares quien ha convertido "Un hijo" en una suerte de pequeño tesoro de ahí que haya tantas escuelas en las que se ha convertido en lectura obligada.

—¿Por qué Un Hijo?
—No sabría contestarte a eso. "Un hijo" nació sin avisar, oí la voz de Guille una tarde de otoño mientras esperaba en un semáforo, la oí clara, tan segura de que quería quedarse y contarme cosas que iban a cambiarme la vida que supe que debía dejar que se quedara. Supe que tenía que escucharla. Y así llegó Guille y María, y esas verdades adultas que no son verdad del todo, y esas ganas de emocionar hasta el tuétano a quien se acerque a sus páginas.

—Tus novelas hablan de los vínculos, ¿cómo viviste la cuarentena?
—La viví en casa, en el campo, con mi madre y mi hermana. Fue extraño, porque nos encerraron el día después de mi regreso de Tierra de Fuego, donde había estado viviendo una experiencia muy intensa en dos colonias de pingüinos con una bióloga, totalmente desconectado del mundo "civilizado". No hubo una transición de lo salvaje al confinamiento y el impacto fue brutal. Afortunadamente, el campo lo hizo todo más fácil. Paseábamos a diario por el bosque, fuimos testigos del revivir de los animales que hasta entonces apenas se dejaban ver. Fue hermoso y a la vez demasiado confuso. No escribí una sola línea.

—¿En qué te ayudó?
—A pensar, a plantearme muchas cosas que hasta entonces no había tenido tiempo ni demasiadas ganas de poner en primer plano de mi pequeña pantalla de deudas personales. Leí mucho, descubrí autores y autoras que de otro modo no habría podido conocer, conviví con mi inactividad creativa, algo que no me había permitido jamás hasta entonces. Me di permiso para no hacer sin sentirme culpable y eso fue muy liberador. Estuve trabajando en el guión del documental que nació de mi experiencia en Tierra de Fuego.

—¿Vamos a salir mejor o peores de esta situación?
—Es algo que en España nos planteamos desde un principio. En un primer momento, aparecieron las voces que, desde un optimismo poco argumentado, apuntaban a que íbamos a salir mejores personas de esto, pero la realidad no ha sido así. El desconfinamiento ha sido prueba de ello, de ahí que haya tantas posibilidades de que volvamos a tener que confinarnos. Desgraciadamente, el bien común no se impone. En cuanto lo peor pasa, vuelven a primar los intereses individuales y la burbuja de la ilusión se desinfla. Salimos como podemos de las experiencias comunes, cada uno con sus recursos. El problema es que el espíritu de comunión ante la adversidad rápidamente se diluye.

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