Esta página, se habrán dado cuenta, se hace por puro placer. No tiene agenda, solo el capricho de charlar de cine con ustedes, lectores. A veces nos acercamos un poco a la coyuntura (por ejemplo, cuando falleció Kirk Douglas), pero en general es un recreo ante la realidad que nos agobia todos los días en un país tan inmensamente esquizoide y complicado como la Argentina. Para eso, también, sirve el arte: para entretenernos. “Entretenimiento” es una palabra con pésima prensa. Porque, etimológicamente, implica quedarse fuera del tiempo por un rato, “salir” de lo cotidiano para entrar a otro mundo. No perder el tiempo, justamente, sino ganarlo paseando por otros lados, y esos paseos despiertan en nosotros otras ideas, nos oxigenan la mente y nos permiten incluso encontrar nuevas maneras de vivir eso que pasa cuando salimos del cine o apagamos la tele: el universo de la Afip, la inflación, el colegio de los chicos y el tránsito infernal.

Bueno, entonces hoy vamos a hablar de algunas películas que nos sacan del mundo, nos pasean literalmente por mundos que no existen más que en la imaginación. ¿O existen? ¿Acaso no viven en libros o en las películas? Es raro pensar eso: en el caso del autor de esta nota, cree que sí, que esos universos existen gracias a la imaginación. Y a veces son más reales que lo que nos rodea. Uno conoce mejor a Gollum que al verdulero de la vuelta, por ejemplo. De hecho, empecemos por ahí: la empresa de El Señor de los Anillos según Peter Jackson (hay una versión trunca de 1979, animada, del gran Ralph Bakshi) es la muestra de cómo el amor por un libro y un mundo pueden llevar a plasmarlo e incluso a corregirlo. Aunque es una traducción muy fiel de la novela de J.R.R. Tolkien, Jackson le allanó subtramas, corrigió algunos momentos embarazosos (Théoden nunca sabe de la hazaña de Éowyn en el libro), y le presta mucha atención a los personajes (el elenco es de grandes actores, muchos de ellos de tradición shakespereana, como Ian McKellen, Brad Dourif o Bernard Hill) porque entiende que los efectos especiales y la fantasía solo funcionan sí y solo sí creemos que esos tipos en esas batallas son personas como nosotros. Incluso hoy la trilogía, filmada de un tirón, es de lo mejor del cine de altísimo presupuesto.

El universo de Alien es, también, una fantasía. Pero las tres (dejemos ahí, en la trilogía Ridley Scott-James Cameron-David Fincher, por favor) funciona por la superposición de personas con problemas comunes y sufrimientos cotidianos atacados por un inasible monstruo del espacio casi invencible que casi podría ser la metáfora de -lo repetimos mucho, perdón- la Afip. En la primera Alien, los tripulantes del Nostromo son trabajadores: la nave espacial es básicamente un enorme camión que lleva cosas de un lado al otro mientras a los pobres se le va la vida durmiendo en heladeras. En la segunda, son soldados que van a -creen- reventar unos cuantos bichos y se encuentran con que el “enemigo” es tan inteligente como ellos. Y en la tercera, Ripley cae en una cárcel, un universo “tumbero” que se aferra a la religión porque no hay otra cosa. En las tres, la heroína creada por Sigourney Weaver primero sufre algo similar a un abuso sexual por parte del monstruo; en la segunda es, primero, la mujer abusada a la que no le creen y la tratan con argumentos que recuerdan “la pollerita corta”, y más tarde se convierte en madre aguerrida contra unos soldados estúpidos. Y en la tercera, hace un enorme sacrificio por la Humanidad y por gente que la pasó peor que ella, recordando a Juana de Arco. ¿Ven? esa trilogía es nuestro mundo desde la fantasía.

Hay otros mundos posibles, claro. Como saben, la comedia y la música no tienen buena fama, quizás porque nos hacen muy felices y, como a la larga nos morimos, algo en nuestra mente nos obliga a despreciar esos momentos en los que nos sentimos libres. También es cierto que no hay casi ningún “universo” de fantasía que sea puramente humorístico. Una cosa es que las películas de superhéroes -por ejemplo- tengan humor, y otra que se construyan alrededor del noble y alto arte de hacer reír. Pero existe el universo de Los Muppets. Más allá del programa original de los setenta (no podemos decir que están todas las temporadas en ciertos sitios de descargas), hay largometrajes. Los últimos dos, realizados en 2011 y 2014 son excelentes, pero los tres iniciales -1979, 1981 y 1984- crean un universo. En la primera, los muñecos narran cómo se convirtieron en una troupe de artistas amantes del vaudeville que buscaban triunfar en Hollywood. En el segundo, con una intriga policial en el medio, se han separado y vuelven a juntarse (lo de Miss Piggy en el desfile de modas es una joya del humor surreal). Y la tercera, la genial Los Muppets toman Manhattan, es una perfecta versión del “musical de bambalinas” donde la troupe es estafada, debe dedicarse a trabajar de cosas horribles, Kermit/René (para nosotros es René, gente) pierde la memoria y, en el último momento, todo se arregla y Piggy y la rana se casan con todos los muñecos de los Muppets y Plaza Sésamo de testigos. Es raro el mundo de Los Muppets porque es el nuestro pero los humanos se portan como muñecos,mientras que los muñecos son mucho más que humanos. Y porque en ese mundo lo más importante de todo es hacer reír, divertir, causar alegría y felicidad. O sea, entretener.

En los tres casos (claro que hay mucho más, qué se cree), es evidente que se han creado universos consistentes donde pasear y mirar sirve para que el mundo de todos los días no nos coma a puro nervio en cada momento. Volviendo al principio, para esas cosas sirve el arte, y el cine es el que más lejos ha llegado en la construcción de mundos alternativos, esos donde -realmente- querríamos vivir. ¿Quién dice que no existen?

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Leonardo Desposito

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