Mucho ha cambiado en el entretenimiento audiovisual erótico en las últimas décadas. De hecho, ha cambiado definitivamente aquello que definimos directamente como "pornográfico". En los años setenta y hasta los primeros ochenta, mucho de lo que hoy pasa por erótico o "soft" era considerado "hard". Las razones de esta variación son menos consecuencia de los mercados que de lo que nos ha sucedido como espectadores. Así como de los setenta en adelante hemos sido cada vez menos sensibles a la violencia en las pantallas, también sucedió con el sexo. Digámoslo de otro modo: hace treinta años, una película como Taxi Driver no hubiera formado jamás parte de una emisión de acceso no restringido. Nadie la hubiera visto en TV. Hoy tampoco, pero porque nadie programa cosas "viejas". Filmes como El Padrino esperaron hasta bien entrada la década de 1980 para pasar a la pantalla chica, sin ir más lejos. Hoy puede figurar en las programaciones de relleno de un fin de semana en cualquier canal de aire.

Vale esta aclaración para poder dedicarnos un poco al soft-core, que hoy llamamos directamente "cine erótico" pero que en realidad nadie sabe realmente qué es. Para definirlo claramente: hay desnudos, hay relaciones sexuales, pero no se ven genitales masculinos en acción, tampoco planos de penetración directos, ni algunos otros detalles fisiológicos. A la hora de representar el placer, se utiliza el sonido y el primer plano de rostro (así saben cuándo va a terminar una secuencia: cuando la cámara se detiene sobre todo en la cara de alguna señorita por más de tres segundos). Otro detalle es que los planos "de sexo" no son demasiado largos. La razón es estrictamente cinematográfica: como se trata de sexo fingido, se nota demasiado pronto que los actores no están haciendo lo que se supone que están haciendo. Como regla general para todo el cine y todo el arte representativo, tanto el sexo como la muerte son los momentos donde más se nota la falsedad de la actuación. En un caso, porque el verdadero sexo suele ocultarse y nadie se "ve" a sí mismo realmente en esos menesteres. En el segundo, simplemente porque ningún muerto volvió para contarnos qué cara habría que poner.

Un ejemplo de cineasta softcore interesante fue le español José Larraz. Entre sus esfuerzos, el hombre hizo una de las grandes películas de amor entre mujeres del último medio siglo, Vampyres, que es una historia de terror y sangre pero contada lejos de los lugares comunes del género y del mito, con un fuerte acento en la relación tortuosa y trágica de las dos protagonistas. Ese filme está para ser visto en el servidor Erogarga.com, dedicado al porno, el erotismo y rarezas antiguas. Otro es el que vamos a analizar en esta columna: Las alumnas de Madame Olga. Es una película especialmente interesante por varios motivos, y recomendable por el buen gusto y el sentido plástico de sus imágenes.

La historia, sin embargo, es trivial. La Olga del título es la madama de un burdel disfrazado de academia de música para señoritas, algo no del todo desacertado si tenemos en cuenta la manipulación de instrumentos. En una de sus habitaciones, una pupila muere mientras sostiene relaciones con un cliente especialmente poderoso del que una tercera mujer ha sido testigo. Olga tiene que contratar a esta mujer al tiempo que ella intenta sostener su virginidad, mientras el cliente intenta quedarse con tal virtud. La idea es presentar la obsesión sexual no tanto como una necesidad biológica exacerbada sino como ejercicio del poder: a eso apunta metafóricamente Larraz.

Pero a esto hay que sumarle algunos elementos notables. El primero, la actuación de Helga Line como Madame Olga. Es realmente una mujer intrigante, manipuladora pero, al mismo tiempo, llena de deseos. La cuestión es que Helga Line había pasado los cincuenta años cuando realizó este filme (de 1979, pero estrenado en 1981) y sin embargo se animaba a más de una secuencia erótica (una de autosatisfacción es especialmente audaz teniendo en cuenta que se trata de soft-porno). Era raro entonces -dejemos de lado muchos "nichos" del porno a reglamento que se hace hoy- que una mujer de esa edad se animara a mostrarse desnuda y en secuencias sexuales, pero lo hace sin que por eso dejemos de lado la trama. En la tensión que tienen estos momentos se nota, también, la capacidad de la dirección.

Y otro, que es importante para todo el género -que siempre contó con poco presupuesto- es la capacidad de Larraz por combinar tomas documentales con las de ficción para darle ambiente y forma a la trama. Se filmaba como se podía, digamos, y lo que se podía, en poco tiempo y con el dinero justo. A pesar de ello, la película tiene un look muy profesional y eso mismo es lo que la fue transformando poco a poco en un clásico menor.

Aunque Las alumnas... se rodó en exteriores en Londres, es una producción ciento por ciento española, destinada a la explotación internacional. Así que el lector puede seguir perfectamente la trama sin subtítulos (el obligatorio doblaje de filme español de aquellos años está especialmente bien hecho) y de paso asistir al mayor de los lugares comunes de esta clase de películas: el poderoso es desmedido, y aunque atractivo, finalmente ruín. Y esa ruindad, como suele pasar, termina siendo castigada de algún modo. Porque el cine erótico, como todo cine popular, es profundamente moralista, también, y lo ha sido siempre. Hablamos de cine, de un relato, claro, no de secuencias pornográficas hechas con el único fin de la excitación instantánea e inmediata. Aquí había un cineasta, más o menos bueno o más o menos malo, con ganas de narrar un cuento. Otra cosa.

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