La mayoría de los lectores de esta página no me conocen, así que he de contarles algo que mis amigos y familiares han venido soportando cuando ven una película conmigo. Cuando es asombrosamente buena o asombrosamente mala, suelo repetir a modo de mantra -y con la misma periodicidad de un "ohm"- "No puede ser". No vean conmigo Pricesa Mononoke, de Miyazaki, ni El Ciudadano, ni alguna película de Enrique Carreras: escucharán en diferentes tonos variaciones de "no puede ser" como una molesta banda sonora tras la banda sonora del filme. Por cierto, ahora estoy mejor de esa dolencia, pero recrudece cuando busco para ustedes diferentes joyas eróticas que pueda comentar en esta columna.

De hecho, mi último concierto de "nopuedeser" surgió de Erogarga.com, sitio que venimos recomendando calurosamente porque, aunque contiene básicamente porno, también permite ver ese cine pobre, clase B o Z, lleno de desnudos, que sostuvo cinematografías enteras en los años setenta y ochenta. Un cine que literalmente dejaba la piel para que la industria audiovisual, en esos años críticos de los petrodólares voladores, sobreviviera y buscaba cualquier excusa para desnudar señoritas y señores. Por ejemplo, el cine erótico "S" de España tras la muerte de don Francisco Franco (que habría muerto de un síncope, Dios me libre, de haber visto algo de esto). Un cine que nutrió a Pedro Almodóvar, por ejemplo, constantemente homenajeado en películas como La ley del deseo o Mujeres al borde de un ataque de nervios.

En fin, que durante la transición y antes del Tejerazo, cuando definitivamente la liberalización devino en el "Destape" (aquí adoptamos el término ibérico en los ochenta) y surgió la Movida Madrileña, se hicieron muchas películas que combinaban desnudeces de todo tipo con algún tipo de protesta. Muchas son películas un poco ambiguas: por un lado libertinas al extremo, por el otro, moralistas en una forma casi sentenciosa. De entre todas ellas, una es una joya del "nopuedeserismo" más cabal: Bacanal en directo, realizada en 1979 por un señor llamado Miguel Madrid que solo hizo tres películas, una de ellas, de zombies. La cosa es descacharrante, por usar un adjetivo que San Miguel Gila hubiera colgado en sus monólogos, y le da para que tenga, guarde y reparta a la dictadura franquista.

Es así: hay unos mozalbetes bailando en una boîte (sí, se escribe con el sombrerito ese, quévacé) y se les acerca un productor de cine. Los quiere invitar a una fiesta para ver cómo se divierten los jóvenes y filmarlos endemientras. El sarao ha de realizarse en la casa de un director entrado en años -y, como veremos, también en libaciones varias- y algunos se prenden. Salvo Stela, una chica bonita, delgada y pura, cuyo novio, igualmente puro, siente un pelín de curiosidad por el asunto. Se pelean por eso, y deciden no ir. Pero algunos amigos, sí, y los terminan convenciendo.

También a esa fiesta va un muchachote que roba autos y se pelea con la policía cuando lo detienen al grito de "no me van a tocar, soy producto de cuarenta años de represión", en una irónica referencia al uso de entonces de la tragedia franquista. Más una señorita bisexual con novio argentino que tiende a traducir al idiolecto peninsular sus canyengues insultos, una flaquita bastante feúcha pero decidida a la hora de los bifes, y alguna gente más. Por cierto, el cupo femenino está sobrecumplido en la asistencia.

Viene la fiesta: empezamos con alcoholes y marihuana, música disco de imitación ibérica, y escarceos eróticos varios (aunque ya para entonces hemos visto varios momentos intensos; por cierto, no hay porno explícito, aunque sí mucho sexo simulado). El dueño de casa anda vestido con bata y corona de laureles. En otro momento, se disfrazará de Franco y hará desfilar a los caballeros del grupo totalmente desnudos. El crescendo erótico termina extraviando a la pura Stela (ya no tan pura para mitad de la película) y confundiendo en un mar de culpa a su purísimo novio, con cara de que ni un litro de picosulfito sódico habrá de hacerle liberar lo que sus entrañas guardan. Sí, sí, es una metáfora.

Hay secuencias lésbicas, hay una chica desparramada en una tina de espuma en el medio de un living -uno siente pena por el personal de limpieza- y constantes alusiones a que ya no se vive en dictadura, joder. Cerca del final hay una secuencia que directamente se burla de la Iglesia, y también varias otras de tipo onírico. Ustedes también van a decir "no puede ser" en continuado.

Bueno, pero al final la cosa se pone horrible. Aunque Stela ha tocado y la han tocado, nadie le ha quitado su virtud, algo que ocurre con su novio pero ante la mirada burlona de todos los asistentes. Cuando la fiesta termina, el living está hecho un asco, vea. Hay gente pasada de revoluciones que se cortajea con vidrios, otros que andan desmayados, dos chicas en un sillón amándose tiernamente y la pobre Stela con un bajón de presión por el intempestivo estreno que da pena. Otro se provoca arcadas, uno de más allá tiene un ataque cardiaco y, por último, llegan los dos únicos policías de la película a poner un poco de orden. Stela termina en un hospital recuperándose con su novio al lado prometiendo que de ahora en más salen solo a caminar y dar de comer a las palomas, y la película culmina con una advertencia del tipo "si te sirven gaseosa, que te la abran en la mesa". ¡Ay, estos jóvenes, qué locos son!

Sí, tal cual, después de prodigarnos con anatomías varias y diferentes tipos de sexo y lujuria, nos advierten que ojito con los excesos, que mejor ser buenos. Esta ambigüedad moral, que uno podría tildar de cínica, realmente reflejaba el estado de una sociedad que había recuperado la libertad pero no sabía qué hacer con ella. Bacanal en directo, con sus torpezas y sus rarezas, es un documental perfecto.