Alguna vez hablamos del cine popular español que surgió después de la muerte de Francisco Franco, y de aquel que se realizó durante la transición que culminaría en el Tejerazo. En esos tiempos, muy poco antes del estallido de la Movida Madrileña que daría al mundo a Pedro Almodóvar, se hicieron cientos de películas que se burlaban del pasado hispano, de la dictadura de cuarenta años y de la hipocresía de las clases medias y altas. En el fondo, eran películas que, por el absurdo, resultaban no solo políticamente correctas sino, también, moralistas. Bueno, toda corrección política siempre fue una forma de moralismo, en ocasiones del más rancio. 

Aclaremos: no eran necesariamente películas sin estrellas ni se hacían sin algo o mucho de producción. Estilísticamente, y esto es algo que tiene que ver más con la tecnología que con los presupuestos, se parecían bastante a las comedias populares que se realizaban de este lado del Atlántico en aquellos mismos días. O, bueno, quizás un poco antes, dado que aquí la férrea censura que comenzó en 1974 y se incrementaría durante la dictadura militar impedía que se tocaran muchos temas. A pesar de ello, había algunas expresiones notables como la opera prima de Carlos Galletini Juan que reía, con un aún no prohibido Luis Brandoni, Luisina Brando y Dringue Farías. Era una burla al piola de clase media con autito al que el robo del vehículo acarrea toda clase de desgracias. Esa película tenía una escena erótica entre la Brando y Brandoni (el juego de palabras, por favor, no es intencional) que, suponemos, pasó la censura porque se ve poco y porque en la ficción son un matrimonio. No es fácil de encontrar, pero anda por YouTube.

Lo ponemos como ejemplo porque es comparable con la película de la que sí queremos hablar. Se llama El fascista, la beata y su hija desvirgada. Sí, puede leer el título de nuevo y es exactamente así. La puede ver gratuitamente en nuestro servidor de rarezas porno-eróticas-clase Z favorito, Erogarga, y es de una desfachatez descomunal. Más allá de que se trata de una comedia de costumbres bastante simple, tiene un montón de elementos que la hacen una curiosidad importante.

Empecemos porque el protagonista no es un ignoto, sino uno de los mejores actores, y supremo comediante, del cine español, José Luis Lópe Vázquez, que en esos años hizo muchas de estas películas "del Destape", que llegaban a nuestras costas para ser mutiladas. López Vázquez tiene un lugar ganado en la historia grande del cine por participar en una de las obras maestras de Luis García Berlanga: Plácido, filme que todo ávido de la corrección política, la moral y los buenos sentimientos debería ver sí o sí (y se va a reír mucho salvo que sea, como toda esa fauna, de quienes tienen el humor extirpado). También es el protagonista de la breve y terrorífica La cabina, de Antonio Mercero, y de varias colaboraciones más con Berlanga, notablemente El Verdugo y -esta es clave- Patrimonio Nacional (y sus secuelas Escopeta nacional y Nacional 3).

En esa trilogía, López Vázquez interpretaba a un miembro de una familia noble venida a menos que tenía que pelearla con el mundo post-franquista que le había otorgado amplios privilegios. Pues bien, ese personaje se le hizo en parte destino en los setenta y ochenta, y allí es donde se inscribe El fascista, la beata..., etcétera. Que es, lo dijimos, una de las películas del "Destape", término que importamos nosotros tras el final de la dictadura. Implicaba justamente destapar el cuerpo, mostrar aquello que el franquismo había tapado. Lo que daba, desgraciadamente en ocasiones, obras que usaban el erotismo o el sexo como carnada en un par de secuencias y diálogos a veces demasiado explícitos que hoy, por su estilo, han pasado de moda.

Que es lo que sucede con esta película, que comienza con una escena sexual entre el protagonista (Juan, un hombre de férreas convicciones, "de derechas", pero en el fondo un burgués tramposo y acomodaticio) y la amante a la que le sostiene un departamento. El hombre, por culpa de "la crisis" y los cambios de aires políticos, se encuentra al borde de la bancarrota: la manera de arreglarlo es casando a su hija virgen con el niño de buena familia que podría hacerse cargo de sus deudas. Ese "niño", elegante, es el tipo más conservador del universo, que no lleva a su novia al cine porque "es indecente", ni viaja solo con ella "porque qué pensarán nuestros padres". Por cierto, pasa sus noches viendo películas del destape y, suponemos, en el placer solitario.

Mientras que la esposa de Juan pasa el 90% del día rezando, la pobre hija marcha un tiempo a Venezuela donde descubre que el mundo es un poco diferente y pierde su "virtud", aunque con alguien que la quiere en serio. Ese personaje representa la juventud que se saca los prejuicios y sale del encierro represivo de la España de Franco. Dicho sea de paso, un personaje que se volvió rápidamente lugar común. Lo mismo que pedir la resurrección del Caudillo rezando en su mausoleo para burla de los "fascistas".

Pero lo interesante aquí es que el tema "sexo" es, justamente, eso: un tema. Es decir, algo que campea como una maldición, un mero uso o una posibilidad de liberación en la vida de todos los personajes. Y que también se muestra como algo bastante sano cuya represión lleva a las perversiones, no necesariamente sexuales, por cierto. De allí que este filme sea "sexual" aunque no erótico y, a través de esa disposición, nos permita asomarnos a un momento clave en la historia contemporánea: el paso definitivo a la modernidad después de las guerras ideológicas del siglo XX. En esa España de la transición y el destape, todo eso se vio con una claridad meridiana.

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Leonardo Desposito

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