Cuando comenzó el confinamiento en marzo y solo se podía salir a hacer compras, la periodista Flavia Fernández comenzó a escribir sus sensaciones, los cambios repentinos de la  vida cotidiana,  sin imaginarse que unos meses después se convertirían en un libro.

"No lo planeé, se fue dando. En realidad empecé a desplomarme con visiones y sensaciones por las noches, y lo hacía en mi Instagram en el principio de la cuarentena profunda. Mis amigos, muy amigos, muy generosos y muy fan de mis descripciones sin filtro, empezaron a pedirme más. Sin darme cuenta estaba haciendo una especie de diario del confinamiento en las redes. Por momentos con pudor, pero se iba tornando una necesidad. Las devoluciones de conocidos y no tanto me encendieron, me empujaron y bueno…un día me di cuenta de que debía zambullirme al word", dice la autora a BAE Negocios sobre su libro La Sombrilla imaginaria, con ilustraciones de la talentosa Victoria Morete que acompañan cada uno de los 41 relatos.

_ ¿Los escribías a diario?

_ Sí. Como por mi trabajo soy muy de la hora del evento, el copetín, la presentación, etcétera, empecé a sentir esa abstinencia. Entonces salía a caminar. Rouge bajo el tapaboca, escafandra, incluso guantes al principio. Con la mirada afilada y escondida en el disfraz que al tiempo se hizo normal. Un día arrancaba para Palermo, otros, muchos, para el Abasto. Porque ahí me encontraba en secreto con alguien que adoro y admiro, que es El Noy, poeta, cantante, escritor, dramaturgo, vidente y amigo-hermana. El plan consistía en intercambiar poesía y describir el horror, que en realidad ya no era tan horror porque estábamos juntos comiendo almendras en un auto, en medio de una ciudad fantasma. Luego llegaba a casa y claro, escribía.

_¿Escribirlos te ayudó en tu propia cuarentena?

_ Escribir me salvó, me hizo feliz, me obligó a reír. Me obligó a mirar más y a no perder el tiempo en pavadas. Desde ya le amputé al televisor las malas noticias, nunca más hablé de política y me conecté más con mi familia italiana. Primas que escriben y pintan, artistas increíbles que también estaban creando allá. Sin saberlo, estábamos en la misma. Del Adriático al Río de la Plata. Los mismos temas, las mismas comidas. Además la tenía a mamá en casa y eso era diez mil veces más inspirador.
 

_ ¿Descubriste un barrio diferente?

_ No, al barrio lo tengo bien calado. Encima vivo al lado de La iglesia Patrocinio de San José. Era obvio que sin la misa y el pecado confesado, la mezquindad iba a salir antes de tiempo. Ya nadie se acercó a Juancito, sobreviviente de Cromagnon y con HIV,  ni al otro pobre que durante cinco años estuvo plantado en Santa Fe y Ayacucho, sin una pierna. La última vez que lo vi fue subiendo a la ambulancia. Temblaba y nadie hacía nada. Entré a la iglesia como una loca y le pedí a la secretaria del párroco que me de una manta. Era fija que tenía Covid. Nunca más lo vi. Desaparecieron los dos, al igual que los aplausos a los médicos. No sea cosa que alguien confunda esos aplausos con algún tipo de apoyo al gobierno. Pero yo seguí. Subía a la terraza comunitaria que da a la Facultad de Medicina. Aplaudía sola, entre sábanas y bombachas ajenas.
 

_ ¿Por qué cada relato tiene una ilustración?

_ Porque nada tiene que ver con nada y era divertido resumir el relato en una ilustración, un objeto, un gesto. Y Victoria Morete es la mejor del mundo. Me dibujó sin conocerme.
 

_  ¿Cómo fue el trabajo con la ilustradora?

_ Le mandaron los textos y ella enseguida conectó. Fue gracias a un tema, Una note a Napoli, de Pink Martini. Me leyó, lo puso y entró en trance.
 

_ ¿Por qué el título?

_ Porque en uno de los relatos cuento que clavé la sombrilla y decidí viajar con la mente. Con las fronteras cerradas sólo quedaba eso. Un día, en Pilar, me fui caminando hasta una tosquera.  Siempre me había parecido una porquería pero esa tarde , con el sol tibio de invierno y mucha garra, me sentí en el Mediterráneo.
 

_ ¿Qué te parece que nos deja la cuarentena?

_ Nos dejó con la vara alta a nivel sorpresa. La sensación de que todo puede pasar. La rotura de los rituales y la construcción de otras cosas, vinculadas a la espontaneidad. Creo que ganó el poder del deseo, los planes profundos. Ganó la charla y creo, también, que la noche le pasó el trapo al día. Siempre adoré la hora de los murciélagos y estoy convencida de que ahí está la inspiración. Las tribus nocturnas que se armaron, todo virtual, fueron la gloria.
 

_¿Qué te gustaría que encuentre el lector al leerlos?

_ Quiero que sonría y le den ganas de bailar, de tomar una copa, de abrazar a alguien y llorar un ratito.
 

_ De la pandemia ¿salimos mejores o peores?

_ Mil veces mejores. Salimos más creativos y con la mirada entrenada. Después de tanto tapaboca, los ojos se hicieron gemas.

Editado por Olivia, tiene 110 páginas y cuesta $800

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