"Siento que en estos días puedo tocar lo que quiero y con quien quiero", escribe en su libro Good Things Happen Slowly el pianista norteamericano Fred Hersch, acaso uno de los mayores exponentes del instrumento en la actualidad.

La sentencia viene a cuento porque en los próximos meses se editará un nuevo disco de este artista descomunal, asiduo protagonista de las noches de jazz en vivo en Nueva York, con grabaciones en dúo acumuladas en los últimos años.

El disco, simplemente titulado Fred Hersch and Friends ya tiene dos temas publicados en las plataformas digitales. Uno de ellos con el saxofonista Miguel Zenón y el otro con la cantante Sara Gazarek.

Cada nuevo álbum de Hersch es un acontecimiento para el mundo del jazz. Con una vasta discografía y unas 15 nominaciones a los premios Grammy en su haber, buena parte de los trabajos de este pianista pueden considerarse obras maestras. Por ejemplo, Sunday Night at the Vanguard, junto con su trío, que el sello Palmetto editó en 2017. O también sus pianos solos, que recorren un camino que transita desde la autoconfidencia hasta una rotunda expresividad para cautivar a sus audiencias con momentos epifánicos, en los que la música acaso esté más allá de la comprensión emocional.

Hersch asume que probablemente haya sido el primer músico de jazz abiertamente gay y portador positivo de HIV. No ha sido fácil su recorrido, que incluye una militancia activa por la ampliación de derechos. En 2007 cayó en coma por dos meses y cuando se recuperó encontró que una complicación en la función muscular le impedía tocar el piano. Con rehabilitación logró recuperarse para grabar varios de sus mejores discos como líder.

Atrás habían quedado otros álbumes notables en los que acompañó a gigantes como Art Farmer, Joe Henderson, Lee Konitz o Billy Harper. La actividad no cesaría, incluyendo giras por distintos países -estuvo en la Argentina en una recordada participación durante una de las primeras ediciones del Festival de Jazz porteño- y presentaciones casi sin tregua en dos santuarios neoyorquinos: el Village Vanguard y el Jazz Standard. En el primero grabó discos en trío y en solitario. Asistir a uno de sus conciertos más intimistas es quedar prisionero de un trance que virtualmente induce a olvidar el mundo exterior. Así de hechizantes son sus shows.

En los últimos años también se presentó en dúo con músicos a los que admira en el Jazz Standard y de allí la colección que se editará este año. "Cuando escucho música no es sólo jazz. Pongo música clásica, o brasileña o R&B. Yo prefiero escuchar jazz en vivo y voy todas las veces que puedo a escuchar shows de otros músicos", confiesa.

No son los primeros dúos que graba. Tiene celebrados trabajos con Bill Frisell, Julian Lage, Anat Cohen o Norma Winstone, entre otros. Pero cada colaboración es una aventura apasionante, que aborda matices disímiles. "He aprendido mucho a lo largo de mi vida. Creo que soy más paciente desde mi episodio de coma, y también que estoy más relajado y soy un músico más generoso", reflexiona en su libro. El público de jazz agredece.

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