Muchos libros con el jazz como tema se han editado en las últimas semanas, principalmente en España. Se espera que lleguen en breve a la Argentina la biografía de Keith Jarrett, de Wolfgang Sandner, que lanzó Libros del Kultrum, o la última obra del ensayista y crítico Ted Gioia, Música, una historia subversiva.

Entretanto, la Argentina no se queda atrás. Se acaba de publicar, a partir del esfuerzo conjunto de la editorial marplatense Letra Sudaca y el grupo Improvisación Colectiva en Mar del Plata, organización que promueve el jazz y la música improvisada, el libro Miles por Miles, una serie de entrevistas y encuentros con Miles Davis, que no tenía versión en español hasta hoy.

El texto original se publicó en 2009 y fue producto de una compilación de Paul Mahler y Michael Dorr, quienes rescataron entrevistas que destacados periodistas como Leonard Feather o Nat Hentoff le hicieron al gran trompetista y compositor, así como artículos de revistas olvidadas o programas de radio y TV que no habían sido transcriptos.

El libro aporta una mirada amplia sobre la personalidad y el arte de Miles Davis, sus contradicciones, su énfasis en la cuestión racial, sus opiniones -a menudo crudas- sobre otros músicos, su adicción a las drogas y muchos otros aspectos que resultan imprescindibles para entender a una figura compleja que no sólo influyó decisivamente en la historia del jazz (palabra que en rigor rechazaba), sino que cambió varias veces la dirección de este género musical.

En su entrevista Leonard Feather le pregunta por diferentes músicos, a los que Miles dedica indiferencia en el mejor de los casos. "No hay muchos grupos que disfrute escuchar. Todos tratan de tocar como alguien que ya conozco. No quiero escuchar clichés, no quiero volver al pasado", sentencia. Interrogado sobre un eventual interés en grupos de rock, es aún más lapidario: "No escuché nada interesante que provenga de los grupos de chicos blancos con pelo largo y toda esa mierda. Me gusta escuchar el sonido Motown, James Brown y los cantantes de funk", aseguraba ya en 1972.

También hay elementos interesantes en una original nota-entrevista que escribió Robert Doerschuk en 1987 para la revista Keyboard. Allí Miles revela que escuchó el piano eléctrico por primera vez en Mercy, Mercy, Mercy, de Cannonball Adderley con Joe Zawinul. Y pone en un primer plano a pianistas como Jarrett, Hancock y Chick Corea. Hasta se da el lujo de abordar el tema del ego, tan presente en su recorrido. Relata entonces que Bill Evans es el primero en quien piensa cuando enumera a aquellos músicos con los que trabajó que no expusieron problemas de egolatría. También Gil Evans -"dice que le enferman tantos solos"- y relata una anécdota con el saxofonista Bob Berg. Miles le cuestionó en una oportunidad: "Bob, tocaste demasiado, ¿por qué entraste en esa parte, donde se supone que no tocás?". Berg respondió: "Bueno, sonaba tan bien que tuve que entrar". La conclusión lapidaria de Miles fue: "Bob, la razón por la que sonaba tan bien era porque no estabas tocando".

En definitiva, una edición imprescindible para conocer a Miles más allá de su cuidada autobiografía por una simple razón: como en buena parte de su música, acá improvisa las respuestas.

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