"Se nos ocurrió la idea de contar una historia de la argentina en el largo plazo (desde la colonia hasta el siglo XXI) a través de juicios, es decir, desde el mirador de procesos judiciales que fueran representativos de cada época", dice a BAE Negocios el historiador, investigador del CONICET Juan Manuel Palacio sobre el libro Desde el Banquillo.

-¿Cómo surgió la idea del libro?
-La idea del libro surgió hace más de 10 años. Como muchos otros historiadores, yo hacía tiempo que venía trabajando con fuentes judiciales para la investigación histórica. Son fuentes que hace no demasiados años los historiadores hemos agregado a nuestro repertorio documental con el que reconstruimos el pasado (sumándolas a las más tradicionales, como los documentos de gobierno, los archivos diplomáticos, las memorias, debates parlamentarios, prensa, etc.). Los expedientes que conservan las actuaciones de los juicios son fuentes excepcionalmente ricas para el historiador, porque no solo nos cuentan un cuento que en general es muy atractivo en sí mismo (en la medida en que expresan un conflicto, en el que en general se juegan cosas importantes de la vida de una persona --como el reparto de los bienes familiares, el destino de una herencia, una indemnización laboral, o la misma libertad-- los procesos judiciales tienen un tono dramático y están llenos de tensión "narrativa") sino que nos permiten asomarnos a diversos aspectos de la vida de una sociedad en un momento dado, que no siempre se expresan con tanta claridad en otros documentos. A través de los procesos judiciales, uno puede saber por ejemplo cuáles eran los motivos más frecuentes de conflicto --entre las personas entre sí, entre trabajadores y empleadores, entre propietarios e inquilinos-- en determinado contexto histórico y de qué manera se resolvían, o con qué frecuencia y por qué motivo la gente optaba por judicializar sus discrepancias, así como cuál eran las chances de éxito que podía tener una demanda determinada. A su vez, cuáles eran los criterios con que la sociedad y el Estado definía lo que era justo y correcto y lo que no, y en particular qué cosas eran consideradas conductas o actos delictivos, que merecían un castigo. Todas esas cosas sufrieron cambios a través del tiempo y por eso historizarlas es muy atractivo.

-¿Cómo fue la elección de los casos?
-La idea era tratar de "cubrir" con al menos un caso cada gran momento de la historia del país, cronológicamente hablando. Así que desde el principio pensé en al menos un juicio de la época colonial y otro de su crisis (es decir, el período de la revolución), para en el siglo XIX uno que perteneciera a las guerras civiles y el tiempo de los caudillos y otro que abordara el fin de ese siglo y la entrada del país en la modernidad y para en el siglo XX uno que diera cuenta de la gran novedad jurídica del surgimiento del derecho del trabajo y su implementación a través de la creación de la justicia laboral y otro del último tercio del siglo, que en la Argentina estuvo absorbido por los juicios a las juntas militares y los crímenes de lesa humanidad. Y por fin, uno que hablara de nuestro siglo XXI y la irrupción de los llamados derechos de nueva generación (como los derechos ambientales, de los consumidores, las minorías, etc.).
Surgieron así los capítulos de Darío Barriera, que analiza juicio de residencia al virrey Cevallos (el juicio que se le hacía a todos los funcionarios jerárquicos de la colonia al terminar su período en el cargo, en el que debían rendir cuentas sobre su gestión ante el rey pero sobre todo ante la sociedad a la que habían gobernado); el de Raúl Fradkin que analiza el proceso seguido a un militar encargado del fuerte militar de Carmen de Patagones (fortín fronterizo y a la vez presidio adonde recalaban prisioneros comunes y perseguidos políticos en los años turbulentos que siguieron a la revolución de 1810) en 1815; el de Ricardo Salvatore, que analiza el célebre juicio que encabezó Juan Manuel de Rosas contra los asesinos de Facundo Quiroga en Barranca Yaco, en 1835; el de Lila Caimari sobre el "caso Castruccio" --de 1888, que fue célebre en su momento--, un inmigrante italiano que tramó un crimen perfecto contra su criado (otro joven inmigrante, en este caso francés), haciéndole firmar engañado una póliza de seguros de vida a su favor para luego envenenarlo; el que trato yo en mi capítulo sobre un hachero del monte jujeño que, en 1951, haciendo uso de los nuevos derechos laborales y de los flamantes tribunales del trabajo --creados solo dos años antes en dicha provincia-- le gana un juicio por despido a la compañía forestal para la que trabajaba; el de Marina Franco sobre la causa denominada " ESMA III", que juzgó los crímenes de lesa humanidad perpetrados en dicha dependencia militar durante la última dictadura, en particular los referidos a los llamados "vuelos de la muerte"; y el de Roberto Gargarella, que analiza la causa judicial que inciaron en 2004 contra el Estado nacional y de la provincia de Buenos Aires los vecinos de la cuenca Matanza-Riachuelo, por daños y perjucios, --el "caso Mendoza", que todavía está abierto--.

-¿Qué es lo que le gustaría que el lector encuentre en el libro?
-Creo que libro, además de abordar la historia argentina en el largo plazo desde una perspectiva y un lugar de observación original, plantea el tema de la relación de nuestra sociedad con el orden legal y el sistema judicial en el largo plazo.Y en ese sentido es interesante y tiene mucha actualidad, ya que es un tema que hace muchos años está instalado en el debate público, pero que ha estado dominado por la coyuntura y, últimamente, por visiones contrastantes y maniqueas que ha favorecido lo que se denomina "la grieta", que entre otras cosas ha empobrecido de manera notoria todos los debates sobre nuestros problemas. En ese sentido, creo que el libro aporta a ese debate, muy necesario, sobre la relación de los argentinos con la ley, pero desde un lugar más distante y sereno, el del análisis histórico, procurando aportar una mirada de largo plazo a un tema o un problema que es mucho más antiguo y mucho más amplio y complejo que --por poner un ejemplo de los más trillados-- el "problema" de la justicia federal de Comodoro Py en los últimos años.

-¿Por qué el título?
-Alude al punto de vista adoptado. Al banquillo (o el "estrado" judicial, como figuraba en la versión original del título, luego modificada) como punto de observación de cada momento de nuestra historia que abordan los distintos capítulos. Por eso también el subtítulo ("escenas judiciales de la historia argentina") que da la idea de diferentes actos que, como en una obra de teatro, escenifican distintos momentos de la historia argentina. A su vez "escenas" solo, sin artículo, quiere dar la idea de que son distintos actos en los que se despliega una trama, pero que tienen autonomía y se pueden leer por separado, con independencia de las otras escenas.

-¿Las leyes deben acompañar los cambios de la sociedad?
-Es un viejo debate de la literatura jurídica, así como de la historia del derecho y la llamada "nueva historia legal" (la que, a diferencia de la anterior --escrita sobre todo por abogados y juristas-- escribimos los historiadores profesionales que nos especializamos en temas legales y trabajamos con fuentes judiciales). Más que "deber" acompañar el cambio social, es un hecho que las leyes no surgen por capricho, ni en general por la voluntad de una persona poderosa o un gobierno determinado..., digamos, "porque sí". Más bien la observación de la experiencia histórica indica que el orden legal es producto de la sociedad a la que pertenece, sus conflictos, armonías, creencias, valoraciones y prejuicios, y que por consiguiente también cambia con ella, aunque no necesariamente al mismo ritmo. Por poner un ejemplo que conozco bien, los derechos laborales se materializan en leyes positivas en el mundo occidental recién hacia la segunda década del siglo XX, luego de muchos años en que los trabajadores venían sufriendo condiciones abusivas, precarias e insalubres en sus ámbitos laborales y a pesar de la prédica en favor de la protección de los trabajadores que venían sosteniendo distintos sectores del mundo político, académico, jurídico y religioso desde por lo menos todo el último tercio del siglo XIX. Y no fue sino hasta el estallido de la denominada "cuestión social" --con su ola de huelgas, producto de una organización creciente de los trabajadores que potenció su acción colectiva-- y el advenimiento de gobiernos más progresistas, sensibles a esa "cuestión", que dichos derechos, por los que se venía bregando desde tiempo atrás, se materializan en cuerpos legales.

-¿Es complejo trabajar sobre el material judicial y llevarlo a lenguaje compresible  para todos?
-En verdad, no tanto, porque como dije, cada juicio es una trama fascinante que tiene mucho de tensión dramática, en la que es bastante fácil sumergirse, una vez superada (y aprendida) cierta jerga procesal que, como se repite una y otra vez en los expedientes, no es complicado descifrar de una vez y para siempre. Por eso es también relativamente sencillo transformar esa pequeña novela de enredos que son los juicios --una vez despojado de esos tecnicismos propios del lenguaje judicial-- en un relato accesible e incluso ameno para el lector común. 

-¿Por qué la Justicia están tan cuestionada en esta época?
-Es difícil establecer una causa. Los casos de corrupción notorios que afectan a algunos miembros del poder judicial (y que han existido en todas las épocas), sumado a las deficiencias o criterios quizás desactualizados de nuestro sistema penal, que aparece como perplejo frente a delitos cada vez más sofisticados y a delincuentes que a su vez son víctimas del deterioro de los lazos sociales (los jóvenes o incluso niños) ha expuesto especialmente al sistema judicial, que no parece reaccionar de la manera que la sociedad (o cierto sector informado de la sociedad) pretende. Y como los casos más alevosos (crímenes aberrantes, corrupción de funcionarios, policías o de los mismos jueces, etc.) se difunden en seguida entre una sociedad hiperconectada, que reproduce las noticias a una velocidad increíble gracias a la posibilidades que dan las redes sociales, es muy fácil construir una condena pública en cuestión de horas, que englobe a todo el "sistema" y confirme esa condena con cada nuevo caso, que luego es muy difícil contrarrestar o considerar con más serenidad y aplomo, como corresponde o es propio de los tiempos procesales del sistema judicial. Y como encima esos caso son utilizados políticamente a ambos lados de la grieta con la misma velocidad y eficiencia, no es fácil salir de ese círculo vicioso y vertiginoso de desprestigio en que se ve sumido todo el poder judicial, que es seguramente muy injusto para con una mayoría de los actores del sistema.

-¿Hubo otras de tanto cuestionamiento?

-Creo que no, pero en gran parte por los motivos que acabo de señalar de la velocidad en que hoy se propagan las noticias y se construyen relatos de espanto y condena colectivos. Porque leyendo los capítulos del libro, uno advierte que la sociedad argentina de otros tiempos también se involucró con los casos judiciales, y los siguió con mucho interés y a veces también con cierto morbo, como el interés que despertó el "caso Castruccio" en los años ochenta del siglo XIX, que analiza Lila Caimari en su capítulo. Entre otras cosas que describe Lila, está esa fascinación que despertó el caso de esta mente criminal en la prensa amarilla de Buenos Aires en ese momento y el interés que suscitó entre los lectores porteños de entonces, ávidos de noticias de ese tipo. O la saña con la que, esa misma sociedad porteña, descargó su furia contra los cadáveres de los asesinos de Facundo Quiroga, colgados en la plaza pública luego de ser condenados a la horca, como describe Ricardo Salvatore en su capítulo. 

-¿La mirada a los jueces  y fiscales ha cambiado con el tiempo?
-Desde ya, esa apreciación --como todas las de una sociedad dada-- es histórica y variable. Y no es lo mismo la imagen de la autoridad que tenía un habitante de Buenos Aires o Santa Fe en el siglo XVIII sobre los jueces de la Audiencia o los alcaldes mayores del cabildo, que la que tenían los habitantes del mundo rural sobre los jueces de paz al promediar el siglo XIX, la que tenían los trabajadores sobre los jueces laborales a mediados del siglo XX, o las víctimas de los crímenes de la última dictadura militar sobre los jueces que juzgaron a las Juntas o los que se encargaron de la restitución de los hijos de desaparecidos sustraídos por los represores. Y --para no eludir los debates candentes de la hora-- todas ellas se diferencian también de la ola de desprestigio generalizado que padece "la justicia", "los jueces", o "la corporación judicial" en la Argentina de hoy, que se reafirma y propaga de forma muy eficaz a través de la vorágine incesante de noticias y escándalos que reproducen en tiempo real las redes sociales.

Pero aún con todo eso, es interesante cómo, en el largo plazo, la sociedad argentina ha confiado en la justicia y lo sigue haciendo, a juzgar por la frecuencia con la que sigue llevando sus problemas ante los jueces, sea para reclamar derechos humanos violentados (el caso ESMA), reivindicar derechos como el uso responsable del ambiente (el caso Mendoza), o cosas más cotidianas como el cobro de una indemnización laboral o una disputa de carácter familiar, algo que el libro muestra muy claramente. En ese sentido, sus capítulos develan una paradoja (una institución tan criticada y devaluada, a la que sin embargo --hoy como ayer-- seguimos confiándole la solución de nuestras diferencias) que debería hacernos pensar el tema o el problema de "la justicia argentina" con más serenidad y distancia que lo que nos exige de forma urgente el ritmo de la televisión o Twitter.  

-¿La justicia puede resolver todos los conflictos?
-Más allá de sus capacidades, lo importante es que no todo el conflicto social pasa por los tribunales ni termina dirimiéndose ante instituciones formales. Eso sirve de advertencia al historiador, para que no se vea tentado a identificar el conflicto social en un determinado contexto histórico con el que "ve" en los archivos judiciales. El conflicto que allí se conserva es, valga la redundancia, el conflicto judicial, esto es, la porción de esos conflictos societales que por diversos motivos y cálculos estratégicos la gente cree que es más conveniente dirimirlos ante un juez en vez de privadamente.

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