El miércoles, falleció Kirk Douglas y fue una pena, más allá de que era algo más o menos previsible si tenemos en cuenta que el hombre tenía 103 años, vivió una vida plena y fue uno de los más grandes actores de Hollywood, cuya carrera está plagada de obras maestras entre los años cuarenta y ochenta. Más allá de ser el padre de otra estrella (Michael Douglas, que tiene setenta y cinco, dicho sea de paso), Douglas tiene la particularidad de ser algo así como un nombre “bisagra” entre dos generaciones de actores de cine: la que se formó ante la cámara y la que provino de las escuelas como el Actor’s Studio y el famoso “Método”. El estilo a veces sanguíneo y crispado de Douglas, combinado con una presencia cinematográfica que confiaba en la cámara -es decir, confiaba en el director- le permitió un estilo raro. De hecho, solo Douglas logró que algunos momentos que podrían interpretarse como “sobreactuación” transmitan una intensidad noble, sean creíbles para el espectador. Otra cosa interesante: uno nunca podía saber si Douglas era “bueno” o “malo”, para qué lado iban a bascular sus criaturas, un rasgo que tuvo en común con otros dos grandes con los que ha compartido pantalla, Robert Mitchum y Burt Lancaster.

Seguramente quiera saber qué es lo mejor de su carrera. Vamos a pasar por alto tres de sus películas más famosas: Espartaco -que él salvo del desastre cuando el realizador Anthony Mann abandonó la producción: fue Douglas el que llevó a Stanley Kubrick-; la gran adaptación teatral La antesala del infierno, narrada casi en tiempo real en una comisaría donde llega la tragedia; y Cadenas de roca, de Billy Wilder, sobre un periodista especialmente inescrupuloso. En los tres casos, la fama de las películas y el aplauso para el actor parecen más fruto de elementos “extra cinematográficos” (la parte más política de los filmes) que el universo puramente de cine. Vamos pues por el otro camino.

Con Robert Mitchum en Retorno del pasado

Hay una colaboración central, las tres películas que hizo con Vincente Minelli: Cautivos del mal, Sed de vivir y Dos semanas en otra ciudad. La primera narra con flashbacks (y muy inspirada en El Ciudadano) la historia de un magnífico caradura, productor de cine que quiere volver a juntar a sus colaboradores para un nuevo proyecto (gente que tiene motivos para odiarlo). Más allá de ser una película “en clave” (cada personaje se inspira en alguien de la vida real), es una gran reflexión sobre el arte y el poder. Dos semanas... continúa el tema del cine y Douglas es un productor que va a solucionar un espantoso rodaje en Europa, lo que lleva al melodrama. Pero Sed... es quizás la mejor. Biografía desaforada y llena de color de Van Gogh, Douglas le comunica al personaje una intensidad inexplicable y Minelli hace de la vocación artística el equivalente de la vocación religiosa.


Douglas en Espartaco
 

Lo mejor que hizo con Kubrick -y de lo mejor del director- es sin dudas La patrulla infernal. Es cierto que Kubrick se quiere burlar de la disciplina militar y a veces impone un humor sardónico que no viene a cuento. Pero Douglas inyecta en cada una de sus escenas una gran humanidad, que sumada al realismo de la puesta en escena y a los movimientos increíbles de la cámara en la trinchera, nos comunican todo el horror de la situación. La patrulla... es el caso donde un actor equilibra con talento el desborde del autor.

Douglas fue un gran personaje de westerns. Dos son centrales: La pradera sin ley, de King Vidor -otro gran especialista en personajes apasionados arrastrados por la pasión irracionaldonde interpreta a un justiciero al margen de la ley en el Oeste salvaje; el otro es Duelo de titanes, de John Sturgess, una de las versiones del duelo en el OK Corral donde él es un Doc Hollyday arrastrado por la enfermedad y la necesidad de aventuras, y Burt Lancaster es un Wyatt Earp que equilibra la balanza.

Otra colaboración “repetida” y poco recordada fue con Brian De Palma. Hicieron dos filmes juntos, uno de ellos producido por el propio Douglas. El primero fue La Furia, un drama de espionaje sobrenatural que parece una secuela de Carrie y donde Douglas es un padre desesperado por hallar a un hijo con poderes asesinos. La contrafigura de Douglas era otro genio, John Cassavetes (el final de la película está entre lo más increíble de la historia del cine). El segundo, que produjo, fue Home Movies o Intimidades de un director, una parodia de cine dentro del cine donde Douglas es un director y profesor de realización llamado “El Maestro” que a su vez se filma educando a sus discípulos, uno de ellos con una familia que recuerda a los locos Addams, pero peor. Melodrama paródico hasta la deseperación y filme casi oculto.

Y si quieren, como todo actor clásico, era capaz de mostrar talento en aventuras desaforadas y coloridas. Hay tres filmes, dos de ellos con Richard Fleischer, que lo demuestran: 20.000 leguas de viaje submarino (para Disney, de paso), Los vikingos (gran fantasía) y la producción italiana Ulises (nadie olvida cómo ciega a Polifemo, película habitual en las tardes de los setenta). En las tres películas es un aventurero simpático a pesar de las adversidades y las maldiciones, y sale adelante -incluso perdiendo algún ojo- con una sonrisa crispada en el rostro.

Aunque quizás la gran obra maestra, su película más representativa, sea Retorno del pasado, de Jacques Tourneur, un noir extraordinario donde Douglas es un millonario turbio, Jane Greer es su esposa y mujer fatal, y Robert Mitchum, un ex detective privada al que un amor del pasado vuelve para, básicamente, destruir su vida. El juego equilibrado entre el hieratismo de Mitchum y la pasión de Douglas le otorgan a la película una dimensión trágica poco frecuente en el cine de hoy. Bueno, como actores como Kirk Douglas.

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