Es época de cuarentena, pero con la habilitación de la venta de libros por delivery, se abre una etapa de opciones para quienes lo prefieren al ebook. En este contexto, BAE Negocios dialogó con el escritor Osvaldo Aguirre.

—¿Cómo hace la literatura para competir con la realidad cuando esta parece ciencia ficción?
—La literatura no se agota en una cuestión de contenidos. También supone una forma de ordenar la experiencia. La realidad es caótica, desordenada, confusa; la literatura nos permite comprender, reflexionar. En ese sentido, la realidad nunca supera a la ficción. Por otra parte, en medio de la pandemia, hay una especie de ansiedad por encontrar antecedentes en la literatura: La peste, de Camus; el Decamerón, de Bocaccio. Le reconocemos a la literatura un poder de anticipación, de poder ver o entrever o pensar lo que está más allá de la coyuntura. Y también es como si buscáramos en esos antecedentes algún alivio, como si quisiéramos comprobar a través de la literatura que la humanidad pasó por otros trances como el que enfrentamos y sobrevivió para contarlo. En ese sentido, la realidad siempre está atrás de la ficción.

—¿Cuál es el rol de la novela negra?
—Ir en contra del sentido común, desestabilizar los prejuicios sociales, poner entre interrogantes los consensos en torno a la ley y al castigo. Hoy vemos que hay un sentido común represivo fuertemente instalado a través de los medios y de las redes, que normaliza la agresión, el odio, la homofobia, la discriminación. Un sentido común que pretende solucionar los conflictos con más represión, una sociedad que se desentiende de la violencia que produce, que se preocupa por la posible liberación de Robledo Puch, después de pasar medio siglo en la cárcel, pero que no se inquietaría demasiado con la libertad de Etchecolatz. No es una cuestión de cumplir un deber, pero a mí me interesa la novela negra que pone el foco en esas cuestiones.

—¿Esta banda esta inspirada en alguna real?
—Los personajes de Leyenda negra están inspirados en personajes que conocí como cronista policial en Rosario, en particular los integrantes de una banda de asaltantes de bancos y piratas del asfalto. Cubrí algunos de esos casos y después hablé con algunos de ellos en la cárcel de Coronda. Pero no es una transposición directa, hay mucho de ficción. En todo caso diría que los personajes, la historia y las voces surgen de la sedimentación de esa experiencia como cronista, un período que para mí fue de enorme aprendizaje, en todo sentido.

—¿Por que la idea de incorporar a la trama a un periodista?
—Tal vez porque un periodista tiene un grado de llegada a las historias que a veces no tienen otros actores. Siempre me asombró la cuestión de que las personas me abrieran las puertas de su casa, me permitieran conocer su intimidad siendo un desconocido, cuando atravesaban situaciones terribles, como suelen ser las de la crónica policial. Y también porque siempre estoy pensando en las formas del periodismo policial.

—Los villanos ¿son antihéroes?
—Sí, en el sentido de oponerse a la idea convencional del héroe, esas figuras inverosímiles, que no existen. No me interesan las versiones románticas sobre los delincuentes, esa fascinación tonta que a veces hay por algunos ladrones, me parecen engañosas. Pero tampoco se trata de compartir las representaciones más comunes: en general, sobre todo en el periodismo, vemos que cuando un cronista se acerca a un delincuente lo hace con una carga de prejuicios y de moralina que nos impide escuchar a esa persona. Hoy vemos un periodismo que alza el dedo acusador, que condena antes de escuchar. Cuando un cronista visita una cárcel parece que descendiera a un infierno para mostrarnos una curiosidad, un monstruo, no escucha qué tienen para decir. ETraté de hacer hablar a unos asaltantes despojándome de esos prejuicios.

—¿Tenes predilección sobre alguno de los personajes?
—¡Me gustan todos! Y lo que me gusta en particular es que la historia no sea en blanco y negro, sino que tenga matices, que los personajes muestren rasgos atractivos pero al mismo tiempo detalles que no compartiríamos, que nos hacen tomar distancia. Un poco como pasa en la realidad, ¿no? La empatía ciega no nos permite pensar. En Leyenda negra, por ejemplo, está el Duque que aparece como un personaje enigmático, pero al mismo tiempo se sugiere que estuvo en la represión durante la dictadura; Dámaso, el protagonista, tiene el perfil del delincuente mítico pero al mismo tiempo es un machista. El mundo clásico del hampa, es un reducto machista, una especie de reservorio de valores atrasados en cuanto a las relaciones personales.

—¿Es más complejo relatar el submundo que el mundo conocido?
—Si, por esa cuestión de los prejuicios que lo rodean, esa visión predominante que no quiere saber nada al respecto, que solo quiere cárcel y si fuera posible también pena de muerte, y sobre todo que no quiere saber en qué está comprometida, qué responsabilidad tiene en la violencia.

—¿Qué se hace con la corrupción policial institucionalizada?
—Qué problema. ¿Tal vez desarmar los circuitos de la corrupción? Legalizar el consumo de marihuana podría ser parte de la solución, ¿no?: el narcotráfico es un negocio que necesita la prohibición del consumo y a la vez cierta protección institucional para funcionar.

—La cuarentena ¿te ayuda a escribir o por el contrario?
—Ni una cosa ni la otra. Uno siempre está pensando en algo que escribe o que puede escribir; haya o no haya cuarentena, siempre está un poco con la cabeza en otra parte. Mi novia me lo reprocha.

—¿Leer ayuda en tiempos de cuarentena?
—Sí, en parte por lo que decía antes: la literatura nos permite pensar en lo que ocurre, nos alivia en cierto sentido. Y también porque nos distrae, nos saca de la angustia.

—¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
—Cuando era chico y leía las novelas de Emilio Salgari: me fascinaba ver la cantidad de libros que había escrito, era una biblioteca infinita, pensaba que dedicarse a escribir tenía que ser algo maravilloso.

Título: Leyenda negra
Autor: Osvaldo Aguirre
Editorial: Tusquets
Páginas: 224
Precio: $680

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