Muchas veces se dice que el cine de Hollywood es cine "yankee". Es cierto que utilizamos el término "yankee" o "yanqui" (deslicémosnos al castellano) como sinónimo de estadounidense, pero convengamos que su carga es, siempre, peyorativa. Sin embargo, el cine de Hollywood es mucho menos "yanqui" de lo que se cree, y siempre tuvo una relación polémica, a veces incluso de enfrentamiento directo, con la entidad nacional y legal que llamamos Estados Unidos, con su gobierno o con sus formas. Es curioso, pero las películas más exitosas de la historia son profundamente "anti-yanquis" en el sentido más preciso de estos términos. El ejemplo básico y cabal es Lo que el viento se llevó (HBO Max), aún hoy -si actualizamos por inflación el costo de las entradas- la película más vista (en cines) de la historia.

Definamos "yanqui". La tradición yanqui es el industrialismo protestante, más bien materialista y un poco alejado de lo religioso, que proviene de la herencia británica en las colonias, luego estados, del noreste de los Estados Unidos. Mientras que la otra tradición, la del sur (o, para usar un término que le gusta al crítico argentino Ángel Faretta, conocedor profundo del tema) "dixie", una economía rural basada en el esclavismo, con fuertes raíces católicas (producto de la herencia irlandesa, francesa y española que abunda en los estados del Sur) y cristianas en general. Es decir, la Guerra de Secesión no era solo entre dos modelos económicos sino entre dos modelos culturales: uno más ligado a la tradición europea latina y otro, a la tradición insular anglosajona.

Hollywood fue hecho, básicamente, por inmigrantes. Muchos judíos que escaparon de los progrom antisemitas de Europa del este, ex integrantes -desde 1914- del disuelto Imperio Austrohúngaro, italianos, españoles y no pocos latinoamericanos. Incluso británicos no protestantes (Chaplin y Hitchcock, sin ir más lejos) y estadounidenses que revindicaban sus raíces europeas o de pago chico (John Ford, que se decía irlandés -aunque nació en los EE.UU.- y no ocultaba su catolicismo). Lo de la religión es importante porque pone en juego la cuestión de la puesta en escena: el protestantismo es austero en ese sentido, casi minimalista; el catolicismo, no.

A Hollywood, desde siempre, se lo acusó en la prensa "del Este" (con núcleo en Nueva York) de ser el hogar del vicio. Lo que derivó, a partir de 1936, en una censura de la propia industria, el "Código Hays". Pero no vayamos tan lejos: el Poder estadounidense siempre desconfió de Hollywood incluso cuando Hollywood apoyó al país en momentos difíciles, notablemente durante la Segunda Guerra Mundial (vean al respecto Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood, y Capitán América-El primer vengador, de Joe Johnston). 

Lo que el viento se llevó es, pues, un síntoma. La única novela de la periodista Margaret Mitchell se convirtió en un éxito instantáneo y todo el mundo quería verla en la pantalla. La historia es la de una joven heredera del Sur, Scarlett O'Hara, hija de un irlandés y una francesa. Caprichosa y manipuladora, la Guerra de Secesión la deja sin nada. Cuando termina, jura que empleará cualquier método para no pasar hambre. Se casa entonces con el aventurero -pero noble- Rhett Butler, un hombre del sur que, aún apoyando la causa perdida, se hace rico comerciando (y contrabandeando) en medio de la guerra. Deciden poner una maderera con los "valores" comerciales del Norte, pero su fuerza de trabajo es, nuevamente, esclavista: presidiarios en lugar de negros esclavos. La segunda parte de la novela es la vida en esta "riqueza": la pareja no funciona casi nunca, tienen una hija a pesar de que Scarlett se niega a tener relaciones sexuales, y esa hija muere en un accidente (montando un pony que le han regalado, símbolo de opulencia). Tras la separación, Scarlett decide volver a sus raíces, a la hacienda familiar, y abandonar los valores del Norte.

La película es fidelísima a la novela salvo en un detalle: la primera frase del libro es "Scarlett no era bella". Pero el productor David O. Selznick sabía que una mujer "no bella" no podía sostener el hilo melodramático del filme (el argumento de ventas siempre fue el amor tenso y problemático entre los dos protagonistas) en casi cuatro horas de producción. Se decidió por Vivien Leigh después de dos años de casting. Era la mujer de Laurence Olivier, a quien el propio Selznick había invitado a los EE.UU. para filmar Rebecca, de Alfred Hitchcock. Dicho sea de paso, en Rebecca la protagonista es Joan Fontaine, hermana de Olivia de Havilland (coprotagonista de Lo que el viento...) y también esa película se llevó el Oscar principal en 1940, un año después que hiciera historia Lo que el viento... Hay mucho más para decir de la producción, a la que se le han dedicado al menos una decena de libros muy documentados. Pero veamos por qué se requiere verla.

Es una de las grandes películas en Technicolor, con una paleta hoy imposible. En 1939 el color no era el estándar del cine. Y eso lleva a un detalle, el trabajo con el contraluz: muchas escenas delante de una ventana en crepúsculo. Este detalle, del cual algunos se han burlado, es importante: se trata de narrar -se cuenta en el prólogo- la historia de un mundo que se desvanece, el "viejo Sur", hogar de la nobleza y la galantería (es decir, de la tradición europea contrapuesta al universo "yanqui"). Pero ese es un mundo que se desvanece, que está en el ocaso. De allí esos contraluces.

En última instancia, todas las desgracias que le sobrevienen a la indómita Scarlett (lo indómito se sintetiza en que siempre dice amar al hombre equivocado; como el Sur aceptando las reglas del Norte) son por volverse "yanqui". Así, el final es menos el de un melodrama que la declaración de que hay que volver a los valores del Sur. Es decir, ser "antiyanqui". La gran pregunta entonces: ¿Por qué es la película más vista de la historia una fábula contra el Estado norteamericano?

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Leonardo Desposito

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