"Es un desvío de otra historia que estaba escribiendo. Pero si tengo que ser más precisa, había un germen, un nudo de Otras cosas por las que llorar en un cuento que escribí hace muchos años. A partir de ese desvío, y de ese nudo, fui desatando la historia en la que al final se convirtió la novela", dice a BAE Negocios la autora Luciana de Luca.

— ¿Por qué el título?
— Es un hallazgo de mi editora, Paola Lucantis. Y creo que tiene que ver con esta idea de la protagonista, que está a medio camino entre el estoicismo, la resistencia y la negación. Hay una tensión permanente en la historia entre la frustración, el enojo y la necesidad de seguir adelante, de continuar viviendo. Entre la rabia y la supervivencia.

— ¿Cuánto duele el olvido?
Mucho. El olvido es una herida y a la vez algo natural. Creo que tiene estas dos caras: el olvido como un desmoronarse, como algo no deseado, que desarma y desintegra, y el olvido como parte natural de la vida, porque sería imposible recordar todo, conservar la memoria intacta, fresca. Las dos, me parecen, son dolorosas.

— ¿Qué sucede con la mujer y el paso del tiempo en su cuerpo?
— Hay distintas maneras en las que opera el tiempo sobre los cuerpos. Si hay enfermedad o si no; si hay plenitud o si eso falla. Entonces, los caminos posibles son muy diferentes. Lo que sucede con la mujer y el paso del tiempo en su cuerpo es lo que tiene que pasar, lo natural, lo que esperamos. Y hasta lo deseable: se envejece porque se vivió. Socialmente, la mirada es otra. Ser productivas — en términos de reproducción, en términos de capitalismo— y cumplir con ciertos estándares de estética canónica, estar disponibles según la valoración de los otros, es lo que se nos exige a las mujeres. Más que a los hombres, me parece. En ese aspecto — y en muchos otros—, somos tratadas con muchísima crueldad.

— ¿Por qué el patio lo planteaste como un lugar tan importante?
— La naturaleza está planteada como un refugio, como una entidad que acompaña, que no juzga, que en su aparente inmovilidad ofrece vida y consuelo. El patio es ese lugar que Carolina cuida porque quiere, porque elige cuidar. Es, casi, lo único que elige querer libremente.

— ¿Cuánto le cuesta a Carolina pelear contra los mandatos?
— Le cuesta tanto que la única forma que encuentra de romper con ese silencio vital, con esa sumisión, es monologar, en el contexto de una enfermedad que la amenaza, que la deja en jaque. Ese quiebre, esa grieta por la que se escapa su reflexión, solo es posible ante lo irreversible. Y, de alguna manera, esa reflexión es la que la ayuda a definirse, a reconstruir su identidad, a encontrarse. Le da la oportunidad de hacerse una voz.

— ¿Qué te gustaría que el lector encuentre?
— Crudeza, poesía y honestidad.

— ¿Es más difícil escribir para adultos o para chicos?
Escribir me parece difícil. Es algo que va en contra de casi todo lo demás: del tiempo, de lo que demanda la vida cotidiana, del trabajo, de la dispersión, de la pandemia. Y creo que, justamente, la gran pelea es ir restándole tiempo y espacio — real y mental— a todo lo demás, al menos todo lo que se pueda. Escribir literatura para niños se parece más a un juego. Me dispone de otra manera. Siempre es una zona luminosa.

— ¿Qué rol te parece que ocupa la literatura en tiempos de pandemia?
— Creo, y espero que sea así, ver que hay mucha gente leyendo, eligiendo libros para pasar — en el mejor sentido de la frase— , el tiempo. El tiempo se pasa de otra manera leyendo. Para mí, de una manera mejor. En mi caso, los libros son un sostén, un reparo, una necesidad.

— ¿Cuándo supiste que querías ser escritora?
— Escribo desde los 7 años. Aunque a veces fantaseé con ser otras cosas, toda la vida escribí y supe que la literatura era vital. Así que la respuesta sería desde siempre.

— ¿Tenés miedo a la página en blanco?
— A veces. Sentarse a escribir es una especie de pulseada con una misma. Trato de no sufrir demasiado cuando no puedo. No siempre lo logro. Por lo general le dedico muchísimo tiempo a pensar las ideas. Es una especie de economía literaria involuntaria: cuando me siento a escribir es porque tengo que hacerlo.

— ¿Cómo viviste la pandemia como escritora?
— Como escritora — y casi en todos mis otros roles— la padezco como creo que casi todo el mundo. Muchas veces la preocupación y el miedo fueron barreras que no me permitieron conectar con la escritura. Afortunadamente la pulsión por escribir, la fuerza con la que irrumpe el deseo, es lo suficientemente fuerte para no haberse apagado del todo.