Cuando se repasa la historia de las representaciones en el cine -es decir, qué y cómo se veía en las películas de acuerdo con las épocas- uno puede llegar a sorprenderse. Los tres ítems donde se notan mejor los cambios de costumbres son el sexo, la violencia y el lenguaje. Por caso, nadie hubiera escrito "pelotudo" en un diario hace treinta años, como estamos haciendo en la presente oración. Con el cine pasa lo mismo: cuando este escriba era adolescente (poco después de la desaparición de los dinosaurios, antes de la llegada de Colón), un pezón implicaba la prohibición del filme para menores de catorce años; una "mala palabra", lo mismo. Como los productores sabían que esto implicaba restringir el público, no se hablaba mal ni se disponía de sexo o desnudez. Pero en esos mismos tiempos en el resto del mundo y tímidamente acá, ya existía un circuito pornográfico donde el sexo explícito tenía un lugar. También se había roto la barrera de la violencia desde mediados de los años sesenta, cuando el gore de H.G. Lewis (Blood Feast, 1,000 Maniacs) había encontrado en el circuito independiente y clase B un hogar. Poco a poco, el cine europeo que ingresó a los Estados Unidos se acopló al cambio de costumbres que sobrevino tras los discursos de "valores familiares" de la Era Eisenhower, en los años cincuenta. Ese caldo de cultivo fue, quince años más tarde, lo que provocaría la legalización del porno y, antes, la aparición de un cine crudo, violento y no necesariamente obligado al final feliz para tener éxito, el cine de Coppola o Scorses, por ejemplo. En la Argentina eso tardó bastante más, hasta el final de la dictadura.

Perdón por la historia contada caóticamente, pero en realidad el objeto de esta página, hoy, es acercarles una joya (?) de los primeros tiempos del cine en cueros. Vamos a tratar de explicar por que House on Bare Mountain, disponible en Eroticage.net desde esta misma semana, gratis y completa y en buena copia, vale la pena. Sobre todo si se tiene en cuenta que es una película sin estrellas, sin virtudes técnicas especialmente notables, sin secuencias pornográficas -que es el motivo, en gran medida, de estas columnas- y, de paso, sin subtítulos. A pesar de todo ello, repetimos, hay que verla (al menos hasta donde se soporte) porque representa un hito histórico.

La ¿historia? es más o menos así: un montón de chicas va a una casa a pasar vacaciones, tomar sol, ir a la pileta. Hay unos monstruos (Frankenstein, el Hombre Lobo, Drácula) cuyo maquillaje parece realizado por Stevie Wonder. Las persiguen. Pero al final hay una fiesta que se descontrola porque Frankenstein le pone alcohol al ponche. Todo termina en caos, twist, intervención policial, coima y más twist. Detalle importantísimo, las chicas pasan la mayor parte del tiempo desnudas, aunque nunca se ve el sexo femenino (sí senos y colas, no "la parte de adelante"). Todo está filmado en colores. Los títulos de apertura mencionan a todo el elenco. Evidentemente son seudónimos (hay un -o una- tal "Fran Sinatra", sin la "k") y no faltan chistes (Casting: "Deceased", o sea, "Fallecido"). Una de las cosas más interesantes de la película, de la que no nos damos cuenta hasta el final, es la habilidad de las chicas para mostrar todo menos lo que no se podía mostrar. Es importante este punto porque, por algunas acciones legales, se estableció que no implicaba delito de inmoralidad y obscenidad mostrar gente desnuda. En esos tiempos, se estrenaban en circuitos no demasiado regulados (ahora vamos a eso) "documentales" sobre campos nudistas y cosas por el estilo, una especie de coartada para mostrar piel al aire.

Porque hay un detalle que nadie explica bien. En los Estados Unidos el estado no interviene en la regulación de qué se puede ver o no, o a qué edad. Es la fuerza de la Primera Enmienda de la Constitución de ese país, que garantiza la libertad de expresión. El sistema de regulación es generado por la propia industria, y quienes lo establecen (ahora) son los estudios, reunidos en la Motion Pictues Association of America (MPAA), que además vela por los interese del cine americano en todo el mundo. Lo que implica, de paso, protestar cuando un filme es calificado solo para adultos cuando se busca que sea apto para más público en algún mercado. La calificación por edades, que en la Argentina existe desde por lo menos comienzos del sonoro, en los EE.UU. proviene de los años sesenta. Antes era todo apto para todo público, sometido a un código de censura (el Código Hays) también creado y administrado por los estudios.

Pero eso nunca fue obligatorio. Si uno quería hacer algo por fuera del sistema y no someterlo a calificación, los distribuidores le ponían una "X" y listo. Quedaba fuera de los cines grandes, de los estudios, pero recorrían los miles de cines independientes del interior del país, y hacían unos pesos. La clase Z, el gore y estas "películas de desnudos" (o "Nudies") eran constantes y se solían pasar en los autocines en programas múltiples con westerns, películas de terror y cosas así.

Volviendo a House..., es un ejemplo clarísimo de esa clase de películas. Hoy, además, sería totalmente infilmable porque los tiempos son mucho más políticamente correctos que en 1962. En el final, hay muchas chicas totalmente desnudas bailando y tomando alcohol del pico, incluso bañándose en ginebra (aunque no hay manoseos indecentes incluso a pesar del tremendo caos que parece mostrarse). Hay un señor disfrazado de mujer que es la caricatura (vieja) de un gay tal como se los veía en esos tiempos. Y se fuma mucho. Por otro lado, cosa muy interesante, las chicas hoy serían consideradas "gordas" (de ninguna manera lo son, muchas son muy lindas además), pero lo que importaba no era la "perfección" (?) física sino la actitud: estaban desnudas. En el fondo, muy ingenua y con momentos cómicos que recuerdan a Los Tres Chiflados (pero mal hecho), la película no es más que una excusa voyeur en tiempos de represión sexual masiva y representasiones siempre alusivas. Si quieren ver cómo cambió la sociedad en sesenta años (para bien y para mal, cuidado), esta es su película.

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Leonardo Desposito

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