La semana pasada una sombra se cernió sobre los tiernos recuerdos de los cuentos de hadas y sus versiones audiovisuales: un par de periodistas con alta corrección política en sangre, quisieron que se cancelase la escena del beso con el que el Príncipe despierta de su muerte aparente a Blancanieves al final del clásico de Disney de 1937. No me voy a citar -no es norma en este medio que los redactores hablen de sí mismos- pero dado que quien suscribe es especialista en la historia del cine de animación, demostró un par de cosas: que el beso no fue "no consensuado" (tal parecía ser el problema) y que quienes tienen la mente sucia son los que ven mugre. En www.baenegocios.com hay una nota con las explicaciones al respecto, como para no perder demasiado tiempo en una noticia pasada.

Pero sí perdamos tiempo con los cuentos de hadas. Dos escritores en las antípodas estilísticas y estéticas, J.R.R. Tolkien y Vladimir Nabokov, consideraban el cuento de hadas como una de las formas más altas de la literatura. No era un capricho snob: implicaba que un relato había calado tan hondo por su propia forma en el imaginario colectivo que se había vuelto anónimo pero sobrevivía a través de las épocas. Algo nos dicen Blancanieves, Cenicienta, la Bella Durmiente, Ricitos de Oro y los innumerables héroes de los relatos que recopilaron esos pedagogos y lingüistas llamados Jakob y Wilhelm Grimm en la primera mitad del siglo XIX. La recopilación se llamó "Cuentos de la familia y el hogar", pero el título puede ser equívoco. No tenía una intención didáctica: se llamó así el libro porque esos eran los relatos que, a falta de Netflix, se contaba la familia luego de cenar alrededor del hogar. Todos esos cuentos se basaban en alguna leyenda o mito antiguo pero, como demostró Tolkien, lo que les daba el sabor duradero no era el tema o la moraleja, sino su forma.

Blancanieves, ya que estamos, se basaba en un cuento escocés "Árbol Dorado y Árbol Plateado", que incluye una madre malvada y un príncipe con dos esposas que además se aman entre ellas (platónicamente, ya sé que el título de esta página  puede llevar a pensar otra cosa). No hay enanos, ni bosque,  ni casa en el claro. Esos elementos "pegaron" en el público y así, poco a poco, se convirtió en el relato que conocemos.

Pues bien: en gran parte de los cuentos de hadas hay alusiones y algo más al sexo. Cuanto más viejas las versiones (lean a Perrault, lean Piel de Asno), más aún, porque el sexo era algo que sucedía en la vida cotidiana, no necesariamente algo oculto o vergonzante, según las épocas. Que se lo aludiera cada vez más de forma simbólica es otro tema, es algo paralelo al crecimiento de la modernidad y de la transformación de todo en algo útil. Así, los cuentos de hadas pasaron a ser algo didáctico, un vehículo de la moral, una herramienta para que el público siguiera produciendo. Bueno, lo mismo que pasa hoy bajo el velo de la corrección política.

La cuestión es esta: hay cientos, miles, millones de parodias porno de los cuentos de hadas. Son de hecho lo más parodiado, incluso en animación (precaria) porno. En parte porque el sexo, como algo instintivo y animal, sirvió siempre para la burla de lo establecido y del poderoso. Y en parte porque, créase o no, el sexo cuaja perfectamente bien en los cuentos de hadas, porque se trata casi siempre (o siempre) de la salida de la infancia, de la última manifestación de la magia antes de que alguien se vuelva adulto. Y eso implica -aunque en general está sublimado o metaforizado- la iniciación sexual.

Entre todas las versiones (hay cientos, de verdad) porno de estos relatos, quizás la mejor sea Snow White and the Seven Dwarfs, de Luca Damiano. Damiano es un parodista italiano que hizo producciones habladas en muchos idiomas. En este caso, hay un par de elementos que le dan algo de pimienta a esta película porno de casi dos horas realizada en 1993. En primer lugar, el motivo por el que la reina manda matar a Blancanieves es que ella era la única dueña del sexo en el castillo hasta que el espejo le cuenta que Blancanieves ha descubieto cómo funciona su entrepierna. Segundo, porque el cast es acertado: Blancanieves, a pesar de ser una voluptuosa morocha de ojos verdes, realmente parece inocente, recién ingresada en los placeres del sexo; y lo mismo pasa con la reina, adecuadamente perversa desde la primera secuencia. Y en tercer lugar, porque incluso si es una broma pornográfica la vida de Blanquita con los enanos, reproduce el mismo esquema del dibujo animado clásico: es a través de su relación con ellos -y no con el príncipe, mero objeto de la trama- lo que implica ser adulta.

No, no es una  lectura forzada. Lo que sucede es otra cosa y debería enseñarnos el poder de los relatos tradicionales: en la medida en que se sigue el esquema mitológico del cuento, no importa si la versión es porno hardcore o apta para todo público: lo que se el relato comunica de esencial, atempora, universal, permanece y puede interpretarse sin problemas. De hecho, cualquier lector curioso puede encontrar esta película sin demasiado problema en los servidores XXX, con la salvedad de que hay pocas copias en italiano y la que suele encontrarse está en alemán. Y seguramente va a entender no solo quién le hace qué a quién (eso es pura imagen, imposible no entenderlo salvo ceguera y, en ese caso, para qué buscarlo) sino, sobre todo, por qué.

El porno es una de las formas más crudas del arte popular, y en eso se emparenta muy cercanamente con el relato oral, con la broma instantánea, con ese "fondo de olla" (la imagen es de Tolkien) a partir del cual se guisan los relatos más complejos, la pura literatura o el mejor cine narrativo. Cancelar el beso, en última instancia, sería cancelar un acervo universal. Por suerte don Luca Damiano hace que sea un poco más imborrable, un poco más que un casto labio sobre labio.

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