Aunque ya hemos hablado del asunto, confieso que me sigue desvelando. Hay razones para desconfiar de las películas de superhéroes, cómo no. Sobre todo, hay razones para desconfiar del negocio alrededor de ellas, que en muchísimas oportunidades modifica, altera, molesta, destruye el mucho o poco cine que puedan tener. Saturan el mercado, saturan las pantallas, saturan con la publicidad. Pero les recuerdo que siempre Hollywood operó de esa manera, y no por eso dejó de crear el mejor cine del mundo. Cuando el tiempo pasa, las películas quedan.

Lo cierto es que, de adultos, desconfiamos de la fantasía salvo que tenga que ver con el terror, porque el miedo a la muerte se instala en nosotros. Pero los superhéroes son el último (por ahora) escalón en el desarrollo del héroe cinematográfico. Empezó con el cowboy, que era el que ayudaba a conquistar la tierra salvaje americana para la civilización. Cuando la civilización se instaló, hubo primero una guerra contra la ley injusta (que en sus tiempos fue la Ley Seca) y el gánster se volvió un héroe impensado. Pero después la corrupción quedó como fondo de las ciudades, y el héroe fue el detective privado a la par del soldado de la Segunda Guerra Mundial, que luchaba contra la opresión. Cuando llegó la Guerra Fría, el héroe fue el espía (que podía ser serio, como en los filmes basados en John LeCarré, o un personaje de historieta, como James Bond). En los setenta, ante la caída de las certezas “americanas” gracias a Vietnam y Nixon, llegó el antihéroe, el protagonista de filmes como Taxi Driver. Y entonces llegó Star Wars y recuperó a todos los héroes “de antes” y los llevó al espacio (un espacio muy cercano al cuento de hadas, por otro lado). Y hoy, el héroe es el que puede enfrentar fuerzas que superan a lo humano: no es casualidad que su auge real sea posterior al 11/S, eso que nadie pudo prever.

Así hay que ver estas películas: la respuesta esperanzada, aunque sobrenatural, a un miedo que nadie pudo prever. Lista la genealogía, pasemos a las películas que un cinéfilo “que odie” el género debería ver al menos para comprenderlo. No son tantas, realmente. Vamos a dejar de lado joyas como Guardianes de la Galaxia, que no es realmente una película “de superhéroes” sino una mirada nostálgica sobre el cine de los ochenta. En principio, la primera gran película de superhéroes contemporánea es El Hombre Araña, de Sam Raimi. Raimi toma toda la iconografía de la tira, crea personajes similares a los dibujos y encuadra como si fuera una historieta. Pero toma realmente el tema base: la responsabilidad de tener un poder y la renuncia a una vida “normal” que se le exige siempre a un héroe, el que fuera. El héroe es, por definición, alguien que ayuda a la sociedad desde afuera. El final triste de la película gira alrededor de eso.

Luego, Iron-Man, de Jon Favreau. Aquí tenemos a un tipo que se hace superhéroe, pero no deja de ser él mismo. En cierto punto, es la contracara de Batman: lo único que tiene Tony Stark (eterno Robert Downey Jr.) es cerebro y dinero. Nada mas. Por eso es que carece de identidad secreta -o la deplora- y pone en juego otro tema: cómo alguien super poderoso no cambia la sociedad, no modifica el mundo para mejor. El tema queda más desarrollado a lo largo de toda la serie Avengers, pero aquí se nota perfecto.

Capitán América, el primer vengador, de Joe Johnston, es la mejor película estrictamente de aventuras de todo el conjunto. Porque nos recuerda la época en que nacieron estos personajes (justo cuando Hitler se alzaba en poder) y lo que implicaba enfrentar una amenaza que iba más allá de lo normal. Lo hace, de paso, recuperando modos, tonos e iconografía de los años 40, y de paso revisa el cine bélico de propaganda (y la propaganda misma). Visualmente es una de las películas más bellas de los últimos quince años, y está llena de grandes secundarios (Tommy Lee Jones y Stanley Tucci, por ejemplo).

Batman, el caballero de la noche, es una bella combinación de film noir, película criminal (que no es lo mismo), melodrama de aventuras, y comentario político. Batman no es realmente un “superhéroe” (como Iron-Man) en el sentido de que no tiene nada de sobrenatural: una bala con suerte lo puede matar. Pero lo que sí es fantástico es el Mal en estas películas, y aquí está encarnado por el mejor de los villanos de los últimos veinte años (y uno de los más grandes de la historia del cine), el Guasón de Heath Ledger. Que no tiene lógica, no tiene objetivos, es el puro caos, un payaso asesino que se divierte gracias a la generación de miedo. Y paradójicamente, queda claro que no hay diversión, no hay fantasía, sin el Mal y sin el miedo. Así que la película al mismo tiempo se pregunta por la naturaleza de este tipo de relatos. Y, de paso, nos dice que el cine de superhéroes es una manera hiperbólica de comprender el mal cotidiano.

El caballero de la noche: el mal como ente fantástico

Ahora bien, vamos a la película clave, que no es la mejor. Avengers-Endgame es el cierre de la saga de los Vengadores (hasta ahora) y quizás requiera ver varias películas anteriores, pero si no las ve también se entiende. Lo que importa aquí es que, para llegar al gran momento épico, la película pasa por una revisión de toda la saga y la comenta de una manera apacible. De hecho, es la película con mejores momentos de distensión y emoción del género. Se basa, para cerrar el círculo, en la decisión final: ante el fracaso del héroe, ¿vale la pena volver a intentarlo? ¿Vale la pena volver a la lucha cuando se sabe que no hay victoria definitiva, cuando además se requiere un sacrifi cio definitivo? Aunque no parezca, aunque esté arropada en una cantidad tremenda de efectos especiales, vale porque no responde del todo a esas preguntas, y de hecho el plano final implica una especie de renuncia. ¿Son tan tontas las películas de superhéroes?