Probablemente no le interese mucho lo que vamos a decir en este primer párrafo, pero aquí vamos: uno de los encantos del cine pornográfico de los años setenta consiste en su calidad documental. Calidad, de hecho, en general no contemplada por los realizadores, cuyo único interés era ganar dinero lo más rápido posible haciendo lo que se podía con lo que tenían a mano. Pero justamente esa (in)capacidad es la que le otorga un aura histórico a todas esas películas.

Empecemos por el tema "dinero". En los años setenta, la única manera de hacer películas era -perdón por la aparente redundancia- con película, rollos, ese material que se ponía en cámaras con motores. Quizás el lector sea demasiado joven y crea que siempre se utilizaron tarjetas de memoria o elementos digitales, pero no. De hecho, no se podía ver lo que se filmaba cada día en el momento: había que llevar los rollos de cada escena al laboratorio, revelarlos y luego pasarlos. La película virgen era cara y el proceso de laboratorio, más aún. Y luego había que montar esos pedacitos en una sola película, armar el rompecabezas, que llevaba mucho tiempo y los montajistas cobran por horas. Es decir: solo desde el punto de vista físico, la realización de una película era mucho, muchísimo más cara, y eso que no hablamos de fotografía ni de sonido (el sonido, claro, era también muy difícil de registrar: no había micrófonos inalámbricos, por ejemplo; y todo había que doblarlo después). Todo lo demás era también complicado y mucho más caro que en la actualidad, y los realizadores tenían que encontrar la manera de financiarlo. Lo más barato, curiosamente, eran la dirección, el guión y, curioso, la actuación.

Esto pasaba para todo el cine, pero era mucho más complicado para el cine porno. Había dos razones: más allá de que se hubiera transformado en legal en los principales mercados del mundo, su respetabilidad era casi nula. De hecho, se había generado un star-system paralelo porque quienes trabajaban allí no tenían mucha chance de ir a Hollywood (hay excepciones, claro, pero como "exotismo" más que como norma) y porque, después de todo, había que tener una disposición especial para tener relaciones sexuales frente a una cámara. Así que en general se trabajaba con lo que había o se conseguía. De todos modos, es notable que en cuanto el género se fue convirtiendo en industria, la producción encontró a quiénes filmar. Aunque, por cierto, había muchos trucos para bajar gastos.

Algo interesante que comenzó cuando el éxito de Emmanuelle en 1974 (que es bastante poco "porno", digamos) fue el europeo "porno-chic", la asociación del sexo con el lujo. Por un lado, se relacionaba con la idea de la "decadencia de los ricos", bastante popular desde siempre. El sexo "perverso" ("perversiones" que a lo sumo incluían sexo anal, tríos y lesbianismo, quizás una orgía si daba el presupuesto) era cosa de ricachones ociosos y mujeres reprimidas que encontraban en una aventura extraordinaria y aleatoria la forma de liberarse física y espiritualmente. Un cliché enorme que se repitió sobre todo en el porno europeo durante toda esa década prodigiosa. Pero que cuajaba bien con las restricciones presupuestarias: se conseguían amigos que prestaran barcos o autos caros para un par de tomas, se aprovechaban lugares turísticos o históricos (castillos, museos, etcétera) para filmar los días en los que estaban cerrados, etcétera. Lo último también permitía que apareciera un aura de lujo decadente y perverso, y los cineastas aprovechaban el asunto. En el fondo, muy en el fondo pero de modo cierto, el mundo de los "ricos y perversos" era una forma del universo de los cuentos de hadas, el "había una vez" mediado no por la distancia temporal o fabulosa sino por el dinero. Nadie sabía cómo era un millonario (salvo, obvio, los millonarios) y se podía volcar en ellos toda fantasía, por perversa que fuera, como en el siglo XVI se podía volcar en un bosque sombrío.

Vamos a ver un ejemplo. Se trata de la producción española Christina y la reconversión sexual, rodada un poco mas adelante (1982) pero en celuloide y para los cines. La dirigió Francisco Lara Polop en inglés (en algunos casos, bastante deficiente) gracias a que tenía también capitales estadounidenses. La protagonista se llamaba Jewel Shepard y la película tiene un elenco bastante grande si se tiene en cuenta que es de bajo presupuesto. La historia es la de una joven mujer con mucho, muchísimo dinero, siempre deseada por los hombres, a quien un buen día raptan para pedir un millonario rescate. Finalmente escapa y los malos son castigados. Fin. Bueno, no. No "fin". Durante el primer tercio de película, hay pocas escenas porno, pero las que hay son heterosexuales y más bien románticas. Durante el secuestro, Christine es seducida/forzada por un grupo de atractivas mujeres que la llevan a un paroxismo lésbico que, parece, influye de allí en más en su comportamiento. El último tercio implica el regreso a una normalidad que ya no puede ser como antes. En el camino, más allá de ampliar sus horizontes de experiencias sexuales, Christine también aprende el valor de la empatía, la humildad y el verdadero amor (o algo así). Si les dijimos "cuento de hadas" más arriba, sabíamos por qué.

Aunque en el núcleo de la película hay escenas de celos y de violencia entre mujeres que acercan la trama a un auténtico melodrama, lo más importante parece ser el aprendizaje moral de la "millonaria" que descubre que lo esencial no pasa por lo material (a menos, claro, que pieles y turgencias se incorporen al universo material) sino por lo que uno siente. Probablemente Frozen también diga lo mismo, por supuesto. Pero lo que nos interesa es cómo el sexo es aquí una metáfora de perversión que se muestra no para condenarlo sino para que el espectador se excite pero, al mismo tiempo, tenga una coartada moral: "tremendo cómo se pervierten los ricos, miren ese cuerpo". En general, todo esto está mal filmado, porque se hacía en poco tiempo (cada retoma era cara, rehacer una toma era para corajudos) y con lo que había a mano, muchas veces en la calle y algunas, en casas u hoteles prestados. Así que no solo vemos el panorama ideológico de esos tiempos, sino también, con bastante precisión, el mundo tal como era. Aquel porno es historia pura.

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Leonardo Desposito

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