No es frecuente encontrar una película pornográfica buena. En general, las más contemporáneas se dividen en dos categorías. Por un lado, las realizadas con cierto lujo y valores de producción que le otorgan un look "profesional", pero con el único interés centrado en la seguidilla de planos genitales a reglamento. El interés es inversamente proporcional a la duración de cada una de las escenas. Por otro, las (no) películas donde simplemente se tiene sexo en primer plano, y donde la justificación para que el ejercicio sexual tenga sentido se extingue rápidamente. ¿Qué importancia tiene que ese señor sea el plomero y esa señora un ama de casa pasados tres minutos de rodaje? En general, el porno industrial -dejemos de lado el amateur, los "castings", etcétera- caen en alguno de esos dos estantes. Muchas veces, en ambos.

El descuido por las preguntas básicas del cine (cómo se llega a una imagen, qué mueve a los personajes a hacer lo que hacen, cuánto dura un plano, desde qué punto de vista se filma) y sus herramientas es uno de los grandes motivos por los cuales estas producciones son vistas por la crítica, cuando se las menciona, como una rareza simpática que le sirve a los escribas para parecer descontracturados y populares. Como pasa con cualquier arte, aceptar acríticamente cualquier cosa lleva a su destrucción inevitable. Volvamos al principio: es muy difícil encontrar una buena película pornográfica. Así que tengo el placer de decirles que encontré una.

Primero, definamos qué es una "buena película pornográfica". "Buena" aquí no tiene ninguna connotación moral: una buena película es aquella que nos introduce en su mundo, nos causa emociones varias y nos permite creer que lo que sucede en la pantalla ocurre realmente, lo que multiplica esas emociones al infinito. Son buenas películas Más corazón que odio, El profesor chiflado, Tiburón, Los 400 golpes, Amarcord y Toy Story por esta razón, y poco tiene que ver el género. Por otro lado, son filmes que han superado los desafíos técnicos, que logran lo que se proponen. Están "bien filmados" no porque tengan planos bellos (hay una cantidad enorme de películas aburridas con "planos bellos") sino porque las imágenes son las que tienen que ser para generar en el espectador el efecto que buscan. No "la idea a transmitir", sino algo que es diferente para cada espectador a partir de los mismos estímulos. Es cierto que todos tememos al tiburón en las mismas escenas, pero para cada uno la intensidad y el efecto de ese temor será diferente: alguien reirá nervioso, alguien se tapará los ojos, y así, porque para cada uno esa misma imagen será interpretada de manera distinta. La habilidad del cineasta es la de conseguir esa emoción, no darle una dirección definida.

El problema del porno es que la emoción es básicamente física, la excitación sexual. Y lo paradójico es que cuanto más rutinaria sea la película porno, menor será esa excitación. Pues bien, Voyeur, de 1985, dirigida por un realizador bastante interesante llamado Chuck Vincent, cabe en esa categoría. La versión disponible en www.eroticage.net está hablada en ruso y es muy probable que el lector no comprenda demasiado. Sin embargo, con una leve sinopsis se entiende bastante bien. Hay un ex policía, ahora detective privado, contratado para seguir a una chica de alta sociedad muy promiscua. La espía y, como suele suceder en estos casos, se obsesiona con ella, hasta que al final la confronta. Hay muchísima películas no porno en la que el detective queda totalmente sometido a su objeto de persecución (pasa con Vértigo, de Hitchcock; pasa con Laura, de Otto Preminger; pasa con Pacto de sangre, de Billy Wilder, y es uno de los mitos del cine negro, el de la mujer fatal), pero en el cine "normal" no hay sexo explícito. Justamente, el detective se excita mirando lo que rodea a aquello que realmente quiere ver. Para no ser tan académico: el hombre anda caliente pero la mujer le deja ver solo el antes y el después del asunto. En cambio, una película porno que toma el tema necesariamente va a mostrar lo que en otros cines se sugiere. El efecto potencial de esa elección consiste en que perdamos interés.

¿Qué hace Vincent entonces con esto? No solo multiplica las relaciones sexuales y los -y las- partenaires, alternando secuencias heterosexuales, lésbicas, tríos y varios etcétera, sino que filma todo desde ángulos impensados, moviendo la cámara como un ojo nervioso. ¿Se acuerdan de esa broma de Lars Von Trier y un par de sus secuaces llamada Dogma '95? ¿Ese cine que renegaba de absolutamente todo artificio, incluso del trípode? Pues bien, Voyeur es, mucho antes de que al danés loco se le ocurriera, una película del Dogma. Pero no solo eso: como el protagonista es un ojo que observa clandestinamente, la cámara parece siempre ubicada detrás de ventanas, de escaleras, desde ángulos inverosímiles. Se siente en esos movimientos y esos planos la angustia del personaje, que es por partes iguales excitación física y celos. Y eso se consigue apenas con el recurso estético de filmar a partir de comprender al personaje y seguirlo. Y aquí la historia de ese voyeur detective es la de cualquier espectador que quiere espiar las sábanas del vecino.

Pero no todo termina ahí, para nada. Lo mejor de la película es que cada escena tiene nervio y eso se logra no solo con la interpretación de la pasión amorosa o con las performances gimnásticas de los actores sino sobre todo con el montaje. Dado que el "espía" no puede estar quieto, las imágenes se van "cortando" a medida que la acción se desarrolla. No se decepcione: se ve todo lo que se supone que debe de verse en una película XXX, pero ningún plano llega a ese punto de saturación que nos obliga a acelerar la película para ver cómo sigue o si cambiaron de posición. Es decir: esta es una de esas rarísimas obras en las que el realizador interpreta qué sucede en la cabeza del espectador y le cambia las expectativas todo el tiempo. Así, el interés no se pierde durante todo el rodaje, incluso si lo único que uno quiere ver es sexo explícito (aquí por lo demás muy variado).

El filme está completo y a pesar de su narración en ruso un poco molesta, funciona perfectamente. Como el buen cine, basta con las imágenes y el uso consciente de las herramientas para introducirnos en un mundo fantástico y peligroso. Si gusta -o no le disgusta- ver sexo duro, va a ver una pequeña lección de cómo filmar la excitación humana.

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