Durante décadas Lalo Schiffrin y el Gato Babieri fueron los argentinos más célebres en la escena internacional del jazz. Tocaron juntos, se sabe, porque Lalo contrató al Gato allá por sus inicios para sumarlo a su orquesta. Pero mientras el primero formó parte del mainstream del jazz global, el segundo recorrió caminos alternativos, buscando una identidad que lo llevó a crear un lenguaje muy especial, más allá del formidable éxito que protagonizó con su banda sonora de la película Ultimo Tango en París.

El Gato ha sido un referente de la cultura rosarina, a pesar de haber emigrado a Europa y a Estados Unidos y de sus contados retornos al país. Precisamente el sello BlueArt, un actor clave en la difusión del jazz argentino y surgido en la misma ciudad que el Gato, lo homenajea tres años después de su muerte con una edición discográfica de enorme relevancia. Se trata del disco Gato Barbieri en vivo en la Argentina (1991), que registra una presentación del saxofonista en el Teatro Gran Rex en noviembre de ese año, luego de casi dos décadas de ausencia.

El álbum lanzado por el sello que dirige el escritor y periodista Horacio Vargas tiene un plus: el ingeniero de grabación fue Carlos Melero, un artista del sonido que ha trabajado con los más grandes músicos que visitaron el país y es una suerte de memoria viva del jazz que pasó por la Argentina. El talento de Melero imprime al disco un sonido excepcional, que resalta el rugido del saxo tenor del Gato y la valorable tarea del quinteto que lo acompañó.

El acontecimiento es extraordinario porque los seis tracks que integran el álbum habían permanecido inéditos desde aquellos shows del Gran Rex. Está, por supuesto, una extensa versión de Ultimo Tango así como los habituales medley en los que el Gato entremezcla un tema dedicado a su mujer Michelle con El Arriero de Yupanqui.

Esos recorridos por distintas fuentes sonoras en un mismo impulso acaso reflejen en parte la búsqueda musical que el Gato encaró desde los años 60, cuando se alineó con la vanguardia del free jazz, al interactuar con Don Cherry, Abdullah Ibrahim y Enrico Rava, entre otros. A fines de esa década trabó relación con el cineasta brasileño Glauber Rocha, quien lo incentivó a explorar las raíces latinoamericanas para incorporarlas a su universo expresivo. De esa convicción surgieron discos esenciales como The Third World o Viva Emiliano Zapata. Pero el golpe de éxito lo daría con la banda de sonido de la película ícono de Bernardo Bertolucci, con quien ya había trabajado en el film Prima della revoluzione. La música de Ultimo Tango le valió un Grammy, cientos de versiones y el reconocimiento que naturalmente el free jazz estaba lejos de concederle.

Afincado en Nueva York, se mantuvo activo hasta los 83 años. Aún sin formar parte de la movida jazzística de Manhattan o del jazz latino, que recorría otro andarivel, sus shows neoyorquinos convocaban mucha gente.

El concierto que ahora publica BlueArt, con el que el sello celebra sus 100 ediciones, restituye una etapa imprescindible de un músico que hizo historia acá y allá.

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Eduardo De Simone

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