Hace unas semanas, a raíz de otro tema, mis colegas Sebastián Tabany y Alexis Puig me convocaron a charlar por radio. El asunto giraba alrededor de la corrección política y Blancanieves (quizás recuerden el fugaz affaire de aquella "cancelación") y, como pasa entre colegas cinéfilos, terminamos hablando de cualquier cosa. Hasta que -y no me pidan que reproduzca la dinámica- dije "el porno se volvió muy conservador". Puig prestó atención y dijo "¿Sí? ¿Puede el porno ser conservador?". Efectivamente, creo que dije, pero no seguimos porque el tiempo es tirano y esas cosas. Como la idea me viene dando vueltas en la cabeza desde entonces, permítanme usar este espacio para desarrollarla un cachito.

El cine porno nació, como industria, en los años setenta. Efectivamente, su espectador era un hombre adulto (no necesariamente blanco: vean Detrás de la puerta verde) y también mujeres adultas, en serio, aunque después consumieran el género cada vez menos. Las secuencias porno estaban integradas lo más posible a una historia, y el humor y la ironía campeaban. Por supuesto, como todo cine masivo, también era casi íntegramente heterosexual (no era tan frecuente, por ejemplo, ver una secuencia lésbica, pero a eso vamos a llegar en algunos párrafos). Pero en cuanto a las relaciones, el tipo de cuerpos y las tramas, se tomaban libertades que hoy causarían escándalo. Vean, por ejemplo, la secuencia de Georgina Spelvin y la serpiente en El Diablo en Miss Jones, que quizás sea la mejor película con porno y sobre sexo de la historia.

No vamos a hacer todo el recorrido histórico sobre el género. Solo que la revolución que implicó el video hogareño, primero con el VHS, luego con el DVD y finalmente con Internet, implicó que la producción creciera -si bien hoy el surgimiento del porno amateur y no profesional, así como los agregadores gratuitos, parecen darle menos aire a la industria. Ese crecimiento de la producción llevó a competencia, mayor calidad técnica, un star-system, leyes específicas de protección y regulación de la industria, negocios ancillares como el de los juguetes sexuales, desarrollo de tecnologías (muchas las usan ahora para otra cosa, como la securización bancaria y la adaptación de anchos de banda: el porno hizo posible su homebanking y a Netflix) y muchas cosas más. Sí, sí, agradezcan al porno por el delivery, también.

Dentro del audiovisual porno, sucedió algo: por un lado, al crecer las empresas, se pensó en abarcar cada vez más público. Pero ese público era y es predominantemente heterosexual y masculino, si bien el porcentaje de mujeres que miran pornografía viene creciendo a un ritmo interanual de entre el 5 y el 7% (no hay aún estadísticas de 2020, y es una pena porque la pandemia incrementó estos consumos). Y como pasa con el "otro" audiovisual, la mayoría de los productos están pensados con ese tipo de consumidor en mente. 

Entonces, los videos porno se transformaron en compilados de escenas de alrededor de veinte minutos. En casi todos los casos, heterosexuales. Pero es obligatorio que siempre haya al menos una escena lésbica (y no más de dos). ¿Qué no se ve en el porno mainstream? Varias cosas. Primero, actores o actrices por encima de los 50 años. Segundo, cuerpos poco "hegemónicos". Tercero, transexuales o gays. Esta última asimetría es notable: puede haber dos mujeres dándose caricias, pero no dos hombres. Y es raro en relación con el crecimiento del público femenino: la mitad de las nuevas espectadoras gustan mucho del porno gay.

Sí es casi obligatorio que haya una secuencia de sexo anal (siempre la que recibe es la mujer) y el sexo oral es casi exclusivamente fellatio con alguna pequeña secuencia de cunnilingus. ¿El orden patriarcal manda en la pornografía? Pues sí, tal cual. En parte, porque la mayoría del público prefiere la dupla hombre-mujer, y el porno debe vender al estándar para ser rentable, lo más posible. Cosas curiosas suceden: en un trío de dos mujeres con un hombre, el hombre está casi siempre en posición pasiva y las mujeres además interactúan entre ellas. En cambio, en un trío de dos hombres con una mujer, los hombres siguen en posición pasiva (la cámara solo toma el rostro y las expresiones de la mujer, salvo muy brevemente en los hombres) y  no interactúan nunca entre ellos.

Todo lo demás es "nicho", que por eso mismo se multiplicaron. Más de cincuenta años, sexo donde los hombres son bisexuales, transexuales interactuando con hombres o -más raramente- con mujeres, etcétera, son consideradas categorías minoritarias. Es raro, porque el aficionado al porno se distingue por su curiosidad, por querer ver cosas que no podría imaginar hacer él mismo. Sin embargo, todo el porno comercial masivo sigue los parámetros más tradicionales.

Hay, sin embargo, una salvedad en los "nichos". El bondage puede formar parte sin ningún tipo de restricción del porno mainstream, salvo en sus variantes más extremas. Incluso algo de sadomasoquismo puede aparecer en el porno comercial. Pero algo que ha desaparecido, y era bastante frecuente en, por ejemplo, el porno italiano de los 80 y el francés de los 70, es ver hombres grandes, de más de 50, con mujeres jóvenes.

La cuestión de la edad es tan poco "escandaloso" que en secuencias de seducción entre actrices "maduras" y partenaires "jóvenes", suele tratarse de mujeres de 30 años y muchachos de 20 o 25, maquillados o preparados para que la diferencia parezca mayor. Bueno, en El Graduado, Dustin Hoffman y Anne Bancroft se llevaban cinco años, aunque en el filme debía parecer que eran 20. Pero no era porno: que la restricción caiga alrededor de la mayoría de edad es lógico; después, resulta extraño. Así que sí, amigos, el porno comercial se volvió muy conservador. No sea cosa de que la fantasía erótica ofenda.

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Leonardo Desposito

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