Vamos a divertirnos un poco, amigos. Porque la verdad de la milanesa es que milanesas hay pocas y, si no nos divertimos, la amargura cotidiana nos va a aplastar definitivamente. El mundo no está para bollos y mañana cae el meteorito y chau picho. Así que esta semana vamos a recomendar una película que lo tiene todo y merece ser vista; un par de horitas de placer de toda clase aunque, vamos a ser sinceros, no pidan demasiada calidad. Inventiva sí, incluso para la copia.

La cosa es que estaba buscando en la articulación entre el cine de terror y el porno. Es un campo enjundioso pero, curiosamente, es poco el material que puede verse on line. Mucho vampirismo en los noventa y algo de muertes con elementos cortantes en los 80. Un poco más de zombies (sobre todo en las últimas dos décadas) y alguna película semi experimental bastante cruel y durísima que relaciona el sexo con el sufrimiento (quizás hablemos de ella en algún momento, pero hoy, repito, vamos a divertirnos). La cosa es que, dentro de todas las posibilidades y todos los títulos, uno me llamó la atención. Se llama Nudo e selvaggio ("Desnudo y salvaje"), pero tiene otro título mucho, muchísimo más atractivo: Massacre in Dinosaur Valley. La película es de 1985 y anda por varios servidores porno (aunque no es necesariamente "porno") y en nuestro sitio decano, Eroticage.net. Se filmó básicamente en Brasil en 1985 aunque la producción es, como lo previene el título original, italiana. La dirigió Michele Massimo Tarantini, y debería verla su cuasi pariente Quentin Tarantino porque, con planos un poco mejor filmados y diálogos un poco más astutos, podría ser la obra maestra definitiva del cine de aventuras guarro. Ahí le va una idea, don Quentin.

Pues bien, la película narra las aventuras de una especie de Indiana Jones paleontólogo, don Kevin Hall, interpretado por la casi estrella clase Z Michael Sopkiw, de quien sospechamos que no llegó al estrellato porque nadie sabe cómo pronunciar ese apellido (ok, me diran que Saoirse Ronan es un problema, también, qué sé yo...). También es probable que no haya llegado, carilindo y todo, porque tiene menos talento que un poste de luz caído, pero a Hollywood eso nunca le pareció una tara demasiado grande. En fin, no viene a cuento. La cosa es que don Kevin trabaja de ir a yacimientos paleontológicos a hacerse ilegalmente con huesos de dinosaurios y venderlos luego por mucha plata. En esta ocasión, va a Brasil y ahí comienzan los problemas.

La cosa es que, hueso va, diente viene, se encuentra con un grupo de personas que está en busca de postales de la naturaleza o algo así. Un científico, su bella hija, una esposa paranoica, un fotógrafo lascivo, dos modelos que suelen usar poquísima ropa, y un veterano de Vietnam. En los ochenta, si una película de acción no contaba con un veterano de Vietnam, parece, no se estrenaba. Sigamos: el grupo se encuentra con una tribu salvaje cuyos divertimentos son ciertos ritos sangrientos y el sexo. La verdad, en ese paraje amazónico, años antes del wifi, es medio lógica la elección de entretenimientos. Lo que sucede es que las modelos son utilizadas para un rito que tiene una garra de goma y hojitas de afeitar en las uñas (parece) y una cabeza que es, ni más ni menos, la calavera de un triceratops. Dado que en esta columna además apostamos por la educación y lo didáctico, apuntemos que habría de ser un triceratops más bien chiquito para que pudiera cubrir la cabeza de un señor.

El ritual es interrumpido con la secreta acción de nuestro héroe, pero las señoritas son llevadas a una tienda donde reciben primero el intento de forzamiento erótico por parte de una nativa y, luego, la seducción más bien placentera de la misma. No vamos a negar que la morena señorita tiene argumentos de peso para seducir a lo que se le cruce, por lo demás, lo que contribuye a la cohesión y la coherencia de la trama que narramos. Las cosas siguen a partir de allí alternando momentos de acción y fuga con momentos eróticos generosos en desnudos y acciones varias, aunque no se ven genitales masculinos (la gran diferencia entre erótico y porno). También hay gritos desgarradores, armas punzantes, aviones que se estrellan y ríos infestados de pirañas. Por lo menos.

Lo más interesante de esta película es que no aburre nunca. Uno deberia hacerle un monumento a esas obras que nos permiten alejarnos por un rato, sin interrupción y siempre desde lo creíble (lo creíble en la ficción, obviamente) de la tortura cotidiana. Acá la cosa funciona, a pesar de los efectos especiales un poco demasiado evidentes, las actuaciones de cartón piedra, los anacronismos y cierta ridiculez a la hora de pintar a los "primitivos". Pero esto siempre fue así. El problema nunca es la verosimilitud "histórica" de una película sino que creamos en la existencia de eso que se nos aparece ante los ojos en la pantalla. Para eso hay que tener una enormísima confianza en el poder fascinador del cine y en la seducción de las imágenes.

Aquí da la impresión -y es algo que puede repetirse en gran parte del cine clase Z o de explotación- que el sexo está utilizado justamente para "distraernos" de los problemas evidentes provistos por la ausencia de presupuesto. Es cierto, absolutamente. Y eso nos permite pensar en lo que tiene de muy interesante el cine de sexo. Resulta que una escena sexual es tanto más efectiva cuanto más real es. Por eso el porno es efectivo, aunque ese funcionamiento se diluye cuando una escena dura demasiado (justamente porque lo extraordinario pasa a ser "habitual", no no sorprende, no nos conmociona y, por lo tanto, no nos excita). En realidad es el gran problema del porno: tener que disponer de explicitud sexual a repetición. También pasa eso en una película bélica, no vayan a creer: si vemos siempre lo mismo, terminamos sin prestarle la menor atención. Pero películas hechas un poco a la desesperada pero confiando en seducir la mirada de los espectadores como esta Massacre..., imponen la pequeña verdad de que en la variedad reside el gusto. Sexo por aquí, acción por allá, pirañas por el otro lado; chicas lindas y tipos peligrosos, aviones que se caen y selvas tropicales. Cuanto más, mejor: en esa exuberancia a la que te criaste, que aprovecha hasta la última hojita de hierba para seducir la vista y la atención, reside el secreto del cine. Cineastas como don Tarantini siempre fueron custodios del secreto de las películas: divertirnos en otro mundo.

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Leonardo Desposito

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