Cuando pensamos en Tokyo, vienen a nuestra mente aglomeraciones, ultramodernidad, neón, trenes a altísima velocidad y la vista imponente del volcán Fukuyama, guardián de la ciudad. Casi todo el imaginario que tenemos de la capital de Japón proviene del cine y de la historieta, que por convención llamamos Manga aunque es lo mismo que decirles "cómics". Si Nueva York es la ciudad paradigma de lo moderno, un lugar que se fue (re) construyendo a medida que la tecnología avanzaba, en el caso de Tokyo tenemos un escenario que comparte el futuro y el pasado. La impresión de vivir en un lugar totalmente insular físicamente -después de todo, el país entero es un archipiélago- se transmite también a lo temporal. Sigue manteniendo mucho del Japón tradicional y proyecta posibilidades que, para la mayor parte del mundo, aún son el mañana.

Desgraciadamente, es complicado encontrar sitios para recorrida on line de museos o centros de interés que puedan leerse en castellano (o en inglés, si no hay alternativa). Pero sí hay una solución en emuseum.jp , el sitio de los museos nacionales japoneses. Allí se puede acceder a una cantidad enorme de colecciones de arte de ese país que muestran la evolución de formas tradicionales como la estampa, el grabado, la cerámica, la madera laqueada y la metalurgia. El sitio permite seleccionar todo en inglés. Es de enorme interés ver cómo permanecieron y evolucionaron los temas que provienen de la extensa época feudal del Japón, con sus shogunatos y samuráis. Las piezas más antiguas de la colección de pinturas provienen del siglo XII, y combinan la mirada delicada de las líneas con la caligrafía. Llegan hasta principios del siglo XX. De todos modos, un consejo: busque las obras de Kitagawa Utamaro, quien logró una revolución al dejar de retratar temas nobles, tradicionales o mitológicos para dedicar la delicadeza del trazado al mundo cotidiano, especialmente a las mujeres. El arte japonés tiende a mostrar una estilización de lo que se ve, no a presentarlo tal cual es. De allí que tenga lazos con la caligrafía; por otro lado el shinto, la religión japonesa, tiene como núcleo la idea de que lo divino y lo terreno forman un todo unido por un delicado equilibro. Las alteraciones son mínimas a lo largo del tiempo y lo que se destacaba era, precisamente, el apego casi ritual a las formas consagradas, lo que de ningún modo evitaba la creatividad. En cierto sentido, la multiplicaba. De paso, en la misma colección, además de pinturas, se puede ver una bellísima colección de espadas. Todo está en imágenes de alta resolución.

Por supuesto, puede recorrer Tokyo con Street View. Más allá de edificios impactantes como el MORI Building (que alberga el primer museo de arte digital, hay muchos videos al respecto en YouTube que impactan la mirada), están los parques. Busque los cerezos en el Inokashira, con su lago dedicado a una diosa, o el muy impactante -incluso en imagen digital- Rikugien Garden, fundado en el siglo XVII y cuyos paisajes ilustran 88 poemas tradicionales. La experiencia de búsqueda en la web de las imágenes y los textos vale la pena.

La literatura sobre Tokyo es variada. Por supuesto que en una lista dedicada a conocer la ciudad, es imprescindible Tokyo Blues, de Haruki Murakami, que cuenta al mismo tiempo el pasado del personaje (sus años de adolescente) y el presente, y permiten comprender los contrastes de la ciudad como contrapunto al cambio en su protagonista. Pero si hay que elegir uno, de modo totalmente arbitrario, vale Confesiones de una máscara, obra maestra de Yukio Mishima, que narra con un sesgo autobiográfico los años pre y post Segunda Guerra Mundial de un modo totalmente descarnado y sin romantizar nada. La ciudad es tan protagonista como el personaje. Y como es imprescindible: manga. Para elegir una, vale Akira, de Katsushiro Otomo. Ambientada en un futuro abrumador, toca el tema base de la fantasía japonesa: cómo la tecnología asume conciencia y altera el equilibro entre lo humano y la naturaleza. Pero sus diseños -con influencias del francés Moebius- son una versión monstruosa de Tokyo, tan fascinante como amenazadora. Ideal para comprender el clima de la ciudad desde la mirada de un artista.

El cine japonés es enorme, uno de los más ricos del mundo. Pero respecto de la ciudad en sí, los descriptores son pocos. El más impresionante es Yasujiro Ozu quien, con melodramas sobre familias, mostró un Tokyo gris, donde las pasiones amorosas y las reglas sociales suelen generar un conflicto insoluble. Sin embargo, Ozu nunca fue un realizador estridente: planos fijos, poco movimiento de cámara, diálogos justos, gestos mínimos suelen llevar la trama con imágenes bellas y equilibradas, únicas en el cine. Conmueve desde lo apacible. No así Shoei Imamura, quien también narró sobre todo la vida de la ciudad y el país en la posguerra. Busque La mujer insecto, película sobre la vida de una geisha que es un crescendo de nervio narrativo y formas nuevas, una película que influyó en el Martin Scorsese de Buenos Muchachos (casi es una Buenos Muchachos en femenino). Otro que debería verse, más reciente, es Takeshi Kitano. Pero no solo sus películas violentas con tanta sangre como humor (Violent Cop o Sonatine, por ejemplo), sino esa genialidad que es Flores de fuego, la historia de un policía y el amor por su mujer, que lleva a un suicidio. La ciudad es al mismo tiempo acogedora y riesgosa. Como lo es en cualquier película de Godzilla, la gran fantasía sobre la tecnología desbocada que crea monstruos, ni más ni menos sueños de la razón como diría Goya (otro de los grandes artistas influidos por la estampa japonesa). En ese "rompan todo" están todos los miedos y las obsesiones de un nativo de Tokyo. 

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Leonardo Desposito

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