Suena cansador decir que la pandemia nos obliga a encontrar actividades para quedarnos en casa, pero hay que hacerlo. Hay que subrayar siempre que la inactividad física o mental multiplica la angustia, y que por suerte nos toca en era de Internet, lo que nos permite al menos acercarnos a otras cosas, aprender, tomarnos aunque sea un rato para salir de esta inmovilidad obligada. Y, por ejemplo, viajar. Una posibilidad que nos da la web es recorrer ciudades a partir de recursos virtuales. Vamos a empezar por París, que está en el manual de todo quien quiera salir de su propio terruño.

París puede ser hermosa y puede ser hostil. El habitante de Buenos Aires encontrará que es más chica que nuestra ciudad, y es absolutamente amigable para el caminante. Desde que a fines del siglo XIX se abrieron boulevards y grandes avenidas, los espacios de la ciudad se volvieron mucho más accesibles, aunque hay zonas en las que todavía se conserva el trazado medieval. Notablemente, en las dos "islas" sobre el Sena: la Île de la Cité (donde están la prefectura de policía y, sobre todo, Notre Dame) y la pequeña Île de Saint-Louis. Claro que puede tomar Google Earth y recorrer ambas islas: va a encontrar en ambas la combinación de locales modernos con edificios antiguos.

Otra característica es la cantidad enorme de museos que tiene la ciudad, la mayoría estatales. Elegir uno solo es imposible, y por supuesto que cualquier visitante comenzará por el Louvre. Antes de ser Museo, fue la residencia de invierno de los Luises, hasta que bajo Napoleón se decidió transformarlo en una de las colecciones de arte más importantes del mundo. Ya sabemos que están La Gioconda, la Victoria de Samotracia y la Venus de Milo; pero hay muchísimo más. La sala de antigüedades egipcias es extraordinaria; el ala dedicado a Da Vinci tiene mucho más que la Mona Lisa (quizás incluso más bellezas) y las habitaciones dedicadas al arte merovingio y a la decoración del barroco y el rococó tienen un colorido único. Para ver algunas de estas colecciones, busque "visites-en-ligne" en www.louvre.fr

Exactamente frente al Louvre, pero cruzando el Sena, hubo una vez una gigantesca estación de trenes quefue construida -como la Torre Eiffel- para la Exposición Universal. Luego abandonada (de hecho, Orson Welles la usó para filmar El Proceso), se transformó luego en un museo gigantesco, dedicado principalmente al impresionismo. Hay Renoir, hay Van Gogh, hay Degas y Seurat. Hay esculturas y también cuadros de otras épocas. Y al mismo tiempo el propio edificio, mezcla de hierro, cemento y metal, tiene las características de una obra de arte. La mejor visita virtual está en https://artsandculture.google.com/ y el sitio del Museo tiene mucho para leer y mirar (www.musee-orsay.fr).

La visita a la Torre Eiffel es obligada. Algo que se dice poco es que París no es una ciudad demasiado "alta": hay pocos rascacielos (la polémica Torre Montparnasse, que tiene varios casos de corrupción alrededor, es el único gran "mojón" de la ciudad) y desde la torre se puede ver absolutamente toda la ciudad. En el sitio oficial, además de fotografías, es posible acceder a esa panorámica completa (en https://www.toureiffel.paris/es).

Bien, esos son tres lugares clave para ver arte y arquitectura un poco a vuelo de pájaro. Si quiere, en lugar de mirar o mover cursores, leer sobre la ciudad, recuerde que la literatura francesa del siglo XIX fue brillante en la descripción de ese espacio urbano. En dominio público, en varios sitios, es posible descargar o leer on line algunas de estas obras. Hay tres novelas de misterio de Balzac, parte de sus Escenas de la vida parisiense, que tratan de un grupo de hombres dedicados a empresas riesgosas al margen de la ley, "los 13". Las novelas son Ferragus, La muchacha de los ojos de oro y, la más famosa, La duquesa de Langeais. Las tres tienen la virtud de mostrar mundo y submundo, cortes y miserias de esa ciudad. Claro que hay miles (toda la saga de Los tres mosqueteros -Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne- de Dumas, sobre la época de Luis XIII; Rojo y Negro, de Stendahl, y Los Miserables, de Victor Hugo, sobre la Revolución de 1819; o La educación sentimental, de Flaubert), pero los mejores libros para comprender el paso de lo antiguo a lo moderno en la ciudad son El Spleen de París y Las flores del mal, de Charles Baudelaire, descripción emocional de la crisis que implicó el paso a nuevos tiempos.

Pero para conocer la París contemporánea, es mejor el cine, un arte tremendamente urbano. Las primeras décadas pueden verse reflejadas en la bella fábula de amigos El crimen del señor Lange, de Jean Renoir; el propio Renoir homenajearía la mirada de los impresionistas (su padre era, nada menos, Auguste Renoir) sobre la ciudad en French Can-Can. Robert Bresson describiría las calles y la actitud parisina cotidiana en la sublime El carterista. Y la Nouvelle Vague mostraría lo no turístico y diario en Los 400 golpes, de Truffaut y París nos pertenece, de Jacques Rivette. Desde los 80, Luc Besson combinaría Hollywood y parisianismo con Subway en los 80 y la divertida Lucy, uno de sus últimos filmes. Léos Carax dedica su amor a París en dos grandes películas: Mala Sangre (esa escena donde se corre al ritmo de Modern Love, de Bowie) y Los amantes del Pont Neuf, gran historia de amor para la que construyó en estudio una réplica del famoso puente parisino. Todo puede matizarse con una escucha de Edith Piaf, la mejor trovadora sobre la ciudad (puede hacerlo en Spotify y buscar las letras en la web). Con todo esto, ya puede sentir que París también le pertenece. Por lo menos, desde el arte.

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