Hinde Pomeraniec, escritora: "Lo más difícil de entender es por qué seguimos matándonos entre nosotros"
Hinde Pomeraniec publicó ¿Por qué existen las guerras?, un libro para chicos que indaga en los orígenes de los conflictos bélicos sin resignar la esperanza. Habla de diplomacia erosionada, de Malvinas y de por qué nunca hay que quitarle a un chico la posibilidad de imaginar un mundo mejor.
La pregunta que da título a este libro es, en el fondo, la misma que se hacen los adultos frente a un mundo que parece haber naturalizado la guerra como estado permanente. Hinde Pomeraniec busca responderla para chicos, sin golpes bajos ni respuestas fáciles. ¿Por qué existen las guerras? es su aporte a Entender y Participar, la reedición de la histórica colección creada por Graciela Montes que ahora dirige Laura Leivicker.
Pomeraniec repasó con BAE Negocios cómo construyó un libro que explica la búsqueda de poder, la ampliación territorial y los conflictos religiosos como motores de la guerra, pero que también se detiene en la vida cotidiana de quienes la sufren: la falta de luz, la falta de agua, el bloqueo de los alimentos.
-¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? ¿Tiene que ver con la cantidad de guerras que empezaron en los últimos años?
-En realidad lo que pasó fue que Laura Leivicker, que dirige la colección y además es mi editora para chicos, quería que yo participara en Entender y Participar. Es una colección muy interesante porque interviene directamente en la ciudadanía: son libros pensados para ilustrar tanto a los chicos como a los grandes, porque en general se leen entre unos y otros. Como Laura sabe que estoy escribiendo un libro sobre la guerra en Ucrania -estuve allá en 2024 y en 2025-, un día me dijo: "ya sé, tenés que escribir un libro explicándoles a los chicos por qué existen las guerras". Fue un desafío enorme y, al mismo tiempo, me dio mucho miedo, porque cuando me puse a buscar no encontré antecedentes. Hay libros sobre refugiados, sobre campos de concentración, pero no había algo que explicara por qué seguimos matándonos entre todos.
-¿Se puede responder?
-Y en realidad no hay una respuesta, porque ni nosotros lo sabemos. Durante muchos años, al menos los que tenemos cierta edad, vivimos en un tiempo de consenso en el que llegar a la guerra era la última de las instancias. Hoy eso parece haber quedado lejos: se naturaliza que las guerras duren años, que no se terminen, que los diplomáticos no hagan su trabajo porque muchas veces son personas designadas a dedo, como ocurre en Estados Unidos. Creo que la perplejidad ante todo esto generó que todavía no haya una reacción ciudadana importante. La idea del libro era contar la historia, no detenerme en una guerra puntual de hoy, pero sí dar herramientas para pensarlas y, sobre todo, dar una esperanza: que las personas puedan hacer algo, ya sea desde la diplomacia y la política o como ciudadanos que denuncian crímenes de guerra desde alguna organización.
-Las preguntas que estructuran el libro son de chicos reales. ¿Hicieron algún tipo de relevamiento?
-Más que un estudio formal, fui preguntando. Tengo un sobrino que tiene más o menos la edad de los lectores del libro, y también a mi hijo, que es historiador y me marcó algo que nunca hay que perder de vista: las guerras son siempre por el poder, no importa si se trata de una revolución, de un fragmento de tierra o de Helena de Troya. Eso se convirtió en un foco constante a lo largo de todo el libro, tanto como la defensa a ultranza de la diplomacia, más allá de sus fallas.
-Vivimos un momento de desprecio muy profundo hacia la clase política. ¿Cómo se traslada eso a los chicos sin que termine minando la confianza en las instituciones?
-Es cierto que este es un momento de desprecio muy profundo por la clase política en todos lados, y los diplomáticos entran en esa misma casta que los políticos -y nosotros, los periodistas, también-. La democracia está siendo erosionada, la política está siendo erosionada, el periodismo está siendo erosionado, todo en simultáneo. Es un proceso en el que el poder está pasando de manos a un puñado de tecnomillonarios que hacen negocios con algunos gobiernos. Pero a los chicos hay que contarles todo, hay que decirles la verdad, y al mismo tiempo no tenés derecho a quitarles la esperanza de que se puede cambiar el estado de las cosas. Si yo hubiera creído que no podía darles esa esperanza, no habría escrito el libro. No me interesa deprimir a un chico: me interesa movilizar a chicos, padres, docentes, bibliotecarios, para pensar juntos qué se puede hacer.
-¿A qué edad está dirigido el libro y qué decisiones tomaste en relación con el lenguaje?
-No es un libro para chicos de seis años, aunque puede servirles a sus padres como herramienta para explicarles estas cosas. Está pensado para chicos a partir de once años, aunque hay lectores de diez que podrían leerlo solos: en la literatura infantil esas edades siempre son un promedio, porque hay chicos con un nivel lector o de curiosidad más alto. Pero además yo no creo en la literatura infantil como una literatura en diminutivo, ni me parece que tenga que hablarse en un lenguaje "aniñado". María Elena Walsh no hacía eso, tampoco Luis Pescetti, ni Graciela Montes, ni Laura Devetach, ni Paula Bombara, ni Martín Blasco, ni Sergio Aguirre, ni tantos otros autores excelentes de literatura infantil. De lo que se trata es de contar historias, más o menos realistas, que sirvan tanto para entretener como para ayudar a pensar. Este es un libro para pensar el momento que vivimos hoy, en el que chicos y grandes estamos abrumados por imágenes de guerra que no terminan, y que a veces ni siquiera nos animamos a preguntar.
-Uno de los ejes del libro es diferenciar la ficción -los videojuegos, las películas de guerra- de la realidad. ¿Por qué te pareció importante trabajar esa distinción?
-Porque una de las cosas que me propuse fue desculpabilizar el gusto por los videojuegos, por las películas de guerra, o por las novelas policiales. Que a alguien le guste leer noticias o ficciones violentas no lo convierte ni en un asesino ni en un perverso: la violencia que uno encuentra en la ficción moviliza cosas internas que no necesariamente te llevan a agarrar un arma. Pero al mismo tiempo, esos juegos y esas películas explican, de algún modo, cómo se hacen las guerras hoy: son guerras a distancia, ya no de cuerpo a cuerpo. Siempre hizo falta deshumanizar al otro para poder matarlo, y hoy eso está al alcance de la mano como nunca, porque no lo ves. Ahí el concepto de daño colateral cobra otro sentido.
-El libro no habla de las guerras del presente, pero sí se detiene en Malvinas. ¿Por qué esa decisión?
-Tomé la decisión de no hablar de las guerras actuales por varios motivos. Uno práctico: al ser periodista, sé que eso puede quedar viejo rápido. Pero lo que más me preocupaba era que, por prejuicio ideológico, alguien decidiera no leer el libro porque lo identificara con una postura política. Me interesaba que apareciera como un conjunto de herramientas para pensar qué son las guerras, cuidando incluso que no aparecieran banderas reales ni colores que remitieran a un conflicto actual. Recién cuando me puse a trabajar en este libro terminé de entender algunas de las reglas de la guerra: que no se le dispara a los náufragos, que no se le dispara a quien se rinde, que no se ataca a la población civil. Son acuerdos internacionales, convenios, reglas que hoy vemos incumplirse a diario, en Ucrania y en Gaza, y a eso se lo llama crimen de guerra.
La Segunda Guerra Mundial y la Primera están siempre presentes en nuestra historia, y hay mucho registro sobre ellas. Me interesaba también la Guerra Civil española porque sigue presente por herencia y porque, de algún modo, explica los enfrentamientos de "grieta" que puede haber dentro de las familias: la idea de que tu hermano pueda estar en el bando contrario. Sin llegar a una guerra civil, en la Argentina tenemos grietas desde hace muchos años. Pero Malvinas era nuestra guerra más cercana. Y ahí lo que me interesaba dejar claro es que fue un reclamo legítimo llevado adelante por un gobierno ilegítimo, que nos hizo retroceder siglos en materia de negociación. No digo que hubiera sido fácil recuperar las islas, pero sí que después de la guerra del 82 se volvió mucho más difícil.
-Más allá de las grandes batallas, el libro se detiene en la vida cotidiana de quienes atraviesan una guerra. ¿Por qué te pareció importante ese registro?
-Me interesaba que quedara claro cómo se inicia una guerra y cómo se sabe cuándo termina, y también no mirar para otro lado frente a algo que los chicos ven: que se puedan atacar edificios donde hay chicos, e insistir en que eso está mal, en que eso es un crimen de guerra. Me interesaba mucho, además, correr la idea de que las sociedades en guerra quedan paralizadas, frizadas, encerradas en sus casas. No es así: la gente va tomándole el tiempo a esas cosas, porque necesita respirar, pero también porque tiene que trabajar, porque los chicos tienen que ir a la escuela. Traté de explicar las cosas cotidianas, como quedarte sin luz, sin agua, o que quien te ataca no permita que te entren víveres. Y también el gasto en armamento puesto en cifras, para dar una dimensión de cuánta plata se gasta en eso y cuánto negocio hay detrás.
-El título del libro es también la pregunta más difícil de responder. Como especialista, ¿lograste compactar una respuesta?
-En realidad, sigue siendo un interrogante para mí. Lo más difícil es entender por qué seguimos matándonos entre nosotros, cómo puede ser que todavía no sepamos que la solución no pasa por ahí, qué hay de visceral en relación con la violencia y por qué es importante que existan instituciones y acuerdos internacionales que la frenen. Por eso mi defensa a ultranza de la diplomacia, aunque no sé si hoy está bien encarada. Sé que los organismos internacionales se burocratizaron, sé que la clase política de los distintos países está en deuda, pero no conozco nada mejor. Y no me parece que un mundo en manos de diez empresarios tecnológicos que nos vigilen y controlen nuestras vidas vaya a ser mejor que lo que tuvimos hasta ahora.


