José Salem, escritor: "En 1806 y ahora, siempre estamos tratando de entender al otro en su diferencia"
José Salem, abogado y escritor argentino radicado en París, presentó en Buenos Aires Cuarenta y nueve días bajo la niebla.
El abogado y escritor argentino radicado en París presentó en Buenos Aires Cuarenta y nueve días bajo la niebla, novela ambientada en la Primera Invasión Inglesa de 1806. Habla de la reconstrucción minuciosa de la época, de la esclavitud silenciada en el Río de la Plata y de un porteño que, dos siglos después, sigue siendo el mismo.
José Salem armó una lista de cerca de cien ítems antes de escribir la primera línea de Cuarenta y nueve días bajo la niebla: qué se comía, qué se bebía, cómo se vestían, cómo se hablaban un padre y un hijo en el Buenos Aires de 1806.
Terminó en su primera versión en 2011, elige un período brevísimo e intenso de la historia argentina -los 49 días que duró la ocupación británica- para contar qué le pasa a la gente común cuando la historia le pasa por encima. "A mí me importa lo que le pasa a la gente en cualquier ámbito o contexto. Pensé en la primera invasión inglesa porque es un período muy corto y ahí, en muy poco tiempo, encontré un montón de conflictos: personales, sociales, políticos", dice a BAE Negocios Salem en un café porteño.
-¿Cómo surgió la idea de elegir las invasiones inglesas como escenario?
-Siempre me importó lo que le pasa a la gente común, sea en una novela de costumbres o, como en este caso, en una novela histórica. Pensé en la primera invasión inglesa porque duró apenas 49 días: una cultura totalmente distinta que invade, se queda poco más de un mes y después es expulsada. Me pareció muy rico ver, en un espacio tan corto de tiempo, todos esos choques. Además siempre tuve la idea de que esa primera invasión fue una especie de germen de la independencia: el porteño había sido invadido, vivía bajo el orden colonial español, viene otro invasor y logra expulsarlo. Ahí aparece la pregunta: ¿por qué no expulsarlos a todos? Me interesaba ver ese primer conflicto político desde la gente común, no desde lo histórico.
-¿Por eso el relato arranca con una familia?
-Claro. Empiezo con una familia burguesa, española pero burguesa, para mostrar las diferencias no solo en las cuestiones cotidianas sino también políticas: unos apoyaban a los españoles, otros a los británicos. Yo trabajo con muy poca planificación, agarro una idea y dejo que siga su curso. Así fui abriendo el abanico de personajes hacia gente de todos los ámbitos: esclavos, buscavidas. La historia, para mí, da el marco a un conflicto. Con hechos y personajes históricos reales lo más precisos posible, pero lo que me importa es qué nos pasa a nosotros.
-Hay muchísimo detalle de la vida cotidiana. ¿Cómo reconstruiste todo eso?
-Es casi una obsesión que tengo. A mí como lector me mete en la escena un color, el tamaño de las baldosas: es como una pintura, no importa tanto lo que dialogan los personajes. Antes de escribir fui a los libros de historia -esta fue mi primera novela, la terminé en 2011- y armé una lista con comida, bebida, religión, música, danza, cómo se relacionaba la gente, los niveles de lenguaje, cómo le hablaba un padre a un hijo. Llegué a casi cien ítems. Los manuales de historia daban poco, entonces empecé a reconstruir con lo que encontraba entre la ficción, la historia y algunas fuentes más científicas: qué comían, qué tomaban, el vino carlón, las perdices escabechadas. Fue casi un año de investigación. Nada está inventado en cuanto a las costumbres: cómo se calefaccionaban, cómo eran los pisos de las casas, si tenían goteras. Me importó mucho la verosimilitud, aunque la ficción sea ficción.
-También aparecen los esclavos, un tema del que se habla poco en nuestra historia.
-Exacto, se habló muy poco y me interesó personalmente. Al principio iba a ser un personaje secundario, pero terminé investigando cómo era la esclavitud en Buenos Aires. Uno piensa en la esclavitud sobre todo asociada a Estados Unidos, pero acá también la tuvimos. Encontré que a los esclavos muchas veces no los secuestraban directamente: en África los propios delincuentes locales entregaban gente como esclavos a cambio de dinero de los gobiernos que dirigían ciertas regiones, aunque también había secuestros directos. Eso me llevó al personaje de Doña Teodora y a todo su viaje.
-¿Cómo era la esclavitud en Buenos Aires en comparación con otras ciudades de la época?
-Fue una de las esclavitudes más livianas de aquella época, dentro de lo espantoso que es la palabra misma. Acá no se los trataba mal, eran propiedad de sus amos, obviamente, pero por varios testimonios que encontré, en Montevideo la pasaban peor. Es un dato que aparece en muchas referencias: el trato era más duro ahí. Los esclavos que estaban en Buenos Aires la pasaban mejor que los de Montevideo.
-¿Y el mito del agua o el aceite hirviendo que se les tiraba a los ingleses desde los balcones?
-No lo puse porque no encontré ninguna referencia seria, ni de agua ni de aceite. Lo que sí encontré, buscando en libros de historia y después en la web, es que fue un mito. Cuando los ingleses avanzaron desde Quilmes hasta Buenos Aires, con sus uniformes muy vistosos, mucha gente los miraba casi como un espectáculo. Hubo quienes les tiraron piedras desde algún balcón, pero la mayoría de los historiadores no menciona nada más que eso. A mí tampoco me lo enseñaron en el colegio, y cuando busqué una referencia para incluirlo, solo encontré fuentes que lo desmienten.
-En ese porteño de 1806 que investigaste, ¿encontrás parecidos con el porteño actual?
-Me sorprendió mucho cuando terminé la novela. No lo busqué a propósito, como sí hice con la vestimenta o la comida, pero al terminar pensé: esto pasó hace 220 años y hay cosas que seguimos manteniendo, buenas y malas. Como defecto, el desdén de lo público: en esa época los edificios públicos estaban en un estado desastroso mientras cada uno cuidaba mucho el frente de su propia casa. Hoy pasa algo parecido: mi jardín impecable, pero si tiro la basura al vecino no pasa nada. Creo que como sociedad conservamos ese individualismo y nos falta conciencia de lo público, se nota hasta en el tránsito. Pero también encontré, en testimonios de la época, tanto de españoles como de ingleses, que resaltaban la calidez del porteño y su capacidad de improvisar y reaccionar ante lo imprevisto. Esa creatividad yo pensaba que era algo de los últimos sesenta años, desde que Argentina dejó de ser una potencia, pero ya estaba ahí en 1806. Nos admiraban por eso.
-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en esta novela?
-Lo que me gusta encontrar a mí cuando leo: recuperar la experiencia para elaborarla. Meterme en esa época me hizo comprender algunas cosas de nuestra evolución como sociedad. Para mí siempre hay que volver a las fuentes, a la experiencia, aunque no sea con un sentido moral sino práctico: si no aprovechamos lo que vivimos, perdemos una parte de lo que podríamos crecer. Y también me interesa el ejercicio de ver el proceso interno de cada personaje frente a un conflicto. Ahí está lleno de conflictos: el hombre de 1806 tenía los mismos problemas de amor, de fidelidad, de infidelidad que tenemos hoy. Me importa mucho el tema de la fidelidad, no solo a nivel de pareja, sino la fidelidad al otro en general.
-¿Esos conflictos se resuelven hoy de otra manera?
-Las pautas morales van cambiando. En 1806 las reglas eran rígidas, pero esa también fue una época donde empezaron a distenderse un poco: gente de la alta sociedad se emparejaba con gente de clases bajas. La revolución generó ese cambio, más movilidad y menos rigidez. Hoy seguimos peleando contra otra serie de prejuicios, el machismo, por ejemplo. En el fondo, en 1806 y ahora, siempre estamos tratando de entender al otro en su diferencia.
-¿Tu formación como abogado influye a la hora de escribir?
-Uno escribe con todo lo que es, con la experiencia que tuvo en todos los sentidos. Mi profesión me influye como le influiría cualquier oficio a alguien que escribe, pero en esta novela puntualmente no hay nada de derecho, no hay procesos judiciales ni nada de eso. Sí creo que el hábito de escribir como abogado me aportó, porque en mi trabajo en el ámbito civil y comercial los procesos en general son escritos. Pero no es una influencia directa, es más bien parte de mi formación como persona.
-Vivís en París desde hace años. ¿Seguís sintiéndote porteño?
-Sin duda. Me fui a los 52 años de Buenos Aires: si me hubiera ido a los 18 sería otra historia, pero mi vida se armó acá. Es el país que amo. Me fui por una oportunidad laboral, si no, no me hubiera ido. Al principio trabajaba a la vez para el estudio de allá y para el de acá, y acá el ritmo como abogado era insostenible. No por ambición económica, sino porque tenía una serie de clientes que no me dejaban encontrarle la vuelta a los tiempos. Escribía un rato un sábado, un rato un domingo a la noche, y llegaba reventado. Allá el horario era más corto y eso me permitió dedicarme a lo que siempre me apasionó. La distancia, además, me dio cierta libertad para escribir.
-¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
-Empecé a escribir desde muy joven, pero nunca me sentí escritor, nunca pensé en publicar. Tengo dos novelas más terminadas además de esta: la segunda la terminé en 2017 y se publicó en 2024. Recién me animé entre 2019 y 2020, cuando un amigo que vive en París, el escritor Eduardo Scott, casado con Ariana Harwicz, me insistió para que le mostrara algo. Me daba mucho pudor, los cuentos eran bastante autorreferenciales. Le mandé un par, me dijo que estaban buenos, le mandé más, y terminó escribiéndoles a dos editoriales de mi parte. Me costó meses decidirme a mandarlo yo. Con un día de diferencia, las dos editoriales me dijeron que sí. Publiqué con Paradiso: fue mi libro número doce en términos de lo escrito, aunque el primero publicado. Hoy, si tuviera que elegir entre el derecho y la literatura, no tengo ninguna duda: es la literatura.
-Contame de tu rutina de escritura.
-A la mañana hago mi trabajo de consultor externo en derecho, reviso contratos, convenios, y a la tarde me dedico dos o tres horas a escribir, que son horas intensas. Voy a un café, tengo mi café de cabecera, aunque a veces cambio o escribo en casa. Es casi todos los días de la semana. No me lo impongo como obligación: para mí escribir es como ir al terapeuta, como estar tomando un café con un amigo, como estar enamorado. No me cuesta nunca sentarme a escribir, siento un alivio, como el que sentís después de ir al gimnasio. Hasta ahora es todo placer.
-¿Qué lugar ocupa la literatura frente a la violencia, en un momento en que el mundo vuelve a estar en guerra?
-El arte en general funciona como un escape: si la realidad es dura, vemos una película, leemos un libro, vamos a una muestra, y eso nos oxigena. Pero para mí la literatura va más allá. Me ha acompañado siempre, me educó, me abrió puertas, no solo desde la fantasía sino porque cada libro tiene algo que me conmueve o me sorprende. Es como sentarme a charlar con alguien que quiero y admiro. Leer es como estar en una sesión de terapia. Y escribir es como salir de esa sesión: cuando termino un texto y lo releo, a veces me sorprendo, para bien o para mal, de lo que escribí. Con mi segunda novela, ambientada entre jubilados del barrio de la Paternal, con crímenes de por medio, terminé preguntándome qué tengo yo adentro para haber escrito eso, aunque nada sea autorreferencial. La literatura permite exponer esa parte de uno mismo y no salir a lastimar a nadie.


