María Oruña, escritora: "En el mundo literario a veces hay más tiburones que en el de los abogados"
María Oruña cuenta cómo pasó de los tribunales a convertirse en una de las autoras más leídas del misterio en español, y revela los secretos detrás de sus novelas, el valor de la documentación y su vínculo con Vigo.
María Oruña, la autora española de Puerto Escondido y El Albatros Negro, dejó la abogacía para dedicarse a las novelas de misterio que mezclan historia, ciencia forense y aventura. En esta charla con BAE Negocios repasa su salto de los tribunales a la ficción, el trabajo de documentación detrás de sus libros y el vínculo entrañable que la une a su ciudad natal, Vigo.
Antes de convertirse en una de las voces más leídas del misterio en español, Oruña ejerció como abogada durante diez años. Escribió su primera novela, Puerto Escondido, casi por curiosidad, en los meses que siguieron a la maternidad, sin cursos de escritura ni certezas sobre si alguien la publicaría. El libro terminó vendiéndose al extranjero antes de que ella misma comprendiera lo que estaba pasando.
Desde entonces construyó una obra que no se deja encasillar del todo en la novela negra: prefiere hablar de misterio, de tramas que combinan ciencia, historia y un fuerte trabajo de campo. Su último título, El Albatros, la llevó a bucear en el pasado oculto de su propia ciudad, Vigo, y en la leyenda de un galeón que escapó de la batalla de Rande, en 1702.
"Yo estaba viviendo el sueño de muchos escritores sin saberlo. Todo lo que tengo que contar está en el libro, no tengo nada interesante que contar sobre mí", dijo a BAE Negocios, durante su visita a Buenos Aires. Reconoce que empezó en este oficio "muy pava" y que, con los años, descubrió que el mundo editorial puede ser tan implacable como el de los tribunales.
-¿Cómo fue ese paso a la literatura?
-La gente cree que fue algo épico, como en una película, que un día decidí dedicarme a escribir porque era muy buena. No fue así. Fue todo muy progresivo y con mucha prudencia. Compaginé la abogacía con la escritura durante casi tres años. Cuando fui madre dejé el bufete internacional en el que trabajaba y me monté por mi cuenta. En los meses previos a empezar en mi propio despacho, con un bebé recién nacido, se me ocurrió ver si era capaz de escribir una historia que tenía en la cabeza. Nunca había escrito nada ni había hecho cursos de escritura. Así surgió Puerto Escondido, mi primera novela. Yo no sabía qué hacer con eso, no conocía a nadie del ambiente. Busqué en internet cómo se conseguía un agente y tardé casi un año en que alguno leyera una sola línea. Cuando por fin empezó a moverse, arrancó muy fuerte: ya se vendía al extranjero y yo no entendía nada de lo que estaba pasando.
-¿Era tu sueño ser escritora?
-No, para mí los escritores eran gente muy lista, un estrato muy alto. No era algo que pasara por mi mente. De chica escribía bien y los profesores me elegían para los concursos literarios entre colegios, sin que yo supiera muy bien por qué. Ahí me di cuenta por primera vez de que alguien apreciaba mi escritura, pero nada más. No era un sueño: era una cosa muy lejana, reservada para gente muy famosa o muy lista. Yo me veía diminuta en ese mundo.
-Sin embargo, empezaste a vender bien enseguida.
- Sí, eso fue lo sorprendente. Yo estaba viviendo el sueño de muchos escritores sin saberlo. Apenas salió Puerto Escondido me llamaron de la editorial, desde Barcelona, para avisarme que muchos periodistas querían entrevistarme por la ambientación que le había dado a la novela en Cantabria. Y yo pensaba: '¿Por qué quieren hablar conmigo?' No era mi sueño que me entrevistaran. Ya está el libro, ahí tengo todo lo que tengo para contar; yo no tengo nada interesante que decir sobre mí misma. Fue una especie de revolución progresiva. Empecé muy pava, la verdad, aunque ya llevaba diez años ejerciendo de abogada y creía que sabía cómo funcionaba el mundo. Fue como volver a ser adolescente en un ambiente completamente distinto. Y después descubrí que en el mundo literario a veces hay más tiburones que en el de los abogados.
-¿Por qué lo decís?
-Porque los egos son muy altos, hay temas de contratos y también pesa el hecho de ser mujer y encima vender bien. Es un debate abierto e infinito. Siempre aparece la contraargumentación de que Agatha Christie es quien más vendió y era mujer. Pero la cuestión de fondo es otra: yo escribo novelas con datos científicos, forenses e históricos. ¿Vendería más si fuera hombre? Probablemente sí. Persiste la idea de que los hombres pueden escribir con un poso más serio, de espionaje o de política, mientras que a nosotras nos queda el domestic noir con alguna receta de cocina de por medio. No es mi caso, pero esa mirada todavía existe. No todo el mundo piensa así, pero los prejuicios perduran. De todas formas, yo no me quejo: puedo vivir de esto y me va muy bien.
-¿Sentís que la juzgan por vender bien?
-No lo he sentido en carne propia, aunque es cierto que cuando a una le va bien, hay compañeros que piensan "por qué ella sí y yo no". Es un mundo de artistas y también puede ser cruel: si vendes mucho, recibís un trato determinado, y si en algún momento eso falla, aparece esa especie de ego dañado. A mí eso no me preocupa demasiado porque no me tomo tan en serio a mí misma. Sé que el juego puede traer curvas en cualquier momento y no pasa nada. Vengo de otros oficios, ya perdí partidas antes y sé que soy capaz de rearmarme. Si esto fuera mal, monto otra cosa. Pero me encanta contar historias y cada libro es un reto nuevo.
-¿Quedó algo de la abogada en tu forma de escribir?
-Es curioso, porque hay muchos escritores que antes fueron abogados y uno podría preguntarse por qué existe ese patrón. No lo sé, pero sí utilizo algunos términos jurídicos y soy muy precisa con las palabras: ante un juez hay que serlo, no es lo mismo un matiz que otro. Los que venimos del derecho también tenemos que corregirnos más, porque usamos muchos gerundios, que los correctores odian, igual que la musicalidad de los textos. Pero, más allá de eso, mi trabajo como abogada no tiene mucho que ver con lo que escribo ahora: nunca visité un calabozo.
-Te llaman "la dama del misterio" o "la dama del crimen"
-Me han denominado de muchas maneras, según cada editorial. Cuando salió mi primer libro, con la frase "la gran revelación de la novela negra", me pareció un poco raro, porque yo era consciente de que no escribo novela negra pura, al estilo de Raymond Chandler. Lo mío es más bien un híbrido en el que se mezcla historia, ciencia, no aplico ambientes urbanos ni lenguajes duros: me salgo de esa línea purista. Por eso prefiero decir que escribo novelas de misterio. En El Albatros, por ejemplo, se mezcla también la novela histórica y de aventuras. En cada libro aplico un subgénero distinto, según lo que pide la trama.
-¿Cuánto tiempo te lleva escribir un libro?
-Formalmente, puedo decir que un par de años. Ese tiempo incluye la documentación y, sobre todo, la escaleta, que para mí es lo más difícil: de la nada, en un simple folio, tengo que crear el inicio, el nudo, el desenlace, hacia dónde va cada personaje, qué sentido tiene la historia y si vale la pena ser contada. Después, el libro en sí puedo escribirlo en cinco meses, pero hay mucho trabajo previo, y no hablo solo de novela histórica: si aparece una periodista, un camarero o un ingeniero, necesito saber qué jerga usan y qué problemática actual tienen. Le pido a alguien que me deje acompañarlo un par de días, calladita en una esquina, viendo cómo trabaja, y repito con varias personas hasta armar un personaje que tenga un poso de verdad. Siempre termino haciendo amigos: investigadores paranormales, arqueólogos, buceadores. Como en cada novela toco un palo distinto, la gente es muy generosa, y eso hace que los libros terminen vivos.
-¿Dónde escribís?
-Vivo en una casita vieja de pescadores al lado del mar, que arreglamos hasta donde nos dejó la normativa de costa. Terminó siendo una especie de loft grande y, al fondo, tengo mi despacho, abierto, al lado del de mi marido. Ahí está también el salón, mi hijo, el perro, la tele, los amigos. Me pongo los cascos y es una catarsis: me olvido de todo lo que hay alrededor y entro en otro mundo. No tengo un despacho privado con puerta, aunque ya me estoy quedando sin espacio para los libros.
-¿Qué escuchas mientras escribís?
-Cuando en un libro digo que suena música, es porque yo la estoy escuchando en ese momento, vinculada a esa escena. Si estoy narrando un crimen misterioso en Buenos Aires con una pareja bailando un tango mientras un ladrón de guante blanco anda cerca, voy a tener ese tango sonando en bucle, porque no solo tengo que contar con palabras lo que sucede, sino imprimir atmósfera. Hay un momento, escribiendo, en que se llega a un nivel de pensamiento más profundo, casi como estar dentro de un poema constante: ya no me lo estoy inventando, simplemente cuento lo que estoy viendo. La música me ayuda a entrar en esa catarsis.
-¿Te cuesta despedirte de los personajes?
-No, nada, soy fría como el hielo. Cuando considero que la historia está contada, la dejo enfriar un par de semanas sin mirar el texto. Después lo releo: si noto que empiezo a leerlo en diagonal, que me salto algo, es que está mal, aunque yo sepa lo que pasa, y lo tacho sin dolor. Si en cambio estoy disfrutando el texto, ahí cierro el trabajo. No tengo lector cero: se lo mando directamente al editor. Después vienen las correcciones, pero para mí ya está cerrado. Al día siguiente ya estoy con la nueva historia.
-¿Tenés miedo a la hoja en blanco?
-Nunca, porque siempre estoy buscando historias. Viajo mucho, escucho mucho, me encanta hablar con gente mayor. Si algo me llama la atención, no me cuesta acercarme y preguntar, y la gente disfruta contar. Una cosa lleva a otra hasta que aparece la historia. Soy muy imaginativa: puedo estar desayunando en un hotel e imaginarme una biografía distinta para cada persona de la sala. Pensaba que todo el mundo era así, hasta que descubrí que hay gente normal.
-¿Cómo surgió la historia de El Albatros?
-Quería hacer algo distinto, sin un género definido, con un guiño a las novelas de aventuras, tipo Robinson Crusoe o La isla del tesoro, pero con misterio, trama policial y datos forenses. Necesitaba un tesoro, y como soy muy náutica, se me ocurrió que fuera un tesoro acuático: pensé en la flota de Indias, con todos los barcos hundidos entre España y Sudamérica. Llegué a tener casi cerrado un viaje a República Dominicana para buscar esa historia en otro lado. Pero un día, yendo a la biblioteca a buscar información sobre náutica de la época, descubrí, para mi sorpresa, que había algo vinculado a la flota de Indias en mi propia ciudad, Vigo, relacionado con la batalla de Rande, de 1702. Sabía que ahí se habían hundido varios galeones, pero no que uno de ellos había escapado de la quema. Ahí decidí que ese sería el misterio y que iba a buscar el tesoro de verdad para los lectores. Fue divertido, pero también muy trabajoso, porque terminé escribiendo dos novelas y cosiéndolas: una hablada como en el siglo XVIII y otra en el siglo XXI.
- ¿Dónde investigaste todo ese material?
-Voy a varias bibliotecas de Vigo, donde ya me conocen: en cuanto me ven, sacan un carro de dos alturas y me preguntan de qué tema se trata esta vez. También fue clave el Archivo de Indias, en Sevilla, y el Archivo de Simancas, en Valladolid. Tengo un truco que uso siempre: voy a museos navales, porque ahí se venden libros escritos por catedráticos expertos que no están en librerías ni en bibliotecas comunes, y son de una utilidad enorme. Lo mismo me pasó cuando escribí sobre cuevas o museos arqueológicos: el material que se consigue ahí no es genérico, no lo encontrás en cualquier lado.
-¿Qué fue lo más difícil de recrear?
-En Galicia, esa época se llama "los siglos oscuros", porque casi no hay creación literaria, a diferencia del Siglo de Oro. Necesitaba saber cómo hablaba y qué ambicionaba la gente de esa zona, no de Francia o Italia, donde sí había producción teatral. No había casi nada escrito. Conseguí documentación policial, cartas privadas, cartas bélicas, confesiones; recorrí todos los archivos imaginables, incluido el archivo diocesano de la iglesia. Ahí un cura, al notar que yo estaba casada solo por civil, me ofreció un trato: si él conseguía la documentación muy concreta que yo le pedía, yo me casaba por la iglesia con él. No lo consiguió, pero si lo hubiera logrado, me habría casado por la iglesia con tal de conseguir esa información para los lectores.
-¿Te costó que se le abrieran esas puertas?
-No, porque entro siempre con mucha educación, con prudencia y con los deberes hechos: ya sé exactamente qué necesito de determinada estantería, no llego a pedir que alguien busque en cien años de historia sin más. Lo mismo me pasa con los forenses: tengo contactos, pero necesitaba los de la ciudad puntual donde iba a trabajar, para conocer la casuística local. Me costó bastante que me atendiera el forense de Vigo, pero cuando le explico con precisión lo que necesito, sabiendo que suena raro pero que lo estudié, la gente responde. Eso sí, jamás le pediría a alguien que me redacte un informe o que trabaje para mí: solo pregunto lo que necesito. La mayoría de las veces no saben quién soy, me ven llegar en vaqueros y zapatillas, y aun así son muy generosos.
-Escribir sobre su propia ciudad, ¿le sumó una responsabilidad distinta?
-No, soy una persona muy tranquila. Sé que mi trabajo puede gustar o no, pero también sé que me volqué por completo, que fui honesta y que no dejé nada sin revisar. Lo que sí me sorprendió fue descubrir lo poco que yo misma conocía de Vigo: es una ciudad que hasta el siglo XIX vivió amurallada, casi como en el medioevo, y eso no se enseña en los colegios. Mi hijo, que tiene 15 años y se crió en Vigo, nunca aprendió en la escuela que su ciudad había estado murallada. Es un pasado no solo dormido, sino sepultado, y eso me sorprende y me molesta. Había zonas del casco viejo que de joven eran muy deprimidas, con drogadicción y prostitución, y que ahora se recuperaron. Las visité por primera vez para documentar esta historia y quedé maravillada: se habían quedado como encapsuladas en el tiempo, todavía con esa atmósfera de pescadores humildes, techos bajos y piedra.
-La novela generó que muchos lectores quieran conocer Vigo.
-Sí, las bibliotecas armaron una guía con un mapa de los lugares del libro, y yo tuve que sumar un apartado de rutas literarias en mi propia página web, porque incluso desde Sudamérica me escribían para avisarme que iban a viajar a Galicia. Hay empresas que arman recorridos, aunque yo no tengo nada que ver con eso. Me parece hermoso: los lectores se convierten en aventureros y el libro queda vivo en sus manos.
-¿Qué te gustaría que encontraran los lectores en El Albatros?
-En el libro cito a Stevenson, que dice que nadie habrá sido niño si nunca buscó un tesoro. Esa es la idea: volver a ser un poco chicos, jugar con las pistas que voy dejando, que son una provocación para el lector, y que cuando termine el libro sienta pena de dejarlo, que se sienta parte de esa familia coral de personajes. Aunque suene cursi, que por un momento haya vuelto a soñar. Hoy tenemos todo al instante en el teléfono, pero eso es adrenalina, no emoción real. Esa sensación de entrar en otro mundo solo te la dan las buenas historias.
-¿Te dio miedo la extensión del libro?
-Sí, es el más largo que escribí. De hecho, cuando se lo entregué a mi editor, tenía unas cincuenta páginas menos: me había contenido, porque en realidad son dos novelas en una. Él me dijo que se notaba que tenía más material, sobre todo en la voz histórica, y me pidió que me soltara. Me solté, aunque con cuidado de no pasarme de las seiscientas páginas: yo prefiero las novelas de cuatrocientas, pero, considerando que esto es casi dos libros en uno, estoy contenta con el resultado final.
-Con tantos personajes, ¿tenes alguno preferido?
-Sé cuál es el preferido de los lectores: el monje corsario, del que me piden hasta un spin-off. Después está Miranda, inspirada en María Sibylla Merian, la primera entomóloga de la historia, un personaje que sorprendió tanto que mucha gente se pone a buscarla en internet. Pero le tengo cariño a todos, incluida la investigadora de la brigada de patrimonio histórico, que en España mucha gente cree que es inventada. Estuve cenando con ellos en Madrid: son apenas veinte personas para todo el patrimonio nacional del país, mientras que en Italia la misma brigada tiene unas trescientas. Después de la trata de personas y el narcotráfico, el arte es lo que más dinero delictivo mueve en el mundo, y es increíble lo poco que se habla de eso.
-¿Cómo elegiste el título de la novela?
-Descubrí que los marineros de la flota de Indias veían un ave, el albatros, que es blanco y que solían avistar hacia Centroamérica, y creían que al morir su alma perduraba en su vuelo. Me pareció bonito hacerles un guiño a esos marineros, gente que vivía de forma muy dura, con una esperanza de vida de cuarenta años, casi al margen de los protocolos sociales y culturales de tierra firme. Son vistos desde arriba por la sociedad, casi como una inmundicia, y sin embargo son los más libres de todos. Me gustó jugar con el doble sentido de que el galeón se llamara justamente así, con un tesoro en su interior, como homenaje a toda esa gente cuyos nombres fueron olvidados, pero cuyas hazañas, grandes o pequeñas, hicieron posible lo que somos ahora.
-En un tiempo atravesado por discursos violentos, ¿qué rol cumple la literatura?
-Cumple un rol de evasión y entretenimiento, pero también es muy importante porque ofrece perspectiva: los mismos hechos admiten otro punto de vista. En esta novela, el mismo tesoro se ve desde alguien criado en el siglo XVIII y desde otra persona con una visión completamente distinta en el siglo XXI. Un buen libro te explota en la cabeza, porque desarrolla el pensamiento crítico. Todos estamos hechos a hábitos y costumbres que nunca cuestionamos: yo hoy vine con un vestido a la altura de la pantorrilla, pero hace un siglo eso hubiera sido impensable. Los libros son fascinantes porque, según quién los escriba y desde dónde, pueden cambiar la forma en que uno mira hasta su propio barrio. Como decía Lord Byron, creo firmemente en mis convicciones, pero si me dan un buen argumento, puedo cambiarlas.
-¿Qué te da escribir?
-Me ofrece un refugio. Cuando escribo, todo a mi alrededor se desvanece, queda una especie de neblina, y no hay nada más. Todos tenemos constantes incendios que apagar, dramas más o menos profundos, y tener un rato de calma para crear un mundo nuevo es hermoso. Cuando recibo correos de lectores de Canadá, Italia o Argentina contándome que ese fue el último libro que leyó su padre en el hospital, o que los acompañó en un verano particular, pienso que con un trabajo tan sencillo como el mío estamos un poco menos solos. Yo también me siento menos sola, porque escribo pensando en alguien más.
-¿Y el éxito?
-Soy muy tranquila. Además, creo que el concepto de éxito está bastante difuminado y equivocado. Estar hoy en Buenos Aires, en un hotel muy lindo, hablando en un diario o una radio, no es éxito: eso es promoción, que es distinto. El éxito es poder vivir de escribir. Pero, sobre todo, para mí el éxito es perdurar. Sé que voy a ser olvidada, y lo asumo sin problema. Pero pienso qué hermoso sería que alguien, dentro de treinta, cuarenta o cincuenta años, esté una tarde aburrida en su casa, encuentre un libro mío y empiece a leerlo. Eso es el éxito: lograr que otra persona lata con el mismo corazón que uno, aunque uno ya no exista. Lo demás me da mucha gracia; sé que esto es una ola que sube y baja, y no me tomo tan en serio a mí misma. Ojalá siga siendo capaz de contar buenas historias y de disfrutar mientras las escribo.


