Pilar Quintana, la escritora que vivió nueve años en la selva y contó su experiencia: "Te conectás con el animal que sos"
Después de nueve años viviendo en la selva del Pacífico colombiano, Pilar Quintana escribió Noche Negra. En esta entrevista con BAE Negocios repasa esa experiencia, la violencia que llevamos dentro y por qué recién de grande se animó a decirse feminista.
La escritora colombiana, presentó Noche Negra, una novela ambientada en la selva del Pacífico que nació de tres meses de soledad real. En diálogo con BAE Negocios, habla de la violencia que llevamos dentro, del feminismo de redes que la hizo animarse a nombrarse feminista y de la mujer que inspiró a su protagonista.
Pilar Quintana nació en Cali a mediados de los años 70, cuando la ciudad todavía era un centro cultural, y creció en ella durante los 80, cuando el cartel de Cali estaba en pleno apogeo y el dinero del narcotráfico había impuesto un culto a las apariencias que atravesó todas las clases sociales. En ese ambiente, donde lo artístico no se valoraba, la autora dice haber sido "un bicho raro". A los 14 años leyó Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, y pasó la noche en vela; al día siguiente volvió a empezarlo. Ahí decidió que quería escribir historias capaces de obsesionar a un lector como ese libro la había obsesionado a ella.
Se formó como guionista de televisión en Bogotá, oficio que, dice, le enseñó a poner la prosa al servicio de la historia. Renunció, volvió a Cali, se instaló en un trabajo de oficina que la hundió en una rutina asfixiante y, desde ahí, escribió su primera novela: la de una joven publicista que decide vender todo y salir a recorrer el mundo. Poco después hizo exactamente eso. Viajó tres años con una mochila por América, Estados Unidos, India, Nepal y Australia, y su padre dejó de hablarle durante una década. A la vuelta se fue a vivir nueve años a la selva del Pacífico colombiano, donde construyó con sus propias manos, junto a su expareja, la casa que después inspiraría a Rosa, la protagonista de Noche Negra.
La nueva novela transcurre en Colombia en 1980, en plena vigencia del estado de sitio y del Estatuto de Seguridad que ampliaba los poderes militares, y sigue a una mujer que se queda sola en una casa de la selva mientras la marea, día tras día, le va robando la luz y la compañía.
-¿Siempre supiste que ibas a ser escritora?
-Sí, desde muy chica. Era la que en el colegio escribía las cartas y los discursos de todos. Pero el momento en que lo supe con certeza fue a los 14 años, cuando leí Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Quedé fascinada, no dormí esa noche, y cuando volví del colegio empecé a leerlo otra vez. Me dije: esto es lo que yo quiero hacer, quiero escribir historias que algún día obsesionen a alguien como este libro me obsesionó a mí.
-¿Tenés memoria de tus primeros textos?
-El primer cuento lo escribí en primer grado, cuando nos enseñaban a leer y a escribir. Era un payaso con la cara pintada de risa al que le pasaban tragedias espantosas: se le moría la madre, se le quemaba la casa. Me impresiona pensarlo ahora, porque ese tema atraviesa toda mi obra: las máscaras que nos ponemos para actuar en sociedad y lo que de verdad nos pasa por dentro. Crecí en una Cali muy particular, donde las apariencias eran fundamentales. Nací en los 70; a mediados de los 80 ya estaba en pleno apogeo el cartel de Cali, y la ciudad, que en los 60 y los 70 había sido muy cultural, se convirtió en la meca del narcotráfico. Había mucho dinero circulante, los narcos andaban con mujeres transformadas por la cirugía plástica, y eso permeó todos los estamentos sociales: en mi generación, casi todas las caleñas tienen cirugías. Con la de mi sobrina, nacida en los 2000, eso ya está cambiando. Yo, que tenía intereses de lectura, era directamente rechazada.
-¿Cómo llegaste a la publicación?
-Me fui a estudiar a Bogotá y fui feliz, porque ahí encontré gente como yo. Estudié comunicación social, entendí rápido que no quería ser periodista sino hacer ficción, y me especialicé en guion. Al salir de la universidad, fui guionista de televisión durante tres años. Me sirvió muchísimo, porque me enseñó a contar una historia de manera efectiva: ahí no importa la prosa, importa la historia. Con los años volví a poner la prosa al servicio de la historia, pero trabajada. Es un método que le recomiendo a cualquiera que quiera escribir. El problema era que tenía que entregar cuarenta y cinco páginas semanales y nunca escribía lo que yo quería. Fue la época en que más escribí y, sin embargo, menos escribí lo mío. Entonces renuncié, volví a Cali, conseguí un trabajo sencillo de oficina para escribir mis novelas de noche, y fue un desastre: nunca había trabajado en oficina, la rutina me deprimió -creo que tuve una depresión no diagnosticada- y empecé a llevar una vida bastante salvaje. Ahí escribí una novela sobre una joven publicista, aburrida de su vida, que decide vender todo e irse de viaje. Y eso hice yo: renuncié a todo y me fui.
-¿Adónde te llevó ese viaje?
-Recorrí América, después Estados Unidos, India, Nepal y Australia. Viajé tres años con una mochila. Vendí un departamento que me había regalado mi papá al graduarme -fui muy privilegiada-, guardé la mitad y me gasté la otra mitad en el viaje. Mi papá dejó de hablarme durante diez años. En ese tiempo entregué mi primera novela y, cuando volví, la publiqué. Después me fui a vivir nueve años a la selva, donde construí mi propia casa con mis manos, junto a mi expareja. No es una historia autobiográfica, pero Rosa, mi protagonista, nació en 1941, y la novela sí bebe de esa experiencia real. No soy una escritora de la imaginación.
-¿Cómo fue esa vida en la selva?
-Extraordinaria, difícil, maravillosa. Tuve malaria, tuve leishmaniasis, viví un terremoto. Los vecinos más cercanos estaban a doscientos metros, pero en la selva eso no es lo mismo que en la ciudad. Había viajado tres años y me había gustado esa vida sencilla; además, pensaba que me iba a permitir escribir, porque si volvía a una ciudad tendría que trabajar y el mejor tiempo de mi día se lo iba a llevar el trabajo alimenticio. Yo quería que el mejor tiempo del día fuera para la escritura. Diseñé la casa; no soy arquitecta, pero la diseñé, y no se cayó ni con el terremoto. En esos años sufrí también un síndrome de Takotsubo, un infarto por estrés emocional, y perdí un embarazo: no había querido tener hijos y, después de los 40, me dieron ganas, quedé embarazada y lo perdí. Creo que fue por eso. A los 42 volví a hablar con mi papá y ya no dejamos de hacerlo. Después volví a quedar embarazada y hoy tengo un hijo de 11 años. Durante esos años en la selva seguí escribiendo novelas muy urbanas; la obra que de verdad bebe de esa experiencia selvática la escribí después, ya de vuelta en la ciudad. Hoy vivo en Bogotá.
-¿Cómo surgió Noche Negra?
-Hubo una temporada en que a mi expareja le hicieron una cirugía y tuvo que irse. Lo acompañé la primera semana, pero durante los tres meses siguientes me quedé sola en la casa de la selva, y fue una experiencia profunda: estuve realmente sola. Teníamos luz, pero podía irse tres o cuatro días seguidos si una tempestad tumbaba un árbol sobre los cables. Ahí experimenté la soledad, la oscuridad, vi cómo unos vecinos amables se volvían de golpe acosadores, sufrí amenazas de un par de personas del pueblo. Me instalé prácticamente a vivir en vela, con el machete en el clóset. Tuve que seguir luchando contra los elementos, pero sola. Mientras me pasaba, sentía que era valiente y que no tenía miedo; con los años entendí que sí lo tuve, y que tenía que hacerle una novela a ese trauma. Escribía a mano, como siempre, en libretas, aunque también tenía una computadora que cargaba con panel solar. Como la zona era muy lluviosa y gris, a veces tenía que elegir entre cargar el computador o tener luz de noche, así que terminamos conectándonos a la luz eléctrica del pueblo. En la ciudad, aunque uno esté solo, nunca lo está del todo: baja al edificio y ve gente. En la selva estaba sola de verdad, sin hablar con nadie en todo el día; tenía mi perra, mi gata, mis gallinas, y eso era toda la compañía. Mi casa además estaba separada del pueblo por un estero que la marea subía cuatro o cinco metros cada seis horas, así que bajar a comprar era casi una expedición. Y la casa era abierta: tenía puertas y ventanas solo en el cuarto donde dormía. Cualquiera podía tumbar la puerta de madera si de verdad hubiera querido hacerme daño. Era una zona de gente buena, pero igual viví ese giro con algunos vecinos.
-Rosa no sos vos, pero, ¿cómo la construiste?
-No, mi historia no es la de Rosa. Ella pertenece a una generación que para mí es desconocida: mi mamá nació en los 50, mi papá en los 30, y yo no tenía una referencia real de una mujer nacida en los años 40 como ella. Las que conozco en Cali son bastante conservadoras y jamás habrían hecho lo que hizo Rosa. Mientras escribía la novela yo estaba editando la Biblioteca de Escritoras Colombianas, un proyecto del Ministerio de Cultura que dirigí para rescatar a grandes autoras olvidadas cuyos libros ya no circulaban, y les prestaba especial atención a las nacidas en los 40 que fueron revolucionarias. A varias las guardé, pensando: esta me va a servir para construir a Rosa. Es una mujer fuerte que desafió los roles de género de su época: en esos años las mujeres podían ir a la universidad, pero no era bien visto. Le pregunté a mi papá cuántas mujeres estudiaron con él y me dijo que apenas recordaba una, y que era extraordinaria; seguramente fue de las primeras médicas graduadas en Colombia. Esa era la época en la que a Rosa le tocó estudiar, además en los 60, cuando las guerrillas se estaban conformando y era casi inevitable simpatizar con ese movimiento si uno pasaba por la universidad pública. Rosa no se casó, no tuvo hijos, fue una profesional ambiciosa, todo lo que no estaba bien visto en una mujer de su generación, que debía ir a la universidad solo para conseguir marido. Ella rompió con esas convenciones. Es una mujer fortísima que sostiene el hogar y elige un marido porque sabe que puede darle el sueño que quiere; pero apenas él se va de la selva, entiende que también es vulnerable. Creo que eso resume bastante la experiencia de ser mujer: con el feminismo actual de redes hemos trabajado mucho nuestro papel de víctimas dentro del patriarcado, y lo somos, pero no solo somos víctimas. Somos fuertes, y la gran paradoja, el gran horror, es que al mismo tiempo somos vulnerables. Creo que Rosa empieza a entender eso.
-¿Y el sueño de Rosa era justamente ese, ir a la selva?
-No sé si específicamente la selva, pero sí romper con la rutina. Es el sueño del habitante promedio de ciudad: dejar de trabajar algún día e irse a una casita en las montañas, en la playa, en un lugar alejado. Ese sueño es una idealización de la naturaleza, una idea muy romántica que tenemos desde el mundo occidental, como si la naturaleza fuera necesariamente buena y fuera a relajarnos. Pero el veneno de una serpiente también es natural, los terremotos son naturales. La naturaleza no es buena: es, y tiene vida y destrucción. Rosa llega a la selva buscando la vida tranquila que el capitalismo no le permite, y descubre que ahí no hay nada de tranquilo, que existen unos estreses fundamentales, casi más primarios que los de la sociedad capitalista.
-¿La selva es un personaje más de la novela?
- Me encantan las novelas de escenario, esas que te llevan a vivir a otro lugar, y en ese sentido sí, está muy presente. Pero además hay algo que vengo trabajando en mis novelas: nuestra relación con la naturaleza. Somos animales, pero no terminamos de creerlo; seguimos sintiéndonos una creación especial, distinta, y se nos olvida que somos naturaleza. Me interesa entender al ser humano como un animal: es el estudio que vengo haciendo desde La Perra, en algunos cuentos, y ahora en Noche Negra. Creo que esta es mi gran novela de la naturaleza, y lo que Rosa descubre es que la naturaleza no está afuera: ella no pertenece a la naturaleza, ella es naturaleza. En la ciudad se nos olvida, porque abrimos la llave y sale agua, comemos un bife y no vemos la violencia que hizo falta para que llegue a nuestro plato. En la selva te conectás con el animal que sos: si querés agua, tenés que hacer el acueducto, y para eso tumbar árboles; si querés comer, tenés que cazar, y eso implica matar; si querés defender tu casa, también. Ahí entrás en comunicación más profunda con esa parte tuya y tenés que desafiar la idea de que la violencia es mala. Es necesaria para sobrevivir, y ese impulso civilizador que tanto criticamos -el mismo que trajo al hombre blanco occidental a devastar la selva americana- está dentro de todos nosotros. No son "ellos" los violentos: es un impulso animal que nos permitió sobrevivir como especie. Cuando llegué a la selva, tenía ideas hippies, de abrazar árboles, de no contaminar, de vivir sin venenos. En una semana teníamos infecciones, cortadas que se infectaban en minutos, termitas comiéndose la madera de la casa, y tuvimos que ir a la ciudad a buscar antibióticos y todos los venenos posibles para defendernos. La selva era maravillosa, pero también horrible. Ahí empuñé el machete y entendí que la relación con ella era una lucha permanente. Y eso, de algún modo, es hermoso, porque es verdadero. En la ciudad vivimos en un mundo de fantasía donde disimulamos nuestra verdad animal.
-¿Por qué el título Noche Negra?
-El título de trabajo era Estado de Sitio, porque la novela transcurre en 1980, cuando Colombia estaba permanentemente bajo estado de sitio y regía además el Estatuto de Seguridad, un decreto que le daba más poder a los militares para detener personas sin necesidad de legalizar la captura durante 72 horas. Rosa, además, está aislada en un lugar separado de la ciudad por el mar y la selva, en una casa que funciona como una especie de estado de sitio propio. Pero el nombre sonaba demasiado político para una novela que en el fondo es de naturaleza. Y hay otro elemento central en el libro: la oscuridad, cómo noche tras noche se va haciendo más densa, hasta llegar a esa noche negra en la que Rosa tiene que confrontar lo que no quiere confrontar.
-¿Cómo la recibieron los lectores que no conocen esa experiencia?
-Tuve varias entrevistas con editoras de Estados Unidos y del Reino Unido interesadas en traducirla. Muchas, mujeres de Londres o Nueva York que no habían vivido en la selva, que no conocían Latinoamérica ni siquiera hablaban español, me decían que sentían como propia la experiencia de Rosa. Eso me gustó, porque creo que lo que le pasa a ella, tan particular, en una zona tan particular de un país tan particular, termina narrando algo común a todas: sentirnos asediadas, en un estado de alerta permanente. Es una experiencia lamentablemente universal.
-Ya que hablamos tanto de la mujer, ¿cómo ves su situación hoy?
-Mirá lo que pasa en Estados Unidos: yo creía que nuestros derechos ya estaban protegidos para siempre, y sin embargo hay estados donde hoy el aborto es ilegal, un derecho fundamental que nos da autonomía. Están esas instagramers "tradwives" que proponen volver a lo tradicional, decir que es bueno que las mujeres no trabajen y se queden en la casa, y eso me escandaliza, porque la independencia económica y el derecho al aborto son lo que nos permite ser libres, decidir, ser seres humanos completos. Sin eso volvemos a una situación de sometimiento. Es aterrador. Pero algo propio de esta época es que los temas están sobre la mesa, que los hablamos, que hay voces muy vocales señalando los problemas. Para mí, como mujer, fue clave esta nueva revolución feminista de redes, hecha por mujeres más jóvenes que yo, que me mostraron cosas que mi formación, en una cultura muy patriarcal, me había ocultado. Siempre fui feminista de fondo, pero no me declaraba feminista, porque a las feministas se las pintaba como señoras amargadas que odiaban a los hombres. Estas feministas más jóvenes me permitieron entender que siempre lo había sido, alzar la voz y desafiar ideas misóginas con las que crecí. Les estoy eternamente agradecida, y creo que eso sí transformó la sociedad: las ideas van primero, la sociedad cambia más lento. Pero el retroceso sí me preocupa, y mucho, porque también estamos viendo resurgir gobiernos de ultraderecha en todos lados, y si eso sigue así esas voces pueden ser acalladas. Me llama la atención, además, cómo se están derechizando los jóvenes: los que dicen que ya no se puede tocar a una mujer sin pedir permiso, que ya no se puede coquetear. A veces pienso que son solo coletazos de quienes no quieren perder privilegios, pero en realidad es una sociedad muy dividida, casi mitad y mitad, y una parte enorme está diciendo abiertamente que prefiere los valores tradicionales: la mujer en la casa, criando hijos, cocinando.
-¿Qué te dio a vos escribir?
- Además de ser mi medio de vida, la escritura me da la posibilidad de mirarme, de mirar a mi sociedad y de reconciliarme con cosas que son difíciles de ver si no las trabajás así. Para mí es terapéutica. Me permite conectarme con mi lado oscuro, con mi propia violencia, sin hacerle daño a nadie afuera: es de mentiras. Me permite examinar mi condición animal, entender lo que me pasó. Creo que la ficción me sirve para eso: para conocerme, conocer mi mundo y procesar lo que me pasó.


