Shumona Sinha, escritora: "Llegué a la literatura no solo para atravesar las fronteras, sino para verlas desaparecer"
Shumona Sinha explora en El testamento ruso un puente inesperado entre la India y Rusia, donde la memoria, la ideología y la literatura se convierten en territorio común.
Hay libros que nacen de una historia y otros que parecen surgir de un diálogo entre mundos distantes. El testamento ruso, de Shumona Sinha, es una novela atravesada por las palabras, los recuerdos y una conexión cultural que une a Rusia y Bengala más allá de las fronteras geográficas.
La escritora define esa relación como una suerte de "ruta de la seda" tejida con palabras e imágenes. Durante su infancia en Calcuta, creció leyendo literatura rusa, tanto clásica como soviética, en traducciones al bengalí y al inglés. Aquellas lecturas no solo la acompañaron como lectora: también contribuyeron a su formación humana y terminaron por convertir la literatura en un ideal.
La autora, nacida en Calcuta y radicada en París, dialogó con BAE Negocios.
-¿Cómo surgió la idea para el libro?
-Tengo un amor reprimido por Rusia. El primer cuento que leí de niña era ruso. Como tantos bengalíes de Calcuta, y tantos indios de otros estados, durante las décadas de 1970 y 1980 crecí leyendo literatura rusa, tanto clásica como soviética, maravillosamente traducida al bengalí y al inglés. Me gusta decir que había una «ruta de la seda» entre estos dos países, tejida con palabras e imágenes. Después de escribir novelas sobre la India, en las que exploré principalmente la violenta historia política desde la Independencia, quise rendir homenaje a este patrimonio literario multicultural. Una vez que empecé, descubrí fragmentos del destino devastador de Lev Moisevitch Kliatchko, fundador y editor de RadugaPublishers, una editorial de libros infantiles. Quedé abrumada y necesité un tiempo para recuperarme. Se volvió evidente que mi novela estaría inspirada en su historia de vida.
Además, como para mí era necesario contar la historia desde la perspectiva de una protagonista india, esto me dio la oportunidad de mostrar, mediante un efecto de espejo, la hegemonía cultural y el peligro del fascismo hindú, tal como se vivieron en la década de 1990, así como el fracaso del movimiento comunista de esos años a la hora de combatirlo. Un movimiento que, a su vez, practicaba el dogmatismo y el ostracismo dentro de sus propios círculos.
-Exploras las conexiones entre Rusia y Bengala a través de la ideología y los libros. ¿Cuánto de eso está relacionado con su infancia en Calcuta?
-Mi padre era economista, marxista y militante del Partido Comunista de la India a finales de los años 1960 y durante los años 1970. Casi fue asesinado por los matones del partido gobernante. Tenía en casa su colección de libros rusos. Y mi madre, que había sido profesora de matemáticas en una escuela secundaria, también solía comprar, entre otros, libros rusos. Así que empecé a leer esos libros junto con literatura india, aunque no todos estaban destinados a una niña. Leer a Tolstói, Dostoievski, Máximo Gorki, Turguénev, Dmitri Mamin-Sibiriak, Nikolái Ostrovski, Borís Polevói, Arkadi Gaidar... no solo me encantó como lectora, sino que me formó como ser humano. La literatura se convirtió en un ideal para mí. Empecé a escribir yo misma en mi lengua materna, el bengalí, cuando tenía siete u ocho años, como si no quisiera que las historias terminaran; necesitaba ver que las palabras siguieran fluyendo. A los catorce años me incorporé a la rama estudiantil del Partido Comunista y, aunque lo abandoné a los veintidós, cuando empecé a aprender francés y mis camaradas consideraron que eso era algo burgués, todavía atesoro las enseñanzas que aprendí de la ideología marxista: el desinterés personal y la justicia social, la necesidad de la conciencia de clase y de la lucha de clases. Elegí el camino de la literatura para explorar estos temas y la compleja realidad en la que vivimos, sin dogmatismo y, espero, con una dosis adecuada de libertad creativa.
-¿Cómo describirías a Tania y a Adel?
-Presto mi cuerpo y mis recuerdos, añadiendo fragmentos inventados para construir un personaje de ficción y tejer un vínculo entre la memoria personal y la colectiva. Lo mismo se aplica a los demás personajes: algunos son completamente ficticios, mientras que otros son composiciones. Tania, que se parece mucho a mí, necesitaba ser escrita en tercera persona para crear una distancia narrativa. Adel, que es una completa desconocida para mí, de quien tenía poquísima información, a quien nunca conocí y con quien nunca tuve la oportunidad de dialogar, pero que existió realmente, en otro país, me dio la posibilidad de inventar, imaginar, sumergirme bajo su piel ficticia y crear una Adel para mi novela. El vínculo entre ellas es el padre de Adel, Lev M. Kliatchko. No es un libro sobre todo lo que sé acerca de Kliatchko, sino más bien sobre todo lo que todavía no sé de él. No sé si tenía el aspecto de un muzhik, si tenía el tic nervioso de echarse el pelo hacia atrás con los dedos, o si desapareció de su casa cuando el régimen de Stalin amenazó con cerrar Raduga y terminó borracho en las escaleras del canal Griboyédov. Sin embargo, así es como lo reinventé, utilizando los infinitesimales fragmentos de información que encontré en los archivos.
Sufrí al imaginar su sufrimiento; sufrí por no saber más sobre él. Al mismo tiempo, disfruté introduciendo un gato en su hogar, haciendo que Adel ingresara en el Teatro Mariinski y dándole una historia de amor después de su matrimonio infeliz. Y, sobre todo, disfruté tomando prestada su presencia para transmitir algunas de mis propias reflexiones sobre la vida soviética, el patrimonio literario y el sueño comunista.
-¿Qué ocurre cuando estas dos mujeres empiezan a escribirse cartas?
-Adel queda conmocionada al recibir la carta de Tania. Durante toda su vida desaprendió la historia de su padre y sobrevivió en la Unión Soviética. Luego, su curiosidad por lo desconocido supera su reserva, y conocer la vida de Tania le permite recordar su propio pasado, su infancia, la gloriosa aventura de RadugaPublishers y su desenlace fatal. Las cartas intercambiadas -o, más bien, la carta que Tania le escribe a Adel y la que Adel desea escribirle a ella- exploran dos vidas paralelas, tanto en lo personal como en lo colectivo. En Calcuta, Tania se enfrenta primero a la opresión dentro de su propia familia: concretamente, a la violencia ejercida por su madre. Experimenta la traición: ser traicionada por la misma mujer que le dio la vida. También se enfrenta a la traición dentro del Partido Comunista, porque en la India de los años 1990 la bisexualidad, al igual que la homosexualidad, era considerada una perversión patológica, y el gusto por la literatura no propagandística, un acto de disidencia burguesa. Es aquí donde su historia se cruza con la de Adel en la URSS de los años 1930. Ambas mujeres se desilusionan con la lucha contra el capitalismo, que es una forma de totalitarismo que impone injusticia social. Adel y Tania llegan a la amarga conclusión de que todo discurso dogmático conduce al poder autoritario y de que la humanidad fracasa a la hora de hacer realidad su sueño más heroico y altruista.
-¿Pueden las palabras atravesar el silencio de los años?
-En la ficción, sí. Porque el silencio mismo sería ficticio. En la vida real, dependería de muchos factores que las palabras por sí solas no pueden superar, ni tampoco pueden reparar los daños causados.
-¿Cómo describirías la relación entre estas dos mujeres, que son tan diferentes entre sí?
-Son dos espejos la una para la otra, aunque sean tan diferentes. Una permite que la otra pueda verse a sí misma. Sus diálogos se parecen más a dos monólogos que fluyen, desencadenados y estimulados por la presencia de la otra. Me gusta imaginar que Tania estaba atravesando un arrebato emocional, apresurado y sin calcular, mientras escribía a Adel, y que eso despertó en Adel un afecto poco habitual hacia ella.
-¿Por qué elegiste este título?
-Llegué al título bastante tarde en el proceso, al final mismo. Al principio tenía un título completamente diferente. El nuevo título me pareció una elección evidente, como si estuviera rindiendo homenaje inconscientemente a la obra maestra de Andréi Makine: El testamento francés (Le Testamentfrançais, Gallimard/Folio, 1995). Si hay un mensaje, probablemente esté en la evocación de la compleja mezcla cultural que se produce entre los escritores y sus textos.
-¿Hay algo de tu propia historia en el libro?
-Sí. Utilicé mi relación turbulenta con mi madre desde la infancia, que se volvió más cruel cuando yo era una adolescente. Pero el padre de Tania, Prakash, es ficticio. Necesitaba un personaje prácticamente ignorante, capaz de cometer actos despreciables como vender Mein Kampf. Para la tensión dramática entre padre e hija, y entre madre e hija, recurrí a mis propias experiencias. Una novela arraigada en un contexto histórico-político específico contiene inevitablemente elementos de una ucronía parcial y fragmentaria, o de una historia alternativa. Por ejemplo, la escena en la que los comunistas queman Mein Kampf en Calcuta nunca ocurrió realmente; es una fantasía. Sin embargo, dado que la «biblia» nazi es un superventas en la India y que actualmente el país está bajo el dominio del partido nacionalista y supremacista BJP y de su matriz, la milicia fascista RSS, sentí que era necesario escribir sobre ello. También era importante utilizar mi experiencia personal del joven movimiento comunista en la India, ya que en Francia suele representárselo, de manera bastante errónea, únicamente a través de la perspectiva del movimiento maoísta. Toda esta violencia acumulada en el espacio interior y en la vida social impulsa a Tania a dar un salto vital que la lleva hacia una lengua extranjera.
-¿Qué te gustaría que los lectores encontraran en este libro?
-Me haría muy feliz que los lectores argentinos sintieran que han descubierto una historia inesperada sobre la India, sobre Rusia y también sobre cómo la literatura nos ayuda a conectarnos más allá de las fronteras. Me gustaría citar a la periodista y crítica literaria francesa Claire Devarrieux, quien escribió en Libération que «uno de los temas de esta novela es cómo la comunidad internacional de lectores se perpetúa».
-¿Cuándo supiste que quería convertirse en escritora?
-Desde que tengo memoria, tuve una relación fusional y física con las lenguas. Aunque empecé a escribir temprano, en bengalí, y continué haciéndolo hasta los veinticuatro o veinticinco años -poemas y prosa poética-, y aunque de adolescente solía decir que quería ser escritora, me alejé de ese sueño durante un tiempo, como militante y joven dirigente comunista. Mientras estudiaba francés, traducía poetas franceses contemporáneos al bengalí y viceversa. Incluso cuando elogiaban mi enfoque innovador de la prosa poética, no me imaginaba a mí misma como escritora. Eso ocurrió cuando llegué a París, a los veintiocho años, invitada por el departamento cultural y pedagógico de la embajada francesa para enseñar inglés en escuelas secundarias y continuar mis estudios de literatura comparada y lingüística, para obtener un segundo máster y un M.Phil. Les debo mucho a todos mis profesores, desde mi infancia hasta la Universidad Paris-Sorbonne. Contribuyeron mucho más de lo que pueden imaginar a fortalecer mi relación con la literatura.
-¿Qué hizo posible para vos la escritura?
-Todo y nada. Sacrifiqué mucho; renuncié a mi vida para tener esta vida. Encontrar las palabras adecuadas proporciona un placer intenso e incomparable. Y ser comprendida y respetada como escritora hace posible continuar.
-¿Te considera una escritora migrante?
-Sí, me considero una escritora diaspórica. Llegué a la literatura no solo para atravesar las fronteras, sino para verlas desaparecer. El descubrimiento de la lengua francesa fue el primer momento de deslumbramiento. Una vez que empecé a vivir en París, el contacto con lo desconocido, lo extraño, el Otro, fue como el impacto de un rayo: sentí que volvía a nacer, en una nueva lengua. Como autora en lengua francesa sin ningún vínculo poscolonial, vivo una constante «intranquilidad», que resulta muy estimulante para proponer una prosa innovadora. Escribir en francés me ha dado libertad frente a la sociedad patriarcal tradicional de mi país de origen. Escribo en francés y escribo sobre la India, pero mis libros no son ni puramente franceses ni indios: son híbridos. Tener una perspectiva diferente, una mirada exterior para contar las historias de mi pueblo, me parece importante en un período de histeria nacionalista y ultranacionalista.
-En tiempos de discursos violentos, ¿qué lugar ocupa la literatura?
-Estamos en un movimiento cíclico y recurrente. Estamos viviendo una celebración del centenario muy sombría de todo lo que la humanidad ha experimentado como horror y vergüenza absolutos. Parafraseando a James Baldwin, diría que la literatura quizá no pueda cambiar el mundo, pero puede inspirar a las personas a mirar el mundo de otra manera. Esos pequeños cambios de luz son vitales.


