Valeria Groisman, escritora: "No le tememos tanto a la muerte como a lucir de cierta edad"
Con Vantablack, su nueva novela, Valeria Sol Groisman entrelaza una anécdota hospitalaria de su madre con la fascinación por la psilocibina para narrar una cena de amigas mayores de ochenta que termina en revelación.
Valeria Sol Groisman la autora de Barullo vuelve con Vantablack, una novela sobre la obsesión, la amistad y la vejez que rompe con la idea de que envejecer es solo pérdida. En esta entrevista con BAE Negocios, la escritora, también periodista, habla de hongos alucinógenos, cenas de viernes y del poder de la ficción para desarmar prejuicios.
El título remite al pigmento más oscuro jamás creado, patentado por el artista Anish Kapoor, capaz de convertir cualquier superficie en un pozo sin fondo. Groisman lo toma como metáfora de la alucinación, pero también de un territorio que la sociedad suele mirar con recelo y del que ella decidió correr los prejuicios: la vejez.
En Vantablack, Raquel y Beba, cuñadas, amigas y quizás algo más, organizan cenas de viernes para un grupo de amigas mayores de ochenta años. Hasta que una noche, en medio de una crisis existencial, Raquel decide meter hongos alucinógenos en la comida. Lo que sigue es una novela sobre la amistad, la soledad y la libertad que puede esconder, contra todo pronóstico, la vejez.
- ¿Cómo surgió la idea del libro?
-Creo que es difícil identificar con exactitud cómo surgen las ideas que luego se convertirán en libros. En mi caso, el hilito del que tiro es casi siempre alguna de las tantas formas en que se presenta la obsesión. Algo que no me deja en paz, que no me puedo sacar de la cabeza. Puede ser un tema, la cara de alguien que vi en la calle, una frase, una forma de hablar, una anécdota. La mayoría de las ideas que se nos ocurren, si no las anotamos, desaparecen. Bueno, cuando una idea resiste el sueño, la vida, los viajes, las jornadas de laburo intenso, el estudio, entonces me digo: sobre esto tengo que escribir. Pero no es que me siento al otro día y escribo. En general, hay un periodo en el que apunto muchas cosas: palabras, conceptos, canciones, colores, frases, libros, nombres. Soy como una esponja que absorbe mucho, pero a la vez se estruja y larga lo que sobra. Ahora sí, para responder a tu pregunta, me animo a decir que Vantablack viene de la conjunción de dos obsesiones principales: una historia que me contó mi mamá, que es médica, de sus años de hospital; y una curiosidad tremenda por las distintas maneras en que es posible alterar la conciencia. Siempre me interesó la ciencia en general, pero las neurociencias y el tema de la conciencia fueron temas sobre los que leí mucho. Entre todas esas lecturas, apareció la psilocibina, y fue como que me cayó la ficha. La anécdota y la psilocibina podían convivir en una trama. Después, cuando ya estaba escribiendo, me crucé con una mujer de unos ochenta años, pelo corto, blanco. La mujer estaba vestida como una rockera de la década del ochenta, y pensé: "Esta es Raquel, esta es la fisonomía del personaje en el que vengo trabajando".
-¿Por qué el título?
-El Vantablack fue, en algún momento, el pigmento más oscuro del mundo, patentado por Anish Kapoor (creador de The Bean, en Chicago, entre otras obras muy famosas) con una restricción de uso para el resto del mundo del arte. Después surgió, por lo menos, un tono todavía más oscuro (lo creó el MIT). Lo que se siente al contemplar una pared o un objeto pintado con Vantablack es algo muy difícil de explicar: se percibe como un pozo, un hueco, un túnel. Es la oscuridad llevada al límite. Una suerte de alteración de la realidad. ¿Una posible vía de escape a otras realidades alternativas? Este concepto me sirvió para trabajar la alucinación, pero además me resultó útil como metáfora de un clima emocional que se asocia de manera arbitraria con la vejez y también con la muerte y que yo buscaba desarticular. No me siento cómoda con lo esquemático: creo que las fronteras que usamos como sociedad para delimitar las etapas de la vida son mucho más flexibles y fluidas de lo que solemos pensar.
-¿Cómo definís a estas dos amigas?
-Raquel y Beba son cuñadas, amigas y quizás algo más. En el libro yo no fui explícita y fue una decisión a la llegué luego de analizar los pro y los contra de decir y no decir. De nuevo, aposté por lo fluido. Ellas se quieren de muchas maneras y no hay un nombre exacto para esa forma genuina de amor. Raquel es una artista, una mujer de mundo, muy viajada, intelectual, si se quiere, y muy acostumbrada a la vida cómoda. Beba, en cambio, es una mujer sufrida, bastante apocada, pero con un sentido del humor que funciona como salvavidas. Al comienzo del libro, los lectores pueden intuir que una es la sombra de la otra, o que una es la protagonista de la historia y la otra es un personaje secundario, pero a medida que la trama avanza, los roles se van moviendo como piezas en un ajedrez.
-¿Cómo es la cena de chicas de más de 80 de los viernes?
-Raquel y Beba son las anfitrionas de las cenas de los viernes. Invitan a un grupo de amigas a cenar. Uno de esos viernes, Raquel, que está en una especie de crisis existencial, mete hongos alucinógenos en la comida. La única que tiene menú especial es Beba. Todas las demás terminan delirando, o liberándose, según cómo se las mire. Y ese es el detonante: Beba las graba y, en un arrebato, comparte el video en Facebook.
-¿Y qué pasa con los hongos?
-Los hongos son una excusa para darle una vuelta de tuerca a la vida. Eso es lo que piensa Raquel cuando toma la decisión de meterlos en la comida. También se imagina que puede funcionar como un divertimento, o, mejor, un experimento. Hay una parte de la novela donde Raquel dice que la muerte no tiene por qué ser una lágrima. Ella es consciente de que está viviendo el último tramo, pero se niega a volverse solemne, seria, aburrida. Ahí aparece la idea del cuerpo como límite y de la cabeza como un escenario donde no hay ataduras. En este sentido, Vantablack habla del poder de la imaginación. Podemos ampliar la conciencia cuando soñamos, cuando fantaseamos, cuando consumimos alguna sustancia enteógena, pero también cuando escribimos y creamos mundos que no existen. En definitiva, Vantablack habla sobre la ficción y su potencial.
-¿Y la grieta entre ellas?
-La grieta entre ellas surge cuando Raquel entiende lo del video como una traición. No quiero spoilear demasiado, pero el quiebre existe y es bien potente. De hecho, el libro comienza con la escena de un juicio en el que las amigas se enfrentan, pero con varios matices, que son los que convierten a una instancia judicial en una metáfora de las idas y vueltas que determinan nuestro devenir. Una metáfora de lo que yo llamo "la vida misma".
-Hay una mirada como que en la vejez lo único que puede pasar es la enfermedad. ¿Quisiste romper con eso?
-Sí, totalmente. Creo que la mirada de la vejez no es la misma que la mirada de la vejez desde la vejez. Desde afuera, la vejez se percibe como una etapa de retracción: como si todo fuera a menos. ¿Cuántas veces miramos a un "viejito" o "viejita" con cierta pena? Todo eso, por supuesto, está potenciado por el temor que como sociedad tenemos a mostrar la edad que tenemos, a vivir la edad que tenemos. Nunca existieron tantos tratamientos antienvejecimiento. Me animo a decir que no le tememos tanto a la muerte como a lucir de cierta edad.
En cambio, desde la vejez, se concibe como un momento de liberación: ya no importa tanto el qué dirán, la etapa de cuidar a otros por lo general quedó atrás, hay más tiempo libre para dedicar a alguna cuenta pendiente, hasta el amor puede ser experimentado como un vínculo superador.
-¿Las amistades se desgastan?
-La amistad está demasiado romantizada, sobre todo en las redes sociales. El "te amo" se trasladó desde el universo romántico al ámbito de la amistad y creo que perdió peso, un poco se desinfló. En Vantablack, la amistad es un vínculo con conflicto de interés. Siempre digo: no somos amigos de cualquier persona en cualquier momento de nuestras vidas. Hay algo del orden de la conveniencia, y no lo digo en un sentido negativo. Una conveniencia sana: somos amigos de las personas con las que compartimos algún interés, algún espacio, una comunidad, unos valores, etc. Ese mismo carácter conveniente hace que la amistad sea elástica: dos personas pueden distanciarse y de un día para el otro volver a acercarse sin que el vínculo se rompa.
-¿Qué temas querías tocar en este libro?
-Creo que de todos los temas que aparecen en el libro el que predomina es la soledad. Y, curiosamente, es también el tema principal en mi primera novela, Barullo. La soledad es el mal de nuestros tiempos, con la ansiedad, si no lo fuera, no estaríamos hablando o haciendo terapia con un agente de IA.
-¿Qué te gustaría que el lector encuentre?
-Un mundo ficcional del que quiere ser parte, como lector, como testigo, como personaje.
-¿Qué hay de la periodista en la escritora?
-Mucho, tal vez demasiado. Creo que con el tiempo la periodista le quitará presión a la escritora. Todavía me pasa que cuando escribo ficción me obsesiono con los datos. Chequeo y vuelvo a chequear. Supongo que es natural. Ahora mismo, de lo que más disfruto al escribir es el trabajo concienzudo de volver verosímil lo que no existe.
-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?
-Uy, desde chiquita. Creo que apenas aprendí a escribir, empecé a garabatear historias. Pero no me animé a mostrar lo que escribía (de ficción) hasta que cursé la Maestría en Escritura Creativa y profesores a los que yo consideraba "escritores" me dieron el visto bueno. Tengo varias novelas inacabadas en computadoras viejas. No creo que lleguen a convertirse en algo alguna vez. Me gusta pensar que todo eso que nunca será fue lo que me trajo hasta acá.
-¿En tiempos violentos qué rol ocupa la literatura?
-No creo que la literatura deba servir para algo. La literatura no es instrumental, pero a veces, sin una intención clara, algunas historias pueden abrir la puerta para salir a jugar (parafraseando la famosa canción infantil), a cualquier edad, sin acarrear los prejuicios de la sociedad en la que vivimos.


