Viviana Rivero y su libro más personal: cien historias sobre ser mujer
La autora dejó por una vez la novela y reunió relatos propios, testimonios e hitos históricos sobre dolores, elecciones y fortalezas de mujeres de distintas edades.
Viviana Rivero es una escritora habituada a la novela, pero esta vez decidió romper con su propio molde. Todo empezó en una charla con su hermana, lectora de toda la vida, que le confesó que ya no lograba concentrarse en novelas largas: el teléfono se había convertido en una tentación permanente. Si a ella le pasaba, pensó Rivero, seguramente les pasaba a muchas otras lectoras. De esa inquietud nació la idea de escribir algo breve, fragmentado, que pudiera leerse de a poco. Y ahí, casi sin buscarlo, apareció el tema que terminaría de definir el libro: las mujeres, y todo lo que atraviesan por el solo hecho de serlo.
Así nació Ellas, historias breves y no tanto de mujeres como vos un libro de cien relatos -algunos propios, otros recogidos de mujeres de distintas edades y condiciones sociales, y unos pocos hitos históricos intercalados cada diez historias- que indaga en los tragos dulces y los tragos amargos de la experiencia femenina. En esta charla con Bae Negocios, Rivero repasa el proceso de escritura, las historias que más la conmovieron y la razón por la que espera que este libro también llegue a los hombres.
-¿Por qué elegiste, para este libro tan distinto de tus otras obras, dejar de lado la novela?
-Hubo varias razones. Una de ellas es que un día estaba hablando con mi hermana, que es muy lectora, de toda la vida, y siempre estuvimos pasándonos libros y leyendo novelas juntas. Me dijo que le estaba costando leer novelas largas porque se quedaba demasiado con el teléfono. Pensé que si a ella le pasaba, siendo tan lectora, les pasaba a muchas otras, y que tal vez no era fácil elegir una novela de muchas hojas para reconectar con la lectura. Ahí me dieron ganas de escribir algo corto. Y enseguida se me atravesó el tema de las mujeres: empecé a pensar en cuántos tragos dulces y tragos amargos pasamos nosotras por el solo hecho de ser mujeres, cosas inherentes al género. Empecé escribiendo lo mío, porque en este libro hay muchas cosas personales: algunos relatos son míos, y los voy identificando al pie con notas de autora, donde cuento cuáles son propios y hago aclaraciones cuando conocí a las personas de las historias que me contaron. En el camino me di cuenta de que necesitaba otras miradas: la mirada de una chica de veinte años, de una de quince, de una señora de setenta, de una vendedora, de distintas condiciones sociales, para que me contaran lo que les pasaba.
-¿Y cómo conseguiste que te contaran esas historias?
-No fue por redes sociales ni por Instagram. Me las contaban directamente: alguien me decía: "Yo tengo una historia, ¿te interesa?". Y ahí yo iba eligiendo. Algunas son muy fuertes, como la de una amiga alemana a quien un jeque quiso comprar. Toda su intuición femenina le decía que no, que ese hombre no, aunque le gustaba. Esa historia es real, aunque tuvimos que cambiar todos los nombres porque era muy fuerte. Hay relatos que yo no sabía que existían hasta que me los contaron, cosas que jamás me hubiera imaginado, pero que esas mujeres estuvieron dispuestas a compartir para el libro.
-En algún punto te volviste un poco psicóloga y periodista.
-Sí, hablamos de cosas muy profundas. Por ejemplo, me llamó la atención cómo atraviesa todo lo físico a la mujer: el bajar de peso, tantas que me contaron que habían sido bulímicas o anoréxicas, y cómo esa herida se puede ir sanando a medida que una madura, aunque siempre hay que cuidarse, como una adicción. Me abrieron el corazón con cosas tremendas, y me pareció hermoso que estuvieran dispuestas a contarlas, porque a veces alguien lee y piensa "no estoy sola". Recuerdo una amiga que nunca había hablado con su madre de esto, porque de chica se había vuelto anoréxica por la presión de la madre, que a su vez había sido una nena gordita y su abuela le decía "no comas". Nunca lo habían hablado hasta que ella lo leyó escrito por mí, y entonces se animó a hablarlo con su mamá. Fue algo fuerte.
-¿Consultaste también a hombres, para ver si vivían algo parecido por su género?
-Sí, le pregunté a un par si sufrían algo así por ser hombres. Uno me dijo que tendría que pensarlo, pero que a él, como hombre, le daba mucha pena la maldad del ser humano en general. Y ahí entendí que eso no tiene género. Creo que la mujer, por el género que es, sufre más y también vive más intensamente, porque hay cosas que a ellos se les quedan afuera, como la maternidad. Una amiga me lo resumió así: un hombre le dio lo más hermoso y lo más feo de su vida. Lo más hermoso, sus hijos. Lo más feo, que nunca la amó, que nunca fue su prioridad: siempre había algo antes, un hobby, un trabajo. Nunca se sintió del todo amada. De esa relación le quedaron sus hijos, que son lo más lindo que tiene.
-Cuando saliste a buscar las historias, ¿ya tenías un eje temático como en tus otros libros, o esta vez fue distinto?
-Fue distinto. En mis otros libros yo avanzo hacia un tema y después hacia el desarrollo, pero acá lo único que tenía era una pregunta: ¿qué fue lo más lindo que te pasó por ser mujer, y qué fue lo más feo? Yo quería saber cuál es el trago más dulce y cuál el más amargo y descubrimos que había tragos agridulces, como el chutney; otros puramente dulces, como una torta; y otros amargos, como una taza de café. Así los fuimos clasificando. Hubo momentos en que yo misma quedaba afectada por tantas cosas, y las llevaba a la mesa familiar para comentarlas. Me di cuenta de que es un género que sufre injusticias, pero también aparecieron las fortalezas: una de las mujeres a las que le pasó lo peor y lo mejor con el mismo hombre hoy tiene su propia empresa, le va muy bien, y está orgullosa de quién es. Me decía que ahora es feliz siendo ella misma.
-¿Y con los temas te fuiste encontrando en el camino?
-Sí. Lo único que tenía era esa pregunta, no sabía con qué temas me iba a encontrar, y esa fue la gran diferencia con mis otros libros. No buscaba un tema específico, solo quería escuchar, y ahí empecé a descubrir posibilidades que no me imaginaba. Encontré mujeres que no querían tener hijos y sí querían estar en pareja, lo cual no siempre es fácil de sostener. Una persona muy cercana, que ahora tiene cincuenta años, perdió varios novios de joven porque ella no quería tener hijos: no quería que nadie le cortara las alas. Finalmente encontró a un hombre divorciado y con hijos, pero cuando la relación se puso seria, a los cuarenta y cinco él le pidió tener un hijo juntos, y ella dijo que no. Eso la enfrentó con su madre, que no lo entendía, y también le hizo perder amigas, porque las demás sí querían tener hijos. Llegó a enfermarse por la presión, porque la hacían sentir mala por no querer ser madre, cuando simplemente no estaba dentro de sus deseos. Eso también me hizo ver que dentro del género femenino no todas elegimos lo mismo: hay quienes quieren su casa y sus hijos y son felices así, y hay quienes no quieren saber nada de eso, o quienes se sometieron a incontables tratamientos para poder ser madres. Tengo otro caso, el de una kinesióloga, que durante años me decía que si no encontraba al hombre adecuado, iba a tener un hijo sola. Finalmente encontró pareja. Son todas posibilidades distintas: no todas elegimos lo mismo, y no a todas nos hace felices lo mismo, aunque hay dolores que sí son propios del género.
-¿Por ejemplo?
-Hay dolores donde los varones tenían posibilidades que a nosotras se nos negaban. Tengo el relato de una mujer, hoy muy empoderada, que sufrió mucho porque en su familia a las mujeres no se les permitía manejar autos. Llegó grande sin saber manejar, y le daba vergüenza. Su papá le decía que los autos eran para los hombres, y eso le dolía mucho, porque además venía de alguien que la quería. Ella era excelente alumna en la universidad y sacaba las mejores notas con la esperanza de que la dejaran manejar, pero no lo conseguía. Años después, cuando cumplió quince, ese mismo papá le hizo la fiesta que ella quería, aunque en ese momento fuera cara para la familia: se esforzó para dársela. El mismo hombre que la quería tanto le había provocado ese dolor, porque, según los cánones de su época, no le tocaba a una mujer manejar. Ella se enojaba también con su madre, porque no la defendía. Hoy, ya grande, la madre le dijo que aprender a manejar le iba a quedar pendiente para la próxima vida. Y ella le respondió que también le quedaba pendiente, para la próxima vida, apoyar a su hija cuando pidiera manejar. Parecen cosas pequeñas, pero marcan.
-Hay historias todavía más duras en el libro, como la de la mutilación genital femenina.
-Esa fue la que más me costó escribir. Es una historia real y me hacía sufrir. Un día, desayunando, se la leí a mi marido, y me pidió que parara, que no lo soportaba, que le hacía mal. Pero le dije que si no lo contamos, nadie lo sabe. Yo me enteré de que el ochenta por ciento de las mujeres en Egipto están mutiladas genitalmente, y no lo sabía: pensaba que era una práctica de tribus africanas, no de un país que parece bastante modernizado. Pero pasa también en el mundo musulmán en general.
-También hay una historia sobre el apellido de casada y una pintora.
-Sí, esa es una de las históricas, hechos reales de la vida pública que intercalo cada diez relatos. Es la historia de una mujer que firmaba sus cuadros con el apellido de casada, sin su nombre, y con el tiempo el marido se hizo pasar por el verdadero autor de esas obras, que empezaban a venderse bien. Un día, alguien la reconoció en público y le preguntó si ella pintaba, y ahí se destapó todo: el marido le había hecho creer al mundo que los cuadros eran suyos. Cuando se separaron, hubo un juicio muy famoso, y el juez pidió que ambos pintaran delante de todos. Ella pintó esos cuadros de mujeres y chicos de ojos grandes que la caracterizaban, y él no pudo pintar nada. Ella ganó el juicio. A mí me pasó algo parecido, aunque sin esas consecuencias: estuve veintidós años casada y llevaba el apellido de mi primer marido, pero nunca lo usé profesionalmente, porque ese era otro mundo, el familiar, y no quería que se mezclara con mi nombre como abogada.
-¿Y las otras historias históricas que elegiste?
-Está la de la primera mujer a la que dejaron jugar al ajedrez con los hombres, después de ganarles a todos, cuando antes se decía que las mujeres eran menos inteligentes para el juego. Y está la de la corredora que se anotó en un maratón de Nueva York sin poner su nombre completo, con una inicial que parecía masculina. Cuando la vieron correr, quisieron sacarla de la carrera, pero ella tenía su número y corrió igual. Después de eso, nunca más pudieron negarle a una mujer correr una maratón, aunque durante años el pretexto había sido que tenían un cuerpo demasiado frágil y podían sufrir un infarto corriendo, cuando en realidad temían que pudieran ganar.
-¿Te quedaron historias afuera del libro?
-Sí, algunas. Le pregunté, por ejemplo, a una chica que trabaja en casas de familia qué cosas le habían dolido, porque quería tocar distintas condiciones sociales, no todas sufren lo mismo. Si algún día me lo piden, podría llegar a escribir un segundo libro con esas historias que sobraron, aunque antes tengo que terminar la novela en la que estoy trabajando.
-¿Es un libro pensado también para los hombres?
-Está dedicado a las mujeres, para que se sientan acompañadas, para que puedan decir "esto también me pasó a mí" y no se sientan solas en lo que vivieron o en lo que sintieron. Pero también es un libro para el hombre que quiere conocer más el alma femenina, porque a veces cuesta explicarle estas cosas de manera personal y él las toma como un reproche, y leer un libro es algo más impersonal. Una lectora me escribió que se lo dio a leer a su hijo de veinte años, y que él le dijo que no tenía idea de todo lo que pasan las mujeres. También me contaron que en un juzgado de mediación familiar, antes de llegar a un juicio de divorcio, están usando el libro como disparador de las charlas entre las parejas. Ahí cuento, por ejemplo, casos de hombres que sienten que son dueños de todo porque trabajaron más tiempo mientras la mujer estuvo criando y trabajando media jornada, sin entender que esa fue, para ellos, la época más productiva. Tengo un amigo abogado al que le regalé el libro, y me dijo que quería entender qué piensan las mujeres, porque siempre pensamos cosas que ellos no logran adivinar.
-¿Y personalmente, qué te dio a vos escribir un libro tan distinto de lo que solés escribir?
-Me hizo sentir hermana de cada una de esas mujeres, porque muchas de las cosas que cuento también las viví. Escribí, por ejemplo, sobre situaciones que te pasan cuando sos más chica, como que alguien se te tire encima en un colectivo. Cuando empecé a preguntar, la mayoría de las mujeres había vivido abusos verdaderos, y me sentí una privilegiada, porque a mí me pasaron cosas más leves y quedaron naturalizadas. Recuerdo que en unas olimpíadas de atletismo, con mucha gente alrededor, me tocaron las manos sin que pudiera ver quién. Tenía doce años y no dije nada, porque en el anonimato es fácil, y de jovencita eso está muy naturalizado. También recuerdo que salía de la escuela de noche, mi mamá me esperaba con la luz del hall encendida y la comida lista, y un día se me acercó un auto con un hombre desnudo adentro. Tenía trece años, me hice la desentendida y corrí a mi casa. Eso me hizo pensar en todo lo que una mujer tiene que ganarse, cosas que un hombre no tiene que ganarse, o mucho menos. Y en esas cosas me sentí hermana con las demás mujeres, así como también en lo bueno: la resiliencia, la fortaleza para volver a empezar, para volver a creer en el amor, no solo en el de un hombre sino en el de una vocación, para volver a animarse.
-Contás también la historia de tu mamá.
-Sí, es real. Mi mamá era viuda y empezó a salir con un señor que tenía dinero y una casa hermosa, pero él nunca quería ir a la de ella. Mi mamá vivía en un departamento chiquito, pero era un hogar: ella cocinaba, tenía todo dispuesto. Él, en cambio, sentía frío en su propia casa, tenía los muebles tapados con sábanas. Cuando finalmente fue, le dijo que su casa era un hogar de verdad. Ahí entendí cómo la mujer hace un lugar de cobijo que muchas veces al hombre le cuesta lograr.
-¿Qué te gustaría que los lectores encuentren en este libro?
-Que encuentren compañía en las cosas difíciles, y también aliento, porque después de la nube negra siempre llega algo, porque es innato en la mujer volver a construir. Aunque estés quince días mal y llorando, en algún momento aparece la idea de decorar la casa, de plantar algo, y ahí volvés a construir vida. El hombre casi nunca hace eso: construye cosas más impersonales, una empresa, algo macro, pero no reconstruye la vida cotidiana de la misma manera. Eso quisiera que se pueda distinguir, sobre todo si alguien está pasando una crisis. Y también, como le pasó a mi marido con la historia de la mutilación genital, quiero que los hombres lo lean y entiendan lo que muchas veces no saben qué pasa.
-¿Fue un desafío escribir un libro tan distinto al resto de tu obra?
-Al comienzo sí, porque no sabía cuántos relatos me iban a salir ni si todos iban a tener el mismo tono. Y no fue así: cada uno terminó siendo un mundo distinto. Trate de abarcar todos los registros posibles: hay historias muy dramáticas, pero también hay otras graciosas, porque las mujeres, cuando están juntas, también hacen cosas divertidas. Ahí descubrí, además, lo fuerte que es el compañerismo entre mujeres: conozco un grupo de amigas que se juntó en un gimnasio y se va todos los fines de semana a algún lugar distinto, a jugar a las cartas, a compartir. Yo misma me fui un fin de semana al campo con una amiga, mientras mi marido quería volver a casa temprano, y pasamos el día entero en el río, algo que con un hombre no puedo hacer de la misma manera. Y también está el cuidado mutuo: cuando una amiga se quebró la mano, fuimos todas a ayudarla con lo que no podía hacer sola. Eso me dio esperanza, incluso a mí, que hace doce años estoy en esta relación y a veces pienso que ese otro mundo, el de esas mujeres, también parece lindo. Es lo que espero que encuentren los lectores: que se sientan acompañadas, que después de las nubes oscuras siempre sale el sol, y que estar con otras mujeres potencia. Que se diviertan también, porque hay relatos de todo tipo. En el fondo, es un libro distinto porque es un desafío.


