Admitir la verdad lleva a la persona humana a su desarrollo más pleno. Lo contrario lleva a sufrir un paulatino proceso de huida de la realidad, una necesidad constante de autoengañarse y de entrar cada vez más en un mundo de ficción creado por uno mismo. "El lunes empiezo la dieta", "tranquilo que yo sé controlar el alcohol y la droga", "este mes empiezo con el gimnasio", "el celular lo uso solo por cuestiones de trabajo". El autoengaño se erige como una armadura que nos defiende de las experiencias difíciles de asimilar, como un escudo que nos protege de la ansiedad en un mundo muchas veces hostil.

La palabra "autoengaño" hace referencia a los fenómenos relacionados con mentirse a uno mismo. Nadie está libre de autoengañarse, se trata de un fenómeno psicológico muy frecuente. Se da en aquellos momentos en los que nos convencemos a nosotros mismos de una realidad que es falsa, y como lo hacemos de manera inconsciente le otorgamos un importante poder.

Existe un autoengaño funcional; se observa en situaciones en las que alguien se miente buscando convencerse de que su decisión es la correcta. Resulta útil para evitar el malestar que deriva del fracaso. La persona decide transformar una verdad (no ser capaz de alcanzar una meta) en una mentira que la tranquiliza (la meta no vale la pena). No hay desafío sino un mantenerse dentro de la zona de confort.

Hay otra forma; se observa con mucha frecuencia en las personas celosas que terminan mintiéndose para responsabilizar de su situación a algo externo. La compasión alcanzada otorga una protección a la autoestima y al ego. Este estilo hace creer que nada de lo que ocurre es responsabilidad propia y que siempre se es víctima de las circunstancias.

Una de las maneras más sutiles de autoengañarse es mentirle a los demás para convencerse a sí mismo. La persona transmite historias y percepciones que están tergiversadas. En un principio se es consciente de esta distorsión de la realidad, pero poco a poco se termina absorbido por el relato y el personaje. Todo engaño está destinado a la autopromoción.

Autoengaño, en definitiva, es un término utilizado para esas mentiras que muchas veces, sin querer, nos contamos a nosotros mismos; son excusas que nos ponemos para evitar hacernos daño. Reducen el sufrimiento de la realidad en la que estamos inmersos. "La verdad tiene estructura de ficción", decía Jacques Lacan. Así, cuanto mejor nos engañamos a nosotros mismos, mejor engañaremos a los demás. Pues la mejor manera de esconder un engaño profundamente es no siendo consciente de él. Dostoievski escribía: "Todo ser humano tiene algunos recuerdos que solo contaría a sus mejores amigos. Pero además, existen cosas que uno ni siquiera se atreve a contarse a sí mismo".

Uno de nuestros mayores logros a nivel personal es alcanzar, en un momento dado, la total autonomía emocional. Es el instante en que nos responsabilizamos por completo de nosotros mismos, sin dependencias tóxicas, sin necesidad de ser validados por nadie, para luchar con dignidad y aplomo en la búsqueda de lo que queremos y merecemos. No es fácil. Esta autonomía tiene varios muros. Las presiones externas y nuestros saboteadores internos coartan la mayor parte del tiempo este objetivo.

Hay un viejo proverbio árabe: "No despiertes al esclavo porque quizá está soñando que es libre". Un sabio diría: "¡Despierta al esclavo!" Especialmente si sueña con la libertad. Despiértalo y hazle ver que es un esclavo; solo mediante esa conciencia podrá quizá liberarse. Evitar la realidad puede producirnos un alivio instantáneo pero a la larga supondrá un costo elevado para nosotros, pues lo que no se afronta tenderá a repetirse. Tal vez por eso Carl Jung decía: "Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma".

Una fábula de Esopo, seguramente ya conocida, nos ilustra este fenómeno a fin de que la mentira no adultere nuestra propia experiencia. "En un día muy caluroso, una zorra caminaba muy hambrienta y sedienta cuando en el camino pasó por un viñedo y vio unos deliciosos racimos de uvas ya maduras. Eran unas suculentas uvas, brillantes y jugosas que llamaron la atención de la zorra. Se puso de puntillas para poder alcanzarlas pero no llegó. Había un problema: los racimos de uvas estaban muy altos y la zorra no llegaba para comerlos. Buscó todos los medios posibles para lograrlo pero sus intenciones fueron infructuosas. La zorra brincó varias veces, lo más alto posible, pero no pudo alcanzarlos.

Derrotada y cansada de tanto esfuerzo, la zorra se dio cuenta de que las uvas estaban muy altas y frustrada, dispuso regresar al bosque. Mientras se iba, sin las uvas, se decía para sí misma: "De todas formas no merecía la pena el esfuerzo, esas uvas estaban verdes, no servían para comer, sólo eran buenas para los miserables".